Volver se estrenó en 2006 y convirtió el regreso de Carmen Maura al cine de Pedro Almodóvar en una historia literal de fantasmas. Irene, su personaje, vuelve de entre los muertos para resolver las cuentas pendientes con sus hijas. Sin embargo, las verdaderas apariciones de la película proceden de un pasado familiar que nunca llegó a desaparecer: los abusos sexuales, la violencia dentro del hogar, las infidelidades y los secretos transmitidos entre varias generaciones de mujeres. Veinte años después, la película mantiene intacta su capacidad para hablar de la violencia machista sin abandonar el humor, la vida cotidiana ni la solidaridad que organiza a sus protagonistas.
Raimunda, interpretada por Penélope Cruz, vive en Madrid con su marido, Paco, y su hija adolescente, Paula. Trabaja como limpiadora y acumula empleos precarios para sostener una casa en la que el marido pasa buena parte del tiempo tumbado en el sofá. Cuando Paco intenta abusar sexualmente de Paula, la joven lo mata con un cuchillo. Raimunda regresa a casa, encuentra el cadáver en la cocina y comprende enseguida lo sucedido. Apenas necesita hacer preguntas porque ella sufrió el mismo abuso durante su adolescencia. Paula nació de la violación cometida por el padre de Raimunda, de manera que es al mismo tiempo su hija y su hermana.
Almodóvar sitúa así una de las heridas más brutales de la película dentro del ámbito doméstico. La violencia ocurre en una cocina, mientras la madre está trabajando y el padre desempleado permanece en casa. Paco ha ocupado el lugar del hombre aparentemente inofensivo hasta que reproduce la conducta del abuelo. La repetición queda interrumpida por Paula, pero la responsabilidad inmediata vuelve a recaer sobre Raimunda, que limpia la sangre, esconde el cadáver en un congelador y protege a su hija de la policía y del juicio social.

La película presenta esa reacción como una muestra de fortaleza materna, aunque también revela la desconfianza de las mujeres hacia unas instituciones que deberían protegerlas. Raimunda nunca se plantea denunciar el intento de violación. Su experiencia le ha enseñado que la verdad puede volverse contra ellas y que una familia respetable está preparada para ocultar los delitos cometidos por sus hombres. La justicia queda reemplazada por una red femenina clandestina que retira los restos y guarda silencio.
Ese mecanismo se repite en la generación anterior. Irene había descubierto que su marido mantenía una relación con la madre de Agustina y provocó el incendio en el que ambos murieron. Después se escondió durante años y cuidó en secreto de la tía Paula. Cada mujer administra a su manera las consecuencias del comportamiento masculino: Irene mediante el fuego y la desaparición; Raimunda mediante la limpieza y el silencio; Sole aceptando en su casa a una madre a la que cree convertida en fantasma; Agustina esperando noticias de otra mujer ausente mientras afronta sola un cáncer.
Los hombres apenas permanecen en pantalla, pero determinan buena parte de la vida de las protagonistas. Son padres abusadores, maridos infieles o parejas incapaces de asumir los cuidados. Almodóvar los retira del centro para observar cómo las mujeres reconstruyen lo que queda después de ellos. Esa ausencia masculina concede una enorme autonomía narrativa a Raimunda, Irene, Sole, Paula y Agustina, aunque también las encierra en un trabajo emocional interminable. Cocinan, limpian, cuidan a los enfermos, consuelan a los muertos y protegen a los vivos. Incluso cuando cometen delitos, lo hacen dentro de una lógica de reparación familiar.

Volver supera ampliamente el test de Bechdel: las mujeres hablan constantemente entre ellas y sus conversaciones abarcan el trabajo, la enfermedad, la maternidad, la muerte, el dinero y los recuerdos compartidos. Esta abundancia sigue resultando poco frecuente en un cine donde los personajes femeninos suelen relacionarse a través del hombre al que desean. Aquí poseen vínculos propios, conflictos antiguos y formas diferentes de afrontar el dolor.
La solidaridad femenina tampoco aparece idealizada. Raimunda lleva años enfadada con Irene y desconoce buena parte de su historia. Sole mantiene sus propios resentimientos. Agustina pide a Irene una verdad que esta no se atreve a contarle. El afecto convive con la culpa, la vergüenza y las mentiras. Esa complejidad evita que las protagonistas funcionen como una comunidad femenina perfecta y permite que cada una conserve su carácter.
También conviene observar Volver desde la posición de su director. Almodóvar ha construido una de las filmografías españolas más vinculadas a las mujeres, pero continúa siendo un hombre que imagina sus experiencias, sus cuerpos y sus respuestas ante la violencia. La cámara celebra de forma evidente el cuerpo de Penélope Cruz, estilizado mediante escotes, curvas y referencias a las grandes madres del neorrealismo italiano. Raimunda posee una extraordinaria energía, aunque su imagen sigue organizada por una mirada masculina que la convierte simultáneamente en madre protectora y objeto de deseo.
La película encuentra su mayor verdad cuando permite que esas mujeres hablen, cocinen, discutan y trabajen juntas. Raimunda transforma un restaurante abandonado en un medio de vida; Irene regresa para cuidar a Agustina; Paula puede continuar su adolescencia después de defenderse. La reparación permanece incompleta, porque ninguna acción borra los abusos ni devuelve los años perdidos. Volver entiende que sobrevivir también consiste en recuperar la voz, contar finalmente lo ocurrido y dejar de heredar el silencio.

