En el deporte de élite, el dolor suele tener una explicación visible: una lesión, un golpe, una sobrecarga. Se entiende, se diagnostica y se trata. Pero hay otro tipo de dolor que no deja huella en las pruebas médicas ni se percibe desde la grada. Un dolor silencioso, difícil de identificar y, a menudo, ignorado. Es el de las llamadas enfermedades invisibles, aquellas que no siempre se ven, pero que pueden condicionar por completo la carrera de un deportista.
Ahí se sitúa la historia de la futbolista neerlandesa Katja Snoeijs, jugadora del Everton, que recientemente ha decidido contar su experiencia con la endometriosis. Su testimonio no solo arroja luz sobre una enfermedad todavía poco conocida, sino que también abre el foco hacia un problema más amplio: la tendencia a normalizar el dolor, especialmente en el caso de las mujeres.
Durante años, Snoeijs convivió con molestias intensas sin saber exactamente qué le ocurría. Como tantas otras deportistas, asumió ese dolor como parte del esfuerzo diario, como un peaje más del alto rendimiento. La capacidad de resistir, de seguir adelante pese a las dificultades, es una cualidad muy valorada en el deporte. Sin embargo, en su caso, esa misma fortaleza acabó retrasando la búsqueda de un diagnóstico.
Hoy, con una explicación médica sobre la mesa, su relato adquiere un significado diferente. Ya no es solo la historia de una jugadora que tuvo que frenar su carrera, sino la de una mujer que quiere visibilizar una realidad que sigue pasando desapercibida para muchas personas. Su voz se suma así a la de otras deportistas que reclaman algo básico: que el dolor también se escuche cuando no se ve.

Cuando parar no fue opcional
Hay momentos que cambian una carrera sin previo aviso. Para la futbolista Katja Snoeijs, ese instante llegó durante un partido de la pasada temporada, cuando se vio obligada a no volver al campo tras el descanso. Lo que en un primer momento podía parecer un mal día o una molestia puntual acabó revelándose como una señal de alarma.
Hasta entonces, Snoeijs había convivido con el dolor como parte de su rutina. En el deporte de élite, aprender a soportar molestias es casi una norma no escrita, y ella no era una excepción. Sin embargo, aquella tarde todo cambió: la intensidad de los síntomas dejó claro que ya no se trataba de algo asumible ni pasajero: “Los calambres alrededor del útero y del abdomen eran horribles. También tenía un dolor muy fuerte en la espalda. Era difícil incluso mantenerme recta, no digamos ya correr o esprintar.”
La decisión de quedarse en el vestuario supuso un impacto emocional importante. En un entorno donde la continuidad es clave y donde cada minuto cuenta, parar puede sentirse como fallar: “Es un momento muy emocional. Como jugadora, es muy difícil dejar el partido si no tienes algo evidente, como una lesión grave.”
Aquel episodio marcó un antes y un después. No solo interrumpió un partido, sino que activó un proceso más profundo: el inicio de una búsqueda médica que, con el tiempo, permitiría poner nombre a un problema que llevaba demasiado tiempo sin respuesta.
Años sin respuestas claras
Llegar a un diagnóstico no siempre es un camino directo. En el caso de Katja, el proceso fue marcado por la incertidumbre y la frustración. Tras una primera consulta médica, las respuestas no llegaron. Una situación que, lejos de ser excepcional, se repite en muchas mujeres con endometriosis.
La falta de un diagnóstico claro no solo prolonga el problema, sino que también genera una sensación de bloqueo. Sin una explicación médica, todo parece volver al punto de partida. Fue entonces cuando Snoeijs decidió recurrir al equipo médico de su club, el Everton, iniciando una nueva fase de evaluaciones y pruebas que empezaron a arrojar cierta luz sobre lo que le ocurría.

Los especialistas comenzaron a sospechar que sus síntomas encajaban con la endometriosis, aunque, como sucede en la mayoría de los casos, la confirmación definitiva requería pasar por quirófano. Mientras tanto, la jugadora tuvo que convivir con una incertidumbre constante, tan desgastante como el propio dolor: “Era muy complicado, porque sentía que dudaba constantemente de mí. Pensaba: ‘¿Esto es normal? ¿Estoy exagerando?’”.
Esa duda no es casual. Durante años, muchas mujeres han normalizado el dolor menstrual intenso, lo que dificulta reconocer cuándo hay un problema de fondo. En ese contexto, cuestionarse a una misma se convierte en algo habitual: “Sabes que algo no va bien, pero como estás acostumbrada a soportar el dolor, intentas ignorarlo el mayor tiempo posible.”
Finalmente, la cirugía puso fin a esa etapa de incertidumbre. El diagnóstico confirmó lo que ya se intuía: endometriosis. Poner nombre a lo que le ocurría no solo aportó claridad, sino que marcó un antes y un después en su forma de entender su propio cuerpo.
Un dolor que no se ve
Uno de los principales desafíos de la endometriosis es que no siempre se puede ver ni medir. El dolor que provoca no responde a patrones claros y, en muchos casos, resulta difícil de explicar incluso para quienes lo sufren. Sin embargo, su impacto puede ser profundamente limitante, tanto en la vida cotidiana como en el rendimiento deportivo. Snoeijs lo describe con una imagen contundente: “En los peores momentos, es como si alguien te estuviera apuñalando continuamente en el estómago.”
A ese dolor intenso se añaden otros síntomas que complican aún más la situación. La rigidez en la zona lumbar, la sensación constante de tensión o las náuseas forman parte de un cuadro que va mucho más allá de una simple molestia puntual: “La parte baja de la espalda se vuelve muy rígida y dolorida. A veces también tengo una sensación de náuseas, como si fuera a vomitar.”
Pero si algo define a esta enfermedad es su imprevisibilidad. No hay una pauta fija. Hay días en los que el cuerpo responde con normalidad y otros en los que el dolor irrumpe con fuerza, alterando cualquier planificación: “Hay veces en las que no siento prácticamente nada, pero en otras ocasiones el dolor es muy intenso.”
Competir pese al dolor
En el deporte, detenerse no siempre es una opción fácil. La exigencia y la presión por rendir empujan a muchas deportistas a seguir incluso cuando el cuerpo pide lo contrario. Katja Snoeijs reconoce que ella misma cayó en esa dinámica: “En tu cabeza piensas que quizá podrías haber seguido jugando. No quieres decepcionar al equipo. A veces parece mejor dar un 70 u 80% que no estar.”
Esa mentalidad, habitual en el alto rendimiento, también ha sido compartida por otras futbolistas como Leah Williamson, que han contribuido a visibilizar el impacto de la endometriosis en el deporte. Sin embargo, el diagnóstico marcó un cambio en la forma de entender su situación. Más allá de la mejora física, Snoeijs encontró algo clave: respuestas. “Solo el hecho de tener un diagnóstico ya me ayuda a entenderme mejor”, admite.
Ese conocimiento le ha permitido priorizar su salud y replantear su relación con el esfuerzo: “He aprendido que, a veces, es mejor protegerte a ti misma”. Ahora, su objetivo es claro: dar visibilidad a una enfermedad que sigue siendo poco comprendida y animar a otras mujeres a escucharse: “Si sientes que algo no va bien en tu cuerpo, confía en ti y busca ayuda.”
Con un mensaje que resume su experiencia, Snoeijs lo deja claro: “Tengo endometriosis, pero eso no define quién soy”.

¿Qué es la endometriosis?
La endometriosis es una enfermedad crónica que afecta a millones de mujeres en todo el mundo, aunque sigue siendo poco conocida. Se produce cuando un tejido similar al que recubre el interior del útero aparece fuera de él, en otras zonas del cuerpo, provocando inflamación y dolor.
Sus manifestaciones no son iguales en todos los casos, lo que dificulta su detección. Entre los síntomas más habituales se encuentran el dolor pélvico intenso, menstruaciones abundantes, molestias en la zona lumbar o problemas digestivos.
Uno de los grandes obstáculos es que muchos de estos signos se confunden con molestias menstruales consideradas “normales”. Esto hace que, en numerosos casos, el diagnóstico se retrase durante años, prolongando el sufrimiento sin una explicación clara.
Además, la endometriosis no tiene cura definitiva en la actualidad. Los tratamientos disponibles se centran en controlar los síntomas y mejorar la calidad de vida, aunque la evolución de la enfermedad puede variar mucho de una persona a otra.
Dar visibilidad a lo invisible
El testimonio de Katja Snoeijs pone el foco en una realidad que durante mucho tiempo ha permanecido en segundo plano. Hablar de endometriosis implica cuestionar la normalización del dolor que muchas mujeres han asumido como parte de su vida.
En un entorno tan exigente como el deporte profesional, donde el rendimiento suele situarse por encima de todo, su historia introduce un cambio de perspectiva: escuchar al cuerpo también es una forma de cuidarse y, en última instancia, de rendir mejor.
Su mensaje final resume esa idea con claridad: “A veces, parar también es avanzar.”
