SUPERCOPA DE ESPAÑA

Pere Romeu: “Todas tenéis muchas ganas de destrozar al Real Madrid”

El conjunto azulgrana demostró que los títulos también se construyen desde la gestión emocional en las horas previas

Alexia Putellas celebra el segundo gol del equipo blaugrana
EFE / Manuel Bruque.

Las finales se deciden en el césped, pero nacen mucho antes, en un territorio menos visible: la mente. El pasado 24 de enero, el FC Barcelona ofreció una lección de control competitivo al superar por 2-0 al Real Madrid en la final de la Supercopa de España. El resultado confirmó la superioridad azulgrana, pero el verdadero punto de partida estuvo puertas adentro, en un vestuario donde Pere Romeu preparó emocionalmente a su equipo para el duelo que iba a decidir quién se quedaba con el primer título de la temporada.

Lejos de alimentar la euforia propia de un Clásico, el técnico apostó por un enfoque más profundo. Sabía que el exceso de revoluciones podía romper el equilibrio del equipo y alejarlo de su identidad futbolística. Por eso lanzó un mensaje tan sencillo como determinante: competir con intensidad, sí, pero sin perder la lucidez. En un partido donde la tensión amenazaba con desbordarlo todo, el Barça eligió jugar con energía y con cabeza.

La importancia del equilibrio

El vestuario del Barça hervía. Era una final, era un Clásico y el título estaba a noventa minutos. “Hoy todas tenéis muchas ganas de hacer un buen partido”, les dijo de entrada. No hacía falta explicarlo demasiado: el ambiente ya lo decía todo. Pero el técnico quiso ir un poco más al fondo de esa emoción que llenaba la sala. “Tenéis muchas ganas de destrozar al Real Madrid”, soltó, poniendo palabras a lo que muchas sentían.

No era una reprimenda. Era una advertencia suave. Romeu sabía que esa adrenalina podía ser un motor, o un freno. Por eso cambió el tono y llevó la charla hacia el terreno que más le preocupaba: el control.

Linda Caicedo disputa el balón ante las defensoras del FC Barcelona
EFE / Manuel Bruque.

Les recordó que, en partidos así, lo difícil no es correr más ni chocar más fuerte, sino mantener la claridad cuando el ruido lo invade todo. “Si solo jugamos con el corazón nos olvidamos de hacer las cosas simples y bien hechas”, insistió. Era una forma de proteger la identidad del equipo incluso en medio del vértigo de una final.

Tampoco quería un Barça contenido o temeroso. La intensidad era innegociable, pero debía tener dirección. Su idea quedó resumida en una frase que mezclaba carácter y serenidad: quería un equipo “maduro, valiente y equilibrado emocionalmente”.

El mensaje caló porque no sonó a arenga de película ni a discurso de pizarra. Fue una charla breve, directa, muy reconocible para un grupo acostumbrado a competir por todo. Romeu no intentó enfriar la ambición; intentó ordenarla. En una final donde las pulsaciones se disparan, pidió algo más difícil que correr: jugar con la cabeza cuando el corazón late más fuerte.

Del vestuario al título

La final fue, en muchos momentos, la representación exacta de lo que Pere Romeu había pedido horas antes. En un contexto cargado de tensión y energía, el Barça eligió no acelerarse sin sentido. Mantuvo el orden cuando el Real Madrid apretaba, movió el balón con paciencia y confió en el juego colectivo incluso bajo presión. El primer gol, nacido de una acción a balón parado bien ejecutada y rematada por Esmee Brugts, encajó perfectamente con aquella idea que el técnico había repetido en el vestuario: hacer bien las cosas simples también decide títulos.

Graham disputa el balón ante la delantera del Real Madrid, Athenea
EFE / Manuel Bruque.

Con ventaja en el marcador, el equipo siguió caminando por esa fina línea entre intensidad y control que Romeu había señalado. No se dejó llevar por la euforia ni por el miedo a perder lo conseguido. Supo sostener la concentración, gestionar los tiempos y cerrar el partido con serenidad desde el punto de penalti, en una acción que simbolizó esa mezcla de carácter y lucidez que el entrenador había reclamado. La Supercopa, así, no solo fue una victoria en el marcador, sino la confirmación de que el Barça supo competir exactamente como se había propuesto antes de salir al campo.