Opinión

Destino

María Jesús Güemes
Actualizado: h
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La tragedia de Adamuz nos ha conmocionado a todos. Los testimonios de los supervivientes hielan la sangre. Yo no conocía a nadie que viajase en los trenes, pero me siento bastante cercana a las víctimas. Puede ser porque en estos días hemos sabido bien quiénes eran a través de sus seres queridos.

Cristina Zamorano, la niña de 6 años que se quedó sin familia; Jesús Saldaña, el cardiólogo al que sus compañeros definían como un profesional “brillante”; el periodista Óscar Toro y la fotógrafa María Clauss, un matrimonio muy querido en el mundo de la comunicación; Mario Jara, el opositor que volvía a casa para celebrar su cumpleaños, o Álvaro García, el legionario que “contagiaba alegría”. Así hasta 45 personas con sus historias. A medida que nos han ido dando detalles, más injusto nos ha parecido que se truncaran sus vidas en tan sólo unos segundos.

De todos los relatos que nos han llegado, hay uno que me ha llamado poderosamente la atención. Ha sido el de Agustín Fadón, de 39 años, de Leganés, que viajaba como trabajador de la cafetería del Alvia siniestrado. Hace 13 años se salvó del accidente de Angrois (Galicia) porque cambió el turno con un compañero. En esta ocasión, iba desempeñando sus funciones y no hubo forma de evitar la catástrofe. Su cuñado ha contado que él pasaba miedo en los trayectos por las vibraciones de los trenes. Mientras le escuchaba hablar en la tele, no podía dejar de darle vueltas a la increíble repetición de los acontecimientos.

ADAMUZ (CÓRDOBA), 25/01/2026.- Vista de unos vagones precintados del Iryo a la espera de ser retirado en la zona del accidente de Adamuz (Córdoba), este domingo. EFE/ Salas

La idea del destino

Desde luego, nadie se imagina que se la esté jugando por ir al baño o por cambiarse de vagón para ir a charlar con una amiga. Pero así es. Cualquier elección aleatoria puede ser decisiva. Nuestro destino está escrito. Eso decía mi madre y quizás sea verdad. Esta semana me he acordado mucho de ella porque siempre lo pasaba fatal con mis idas y venidas. Hubo una época en la que no salía de los aeropuertos y siempre estaba pendiente de los horarios, a la espera de que la llamase por teléfono. Le bastaba con escuchar mi voz para respirar aliviada.

Yo le decía que no tenía que preocuparse, que era muy seguro volar. No le servía de nada. Le ofrecía estadísticas y daba igual, tampoco se quedaba tranquila. Sólo me daba la razón cuando le explicaba que cualquier desastre me podía alcanzar al cruzar la calle. Ahí sí que se detenía a pensar y, entonces, me hablaba de finales predeterminados, incluso sin salir de casa. A pesar de sus temores, seguí recorriendo países mientras me encomendaba a la buena suerte.

En esta reciente desgracia, eso mismo, el azar, la casualidad o las coincidencias -como se le quiera llamar- han podido ser determinantes para que mucha gente se salvara. Muchos serán conscientes de que han estado muy cerca. Igual que Marta Jiménez Serrano en ‘Oxígeno’, su último libro. En este narra cómo en noviembre de 2020 estuvo a punto de fallecer por una intoxicación por monóxido de carbono debida al mal funcionamiento de la caldera.

Ya sé que no es lo mismo, pero también es terrible. Esta vez la situación fue provocada por la negligencia de su casera. Y es que estamos preparados para que nos llegue la hora en la cama, ya de viejos, pero no para algo inesperado.

Cinco años ha tardado en poder contar su experiencia. Las secuelas psicológicas fueron importantes: se le dispararon el miedo y la ansiedad. Al menos, escribir le ha servido para procesarlo todo. Y, en estos momentos, su novela puede ayudar a muchos a afrontar el trauma que se padece tras ver cómo el mundo, de pronto, se desdibuja.

Su abuela siempre se despedía de ella por las noches diciendo: “Hasta mañana si Dios quiere”. Y eso se le quedó grabado. Tanto como para recordarlo después del incidente y sacar sus propias conclusiones: “La única lógica posible es la de vivir como si no nos fuéramos a morir nunca, o por lo menos como si nos fuéramos a morir un día muy, muy lejano. La lógica de entender todas las cosas que pueden pasar para que Dios no quiera y, aun así, comprar unos mantelitos individuales de colores y colocarlos con mimo en la mesa del desayuno cada mañana. Ahí es donde hay que poner la fe, en esos mantelitos de colores”.

Ahora, mientras vuelve a tronar la batalla política, en cada hogar perdurará una herida. El destino elige quienes se van y quienes se quedan. Entre ambos se extiende un velo y los que alguna vez hemos visto las orejas al lobo, sabemos que hay que aprovechar la oportunidad que se nos brinda para renacer.

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