Hay una cifra que debería incomodarnos más de lo que lo hace. En España, un joven menor de 35 años gana hoy, de media, menos que un jubilado recién retirado. No es un dato anecdótico: es el síntoma de un contrato intergeneracional que se ha roto. Los mayores de 65 años han visto crecer su renta un 8% desde 2008; los jóvenes, en cambio, la han reducido. Y la brecha se agranda cada año. Y nadie, hasta ahora, propone el conjunto de soluciones que aborde el problema desde su raíz.
Yo quiero aportar una de ellas: en España necesitamos una cuenta de ahorro e inversión para cada niño que nace. Una cuenta con pequeñas aportaciones periódicas sostenidas en el tiempo que el propio joven recoja cuando llegue el momento de construir su vida. No es una utopía: es exactamente lo que Estados Unidos acaba de poner en marcha con las llamadas Trump Accounts y lo que Alemania está impulsando con su programa de capitalización infantil.
Déficit del sistema de pensiones
El sistema de pensiones español vive horas bajas. El Estado transfiere decenas de miles de millones de euros cada año desde los Presupuestos Generales para tapar su agujero. Sin esa inyección, la Seguridad Social entraría en pérdidas profundas. Los expertos de Fedea y del IESE calculan que, sin una reforma estructural, el déficit del sistema puede alcanzar entre el 4% y el 6% del PIB a mediados de siglo. Para entonces, habrá menos de dos trabajadores activos por cada pensionista. El sistema de reparto, en el que los empleados de hoy financian las jubilaciones de hoy, fue diseñado para un mundo que ya no existe: el de familias numerosas, empleos estables de por vida y esperanzas de vida mucho más cortas.

Y el problema no es solo la jubilación futura de los jóvenes. Es también su presente. La edad media de emancipación en España supera ya los 30 años. Solo el 43% de los hogares jóvenes accede a una vivienda en propiedad, frente al 70% de hace dos décadas. Cuatro de cada diez hogares en alquiler destinan más del 40% de sus ingresos mensuales al pago de la renta. En ese contexto, pedir a un joven que ahorre para su jubilación se antoja imposible. El sistema, tal y como está diseñado, les exige que coticen para sostener pensiones que ellos mismos no cobrarán en condiciones similares, mientras les niega las herramientas para construir su propio patrimonio.
Cuentas infantiles de inversión
Ahí es donde entra la idea de las cuentas infantiles de inversión como palanca de cambio generacional. El modelo estadounidense lo ha planteado con claridad: cada recién nacido recibe una aportación inicial del Estado, en el caso americano mil dólares, que se invierte en fondos indexados al mercado bursátil, y que la familia puede complementar con aportaciones adicionales a lo largo de la infancia. El dinero permanece bloqueado hasta los 18 años y puede destinarse a financiar estudios, montar un negocio o afrontar la entrada en una primera vivienda. El poder del interés compuesto hace el resto: una inversión modesta sostenida durante 18 años en un fondo de renta variable global puede multiplicarse varias veces y convertirse en un capital significativo justo cuando el joven más lo necesita.
Alemania, enfrentada al mismo envejecimiento demográfico que España, aprobó en diciembre una iniciativa análoga: una subvención estatal mensual para todos los niños de entre 6 y 18 años, destinada a crear fondos de capitalización individuales orientados a la jubilación. El Gobierno de Friedrich Merz lo ha dicho sin ambages: no es posible seguir dependiendo únicamente de las pensiones públicas. La capitalización privada no es la negación del Estado del bienestar; es su complemento necesario en un mundo que ha cambiado de forma demográfica irreversible.
España, en sentido contrario

En España, las reformas han ido en sentido contrario. La reforma de pensiones de 2023 endureció los requisitos de cotización, retrasó la edad de jubilación y creó un mecanismo de equidad intergeneracional que, paradójicamente, carga más sobre los trabajadores jóvenes. Ninguna de esas medidas incorpora un solo incentivo para que las nuevas generaciones acumulen patrimonio propio. El límite de aportación anual a planes de pensiones individuales sigue siendo tan reducido que resulta casi simbólico para quien ya dedica la mayor parte de su sueldo a llegar a fin de mes.
Lo que propongo no requiere una revolución del sistema público. Requiere añadir una capa que hoy ya existe a nivel privado, nosotros en Finizens tenemos más de 1.000 clientes con este tipo de cuentas para sus hijos. Una cuenta de inversión vinculada al nacimiento de cada niño, con una aportación inicial del Estado, modesta pero significativa, con ventajas fiscales para las familias que deseen contribuir y con la posibilidad de utilizarla, al cumplir los 18 años, para la entrada en una vivienda, la financiación de estudios o el arranque de un proyecto empresarial. Una herramienta que no sustituye a la pensión pública, sino que empieza a construir, desde el principio, un patrimonio que el sistema actual no puede garantizar.
Tiempo en contra
El tiempo juega a favor o en contra dependiendo de cuándo se actúa. Con las cuentas infantiles, cada año que transcurre sin ponerlas en marcha es un año de interés compuesto que los futuros jóvenes no llegarán a cobrar. El tiempo aquí puede jugar o no en nuestra contra dependiendo de cuándo actuemos. Nos guste o no, el futuro de nuestra sociedad reside exclusivamente en nuestras manos.
Giorgio Semenzato es CEO de Finizens
