Hay nombres que cargan con una identidad propia. Carmen es uno de ellos. Por eso, cuando Antonio Banderas y Melanie Griffith tuvieron a su hija en común, no dudaron en inscribir en su nombre una herencia emocional y cultural muy concreta. Hoy, Stella Banderas, cuyo nombre completo es Stella del Carmen, reivindica esa identidad sin complejos, incluso cuando su acento delata una vida repartida entre dos mundos.
Nacida en Marbella en 1996, Stella Banderas creció y se formó en Los Ángeles, con viajes frecuentes a España para mantener el contacto con su familia paterna. Esa biografía híbrida ha marcado su forma de entender la pertenencia. “Que no hable castellano perfecto o que solo pueda ir unas veces al año no me hace menos española”, afirma con rotundidad en una entrevista concedida a Harpers Bazaar. Para ella, la identidad no se mide solo por el idioma, sino por el vínculo emocional con un país.
Una infancia protegida de los focos
Pese a ser hija de dos iconos de Hollywood, Stella Banderas tuvo una infancia deliberadamente alejada del ruido mediático. Sus padres hicieron un esfuerzo consciente por mantenerla fuera del foco, algo que ella agradece hoy. Nunca le atrajo la parte más brillante de la industria: los eventos, la fama o los elogios públicos. Al contrario, siempre le ha parecido la cara más oscura del éxito.
Eso no impidió que creciera rodeada de creatividad. Su abuela, la actriz Tippi Hedren, guarda en su casa un auténtico archivo de vestuario y recuerdos de rodaje. Para Stella Banderas, ese contacto directo con la historia del cine fue una escuela silenciosa pero decisiva.
Entre dos culturas, una misma familia
El divorcio de Antonio Banderas y Melanie Griffith, cuando ella tenía 17 años, marcó un momento complicado. Sin embargo, Stella Banderas destaca que el respeto y el cariño entre sus padres nunca desaparecieron. Ese equilibrio familiar ha sido clave para que mantenga una relación estrecha con ambos y una sensación de estabilidad poco habitual en contextos similares.

Esa estructura afectiva sólida ha reforzado su manera de entender la identidad. Stella Banderas no se siente dividida, sino enriquecida por pertenecer a dos culturas. Esa doble mirada, asegura, le ha enseñado a adaptarse y a valorar la diversidad desde muy joven.
Dior, la moda y la memoria familiar
En el terreno estético, Stella Banderas mantiene una relación cercana con Dior, firma a la que ha acudido en varias ocasiones y con la que siente un vínculo emocional. Sus primeros recuerdos de la maison no están ligados a pasarelas, sino a los armarios de su madre y de su abuela, donde la moda era también memoria y legado.
Para Stella Banderas, la moda conecta con la narrativa personal, algo que valora especialmente en el trabajo de Maria Grazia Chiuri, a quien admira por su forma de reivindicar el trabajo de otras mujeres desde la creación.
Detrás de la cámara, su verdadero lugar
Aunque ha posado ante el objetivo en ocasiones puntuales, Stella Banderas se siente mucho más cómoda detrás de la cámara. Desde niña grababa películas caseras, editaba vídeos y experimentaba con formatos. Esa inquietud la llevó a decantarse por la dirección, un espacio donde ha encontrado su verdadera vocación.

Admira a cineastas como Sofia Coppola, Jane Campion o Hayao Miyazaki, y muestra un especial interés por el lenguaje analógico. Actualmente trabaja en piezas audiovisuales para distintas marcas y prepara, con cautela, su primer cortometraje.
España como refugio emocional
Aunque reside en California, Stella Banderas vuelve con frecuencia a España, especialmente a Málaga. Allí encuentra algo que no necesita traducirse: familia, calles compartidas y una conexión emocional profunda. “Málaga es fascinante”, dice, describiendo una ciudad que sigue sintiendo como propia.
En ese ir y venir constante, Stella Banderas ha construido un discurso sereno sobre identidad y pertenencia. No reniega de ninguna de sus raíces. Al contrario, las abraza como parte esencial de quien es.


