Mucho antes de que el fútbol femenino español se convirtiera en un fenómeno de masas, hubo años de invisibilidad y resistencia. La década de los noventa fue un tiempo en el que competir al más alto nivel implicaba hacerlo sin focos, sin respaldo económico y con una cobertura mediática casi inexistente. Los clubes sobrevivían gracias al compromiso de sus jugadoras y al esfuerzo de estructuras modestas. En ese escenario nació la Supercopa de España femenina, un torneo breve en duración pero enorme en significado, que encumbró a campeonas que hoy apenas figuran en la memoria colectiva. Entre ellas, dos clubes resultan imprescindibles para comprender los orígenes del fútbol femenino en España: Eibaratarrak y Atlético de Málaga.
El origen de la Supercopa
En sus primeros años, la Supercopa de España femenina fue una competición tan sencilla como trascendental. Enfrentaba cara a cara a los equipos más dominantes de la temporada, casi siempre las campeonas de Liga y de Copa, sin un calendario estable ni un formato definido. Aun así, su valor iba mucho más allá de lo organizativo. Levantar la Supercopa significaba proclamarse el mejor equipo del país en una época en la que el fútbol femenino aún luchaba por encontrar su lugar dentro de las estructuras federativas y carecía de una base económica sólida. Aquellas finales, disputadas lejos de la atención mediática, se jugaron con una intensidad que acabaría siendo el germen del crecimiento posterior de la competición.
Orgullo vasco olvidado
Durante los años noventa, el Eibaratarrak se convirtió en sinónimo de estabilidad en un fútbol femenino marcado por la precariedad. Desde Eibar, el club logró asentarse en la élite nacional cuando la mayoría de proyectos apenas sobrevivían temporada a temporada. Su triunfo en la Supercopa de 1999 no fue una sorpresa aislada, sino la culminación de un trabajo sostenido en el tiempo, basado en la constancia, la formación y una identidad profundamente arraigada al entorno local.

Frente a la improvisación habitual de la época, Eibaratarrak apostó por la continuidad de sus jugadoras y por el desarrollo del talento cercano, construyendo un equipo reconocible y competitivo. Esa filosofía le permitió convertirse en una referencia del fútbol femenino vasco y competir de forma regular en las principales citas nacionales. Sin embargo, la ausencia de una estructura profesional y el desgaste económico acabaron haciendo inviable su continuidad como club independiente. Pese a su desaparición, el legado de Eibaratarrak fue decisivo para que el fútbol femenino se consolidara en la zona y encontrara un terreno fértil sobre el que crecer.
Málaga también fue pionera
Un año antes del triunfo de Eibaratarrak, la Supercopa de España ya había encontrado campeonas en el sur. En 1998, el Atlético de Málaga firmó un éxito que marcó un antes y un después para el fútbol femenino andaluz. Aquel título confirmó que era posible competir y ganar a nivel nacional desde proyectos alejados de los grandes centros de poder futbolístico.

El Atlético de Málaga se distinguió por su carácter competitivo y por concentrar a varias de las jugadoras más destacadas de su época, lo que le permitió firmar actuaciones sobresalientes tanto en Liga como en Copa. Aunque el club no logró mantenerse con el paso de los años, su estructura deportiva resultó decisiva para el nacimiento posterior del Málaga CF Femenino. Ese nuevo proyecto heredó los cimientos construidos en los noventa y los transformó, ya en otro contexto, en uno de los equipos más reconocidos del fútbol femenino español. Vista con perspectiva, la Supercopa de 1998 fue el primer gran capítulo de una historia de éxito que aún estaba por escribirse.
La historia que no se vio
Las conquistas de Eibaratarrak y Atlético de Málaga no generaron grandes titulares ni abrieron informativos, pero su impacto fue mucho más profundo de lo que reflejó la época. Ganaron cuando el fútbol femenino apenas tenía espacio en la agenda deportiva y sostuvieron la competición a base de compromiso, convicción y resistencia. Aquellas Supercopas forman parte de una historia silenciada, pero resultan esenciales para comprender el presente del fútbol femenino español.
Recordar hoy a estas supercampeonas olvidadas no es un ejercicio de nostalgia, sino un acto de justicia. Fueron clubes que mantuvieron vivo el fútbol cuando todavía no era un producto de masas, cuando ganar no garantizaba continuidad ni reconocimiento. Gracias a su esfuerzo, el camino hacia la profesionalización comenzó a trazarse mucho antes de que llegaran los focos.


