Cuando vemos un mal comportamiento en un perro, pensamos que el problema está en el animal y no en el ser humano que convive con él. Persiste la idea,, equivocada de que para educar a una mascota hace falta imponerse, dominar o intimidar. Y todavía hay quienes buscan adiestradores hombres cuando se trata de razas grandes o consideradas agresivas, como si la fuerza física fuese más importante que el conocimiento, la empatía o la técnica.
Sandra Ferrer, educadora canina de LealCan Educación Canina, lleva años intentando desmontar esa idea. “A menudo me frustraba viendo a diario cómo muchos perros no son comprendidos por parte de sus familias: tirones innecesarios en sus paseos, regañina’ que no proceden, perros expuestos a situaciones que les desagradan… y todo, la inmensa mayoría de veces, sin mala intención, sólo por el desconocimiento y la perpetuación de mitos”, explica.

Para ella, la clave está en cambiar la relación entre humanos y animales. “Lo que más me apasiona es contribuir a cambiar esto, acompañar a guías de perros en su día a día y ver cómo progresan en problemas cotidianos cuando empiezan a entenderse. Es muy satisfactorio ver cómo el bienestar de ambos, perro y guías, mejora clase tras clase”.
Necesidad de alfabetizar a las guías y familias
Sandra evita utilizar la palabra dueño porque considera que implica una relación de posesión y dominación con la que no se identifica. Prefiere hablar de guías o familias. “El problema fundamental solemos ser las personas. Son los guías quienes aprenden en mis clases y no sus perros. Ellos son quienes tienen que saber cómo afrontar las situaciones que se encuentran en su día a día y que les suponen o les pueden suponer un reto”, señala.
Según explica, todavía existe un gran desconocimiento sobre las necesidades reales de un perro y sobre cómo se comunica un animal. “Es habitual encontrar a personas que no son conscientes de las necesidades reales de un perro, por ejemplo, número de salidas mínimas a la calle, cómo tiene que ser un paseo de calidad, cuáles son los comportamientos propios del etograma de un perro”. También, dice, “existe un gran desconocimiento sobre el lenguaje canino y aprender nociones básicas sobre comunicación canina es muy importante para entender qué le ocurre al perro y qué necesita”.

A eso se suman mitos muy arraigados desde hace décadas. “Los mitos hacen mucho daño a la relación entre perros y humanos como la expresión ‘hay que dejar claro quién manda’, cuando el sometimiento y la obediencia ciega por miedo no son el camino ni la solución”, afirma.
Esos prejuicios afectan especialmente a las mujeres que trabajan en el sector. Sandra reconoce que hay clientes que se sorprenden cuando una mujer es quien se encarga de perros grandes o con problemas de comportamiento. “Aún es muy común la idea de que se necesita mucha fuerza o ser un hombre para poder afrontar problemas de comportamiento en perros grandes o potentes”, explica. Y determinados programas de televisión no han ayudado, “han hecho mucho daño contribuyendo a perpetuar ideas obsoletas sobre ‘ser el macho alfa’ o ‘enseñar al perro quién manda’”.
Esa desconfianza existe y se traduce, en ocasiones, en situaciones incómodas. “A veces las mujeres sentimos que tenemos que demostrar más y somos más cuestionadas que los hombres”, cuenta. Incluso recuerda casos de clientes que pidieron directamente un hombre para tratar a su perro. “Algún cliente ha llamado para quejarse de que habían enviado una educadora para su caso y que preferían a un hombre”.
Pero la educación canina no tiene nada que ver con la fuerza física. “No se necesita fuerza física ni una determinada estatura o complexión para ayudar a las familias con este tipo de problemas”.
Gestión emocional ante los casos extremos
Hay casos emocionalmente muy difíciles. “Quizás lo más complicado es afrontar casos extremos en los que la situación es tan insostenible o hay tanto riesgo que hay que comunicar a sus guías que lo ideal es reubicar al perro para afrontar el problema en otra familia. El riesgo de que el perro pueda llegar a ser sacrificado antes de encontrar un nuevo hogar donde mejorar la situación es difícil de sobrellevar”.
También hay historias que compensan el esfuerzo. Una de las que recuerda con más cariño es la de Ewan, un cachorro con problemas de conducta que llegó a una familia muy implicada. “La suerte que tuvo es que cayó en manos de unos guías dispuestos a luchar y realmente implicados que han conseguido un avance increíble a lo largo del tiempo mejorando muchísimo el bienestar de ambas partes”.

En los últimos años percibe además un cambio progresivo con la llegada de más mujeres al gremio. “Cada vez somos más mujeres las que nos adentramos en este sector, incluso que puede llegar a darse la vuelta la situación”, asegura. Para ella, ese cambio tiene mucho que ver con la desaparición de métodos violentos y con una visión más respetuosa de la educación canina. “El hecho de que se vaya desterrando la violencia y desligándola de la educación canina creo que también puede estar relacionado con esta tendencia”.
A las mujeres que todavía dudan si entrar en una profesión tan masculinizada, les lanza un mensaje: “Las animaría sin duda a sumarse a la causa y seguir cambiando el paradigma. Seguro que van a encontrar su espacio y a dejar atrás cualquier inseguridad conforme van sumando casos. Al final es como todo en la vida: se hace camino al andar y la práctica —y la formación constante— hace al maestro, independientemente de su sexo”.
