La crisis en Rodalies ha dejado de ser un problema puntual para convertirse en una disrupción estructural que condiciona la vida diaria de cientos de miles de personas en Cataluña. Retrasos constantes, cancelaciones sin alternativa y una sensación de inseguridad creciente han puesto en evidencia una red ferroviaria al límite, incapaz de absorber episodios de estrés como los temporales recientes. El caos obliga, además, a replantear decisiones estratégicas que se daban por cerradas.
Detrás de esta crisis en Rodalies hay una precariedad acumulada durante años. Las infraestructuras muestran un desgaste que supera cualquier previsión y que pone en cuestión los planes de inversión, supervisión y gestión vigentes. En este contexto, el reciente pacto para el traspaso del servicio a la Generalitat necesita una revisión profunda para no repetir errores del pasado que cronificaron los problemas en lugar de resolverlos.
Infraestructuras al límite y responsabilidades cruzadas
Los últimos temporales han actuado como un espejo incómodo de la crisis en Rodalies. Han aflorado fallos de seguridad en una red utilizada por unas 400.000 personas cada día y se han detectado puntos críticos que no estaban correctamente identificados. La gestión del mantenimiento, en manos de Adif, ha quedado seriamente cuestionada. Especialmente, por la emisión de certificados de seguridad en un contexto en el que se sucedían desprendimientos e incidencias graves.
La crisis en Rodalies también ha desbordado a Renfe, incapaz de ofrecer una respuesta eficaz pese a conocer la gravedad del escenario. En algunos momentos, incluso se han ignorado indicaciones de la Generalitat para detener la circulación cuando la seguridad no estaba garantizada. Todo ello ha evidenciado que el Govern, aunque sea titular del servicio, mantiene un papel secundario frente a quienes controlan la operativa diaria.

Más allá de las infraestructuras, la crisis en Rodalies tiene un claro componente humano. La presión ejercida por los maquinistas, con jornadas límite y decisiones que han dejado sin trenes a buena parte del territorio, ha colapsado la movilidad de miles de ciudadanos. El debate ya no es si el sistema funciona mal, sino cómo evitar que pase de un mal funcionamiento crónico a un escenario directamente inviable.
La respuesta ya no es suficiente. La crisis en Rodalies exige un plan de choque inmediato que permita mantener el servicio allí donde sea seguro, con controles externos que eviten nuevas chapuzas y garanticen que las obras se ejecutan con rigor.
Líneas obsoletas frente a un clima que ha cambiado
Algunas de las líneas más antiguas concentran buena parte de la crisis en Rodalies. La R1 y la R2, diseñadas en otro contexto histórico, sufren especialmente el impacto del cambio climático. En puntos como Badalona, las olas han vuelto a socavar las vías, mientras los trenes circulan a escasos metros del mar, en una estampa más propia de una atracción de Port Aventura que de una infraestructura crítica, como sugiere en su columna Enric Sierra Diaz, vicedirector de La Vanguardia
Esta realidad convierte el traspaso de la R1 en un posible regalo envenenado si no se aborda con visión a largo plazo. La crisis en Rodalies también afecta a trazados que discurren por zonas boscosas o junto a grandes carreteras, diseñados sin prever episodios climáticos extremos cada vez más frecuentes.

La gestión política de la crisis en Rodalies ha dejado imágenes reveladoras. La Generalitat ha comparecido en solitario para dar explicaciones, con la consellera Sílvia Paneque asumiendo el desgaste. Mientras tanto, el Ministerio y las empresas públicas responsables tardaban en dar la cara. Una soledad particularmente llamativa tras la reciente foto institucional con Óscar Puente y el presidente de Renfe, Álvaro Fernández, en la constitución de Rodalies de Cataluña.
El arranque de esta nueva empresa no ha disipado la crisis en Rodalies. La Generalitat preside, pero no controla. Renfe mantiene el accionariado mayoritario. Adif conserva las infraestructuras. Y los maquinistas siguen teniendo capacidad de bloqueo. Sin presupuesto propio ni control real, el margen de maniobra es mínimo.


