Podría haber sido cualquiera. Esa certeza ha acompañado al país durante días. Mientras asumíamos que el azar nos había dejado fuera, íbamos conociendo, casi al mismo tiempo, los rostros de los desaparecidos, la búsqueda de sus familias en hospitales y estaciones, los nombres y las historias de quienes sí viajaban en esos trenes. Cada confirmación, cada muerte, llegaba como un golpe más, acumulándose en una experiencia compartida que ya no era ajena a nadie.
Lo que estaba ocurriendo no era solo una suma de reacciones individuales. “En psicología social hablamos de la posibilidad de un trauma compartido cuando se producen eventos especialmente impactantes a nivel nacional”, explica el psicólogo José Antonio García Serrano.
Esa vivencia colectiva se ha visto reforzada por la forma en que la tragedia se ha ido desplegando en el tiempo. “Cuando varios hechos graves se concentran en un corto espacio de tiempo, se produce lo que llamamos una agrupación de eventos”, añade. “Eso hace que el impacto emocional sea mayor y más difícil de procesar”.

El miedo no se rige por estadísticas, sino por la intensidad de lo vivido.
Ese impacto no se ha quedado en el plano de la emoción abstracta. Se ha colado en gestos cotidianos. En andenes más silenciosos de lo habitual, en miradas que se cruzan dentro de los vagones, en personas que bajan el volumen de los auriculares o miran el móvil antes de subir al tren. La vida sigue, pero con una atención distinta, como si algo se hubiera desplazado por dentro.
Ese estado de alerta no siempre responde a un aumento real del peligro, sino a cómo se procesa emocionalmente lo ocurrido. “Cuando un evento tan impactante está tan presente en la memoria colectiva, las personas tienden a sobreestimar el riesgo”, apunta García Serrano. “Es lo que en psicología llamamos riesgo percibido, que no siempre coincide con el riesgo real”.
La repetición constante de imágenes, testimonios y relatos en un corto espacio de tiempo refuerza esa sensación. “Tenemos el recuerdo tan disponible, tan cercano y tan cargado de emoción, que el cerebro concluye que esto pasa continuamente y que puede pasarnos a nosotros”, señala. Aunque los datos indican que el tren sigue siendo uno de los medios de transporte más seguros, el miedo no se rige por estadísticas, sino por la intensidad de lo vivido.
Esa percepción alterada del riesgo se suma otro factor clave: la sensación de control. “En medios como el tren o el avión, las personas sienten que no pueden hacer nada para evitar lo que ocurre”, explica el experto. “El control está fuera, no depende de ti, y eso incrementa el miedo”.
“Hay quienes optan por el coche, a pesar de que el riesgo real sea mayor”
Esa pérdida de margen personal que algunas decisiones se vivan de forma paradójica. Hay quienes optan por el coche, a pesar de que el riesgo real sea mayor, porque al volante sienten que tienen el mando de la situación. No es una elección racional, sino emocional: una forma de recuperar una sensación de seguridad que se ha visto alterada.

Cuando esa percepción se extiende, el impacto deja de ser solo individual. Empieza a instalarse una desconfianza más amplia, no solo hacia un trayecto concreto, sino hacia el sistema que debería garantizar la seguridad. “Ya no es solo miedo al accidente, sino la sensación de que haga lo que haga, no puedo evitarlo”, apunta el psicólogo. “Y eso es lo que más desgasta”.
El apoyo mutuo y la forma en que se narra lo ocurrido resultan claves.
Ese estado de alerta sostenido tiene un coste. No se vive como un miedo intenso y permanente, sino como una tensión de fondo, un cansancio emocional que acompaña a la rutina. “Estamos ante un momento de estrés colectivo fuerte, ligado a un duelo que no es solo individual, sino también social e institucional”, explica García Serrano. No se trata de un trastorno generalizado, sino de una reacción comprensible ante una experiencia compartida de pérdida y vulnerabilidad.
En ese contexto, el apoyo mutuo y la forma en que se narra lo ocurrido resultan claves. La respuesta espontánea de vecinos aquella primera noche, los gestos de ayuda, el reconocimiento del dolor ajeno han funcionado también como anclajes. Frente a la fragilidad, el país ha encontrado momentos de sostén en lo colectivo.
En ese mismo clima, algunos gestos institucionales también tuvieron peso. Las comparecencias conjuntas del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y del presidente de la Junta de Andalucía, Juan Manuel Moreno Bonilla, funcionaron como un mensaje de contención. “Ayudan a rebajar la tensión y a recentrar la atención en las víctimas”.
La vida sigue, los trenes vuelven a llenarse, las rutinas se recomponen. Pero el impacto permanece, no como una herida abierta, sino como una conciencia nueva de lo vulnerable. Un trauma compartido que, con el tiempo, tendrá que encontrar la forma de integrarse sin romper.


