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Co-living, co-housing o por qué vivir en comunidad es una apuesta segura para el futuro

Tras su éxito en el norte de Europa, España comienza a acoger una paulatina transición en su modelo de vivienda con la comunidad como pieza central

Fotografía: Kiloycuarto

El norte de Europa hace años que, paulatinamente, ha implantado un modelo de vivienda comunitaria pensada por (y para) satisfacer los deseos y necesidades de sus vecinos. Mirando hacia ese ejemplo de estado del bienestar social, paulatinamente (y muy especialmente, desde la pandemia y el problema de la gentifricación en las grandes ciudades) en España también se está asentando la idea de que este estilo de vida sería beneficioso de cara a un futuro no solo orientado a la época de la tercera edad, sino cada vez más cercano.

Con el objetivo de buscar una forma de vida más armoniosa, y donde además los vecinos se alejen del individualismo y la soledad crecientes en las sociedades actuales, este tipo de espacios comunitarios (o co-living, por su nombre anglófilo) atiende a un modelo donde sus integrantes comparten los espacios comunes, pero mantienen sus viviendas totalmente independientes. Es el caso de Cando, un nuevo concepto de vida activa en La Moraleja (Madrid). En este particular ejemplo, se trata una urbanización de superlujo ideada para la vida adulta en comunidad a partir de los 50. 

Cortesía Cando

Recién inaugurado hace apenas unas semanas, este complejo en el noroeste de Madrid va más allá del término de espacio físico compartido, basándose en cinco pilares inspirados en las Blue Zones; desde atención médica avalada por los mejores profesionales (de la Clínica Universidad de Navarra, entre otros) y bienestar holísticos (con programas personalizados de salud física y mental) a programas de nutrición equilibrada y alimentos de calidad, además de actividades sociales, culturales y de ocio que apuestan por una vida activa para “cultivar la mejor versión de cada residente”. “La vida en comunidad en Cando se basa en el equilibrio entre la convivencia y la privacidad, fomentando relaciones significativas, sentimiento de pertenencia, siempre desde el respeto a la individualidad de cada residente y generando inquietud por descubrir su ‘ikigai’ o propósito de vida en cada momento. De hecho, las personas interesadas [en este modelo] muestran una clara inquietud por la calidad de la convivencia, la flexibilidad del modelo y el nivel de servicios ofrecidos, así como por la coherencia del proyecto con valores de bienestar y comunidad”, cuenta Aysha Maldonado, directora de Cando La Moraleja.

Con un ecosistema que invita a “vivir más y mejor”, esta propuesta cuenta con gimnasio, jardín, piscina exterior y biblioteca, pero añade también extras como zona de wellness, coctelería y restaurante de autor, además de sala de cine, y crafts rooms. “Estos espacios aportan un valor diferencial al promover el bienestar físico, el desarrollo personal y la creatividad”, dice Maldonado. Así, las actividades se diseñan “de forma participativa y alineadas con los intereses de la comunidad, fomentando el uso activo y significativo de cada espacio y siguiendo la filosofía de Cando: vivir más y mejor.”

Además de combatir la soledad, desde Cauco Housing (en Valencia) describen factores como disponer de ayuda mutua y promover un envejecimiento activo como sus principales objetivos. Creada como “una cooperativa de vivienda colaborativa sin ánimo de lucro” (algo especialmente interesante bajo el clima económico actual), se ingresa en el grupo bajo petición de disponibilidad sujeta a las plazas y a los requisitos especificados (“los nacidos antes de 1952 y en condiciones físicas y mentales óptimas”). Después, se paga la cuota a la asociación y el coste mensual por vivienda, existiendo el derecho de cancelación una vez pasados seis meses del ingresado. Su propuesta responde, a fin de cuentas, a la unión de “comunidades de personas que han decidido dónde, cómo y con quién vivir, aunando esfuerzos e ilusiones y definiendo su propio futuro de manera conjunta”.  

Cortesía Cando

A pesar de que los co-living sénior son los más habituales, también existen ejemplos de propuestas intergeneracionales. “Son más difíciles de llevar a la práctica pues salvo en grandes capitales, no es fácil vivir en estas comunidades”, explican desde Cauco, en parte por la necesidad de un trabajo y unas condiciones más exigentes debido a las cargas familiares y de horario. “La precariedad laboral hace que los residentes tengan que trabajar en un entorno cercano, por eso es que en cohousing rurales o peri-urbanos en la vida real se observe más bien una mezcla entre cohousing senior e intergeneracional”, razonan.

Desde la mayoría de asociaciones, no obstante, defienden que la esencia de estas comunidades es la que hacen sus propios inquilinos; del mismo modo que si un grupo de amigos comprara un espacio y construyeran viviendas independientes con un fin de habitabilidad, pero también lúdico, social y cultural.  relación más estrecha entre todos con lo que los vecinos sienten que la comunidad es una red de apoyo en todo momento y donde la solidaridad y la empatía siempre están presentes ante cualquier problema. 

Esto hace que, además, se fomente una relación más estrecha entre todos con lo que los vecinos sienten que la comunidad es una red de apoyo en todo momento y donde la solidaridad y la empatía siempre están presentes ante cualquier problema.

Enso Co-living. Fotografía: Anna Pardo

El co-housing o el futuro de la autogestión

Si la asequibilidad económica es fundamental (no sólo del coste de la vivienda, sino en su totalidad), hay que hablar de los bienes y servicios vinculados a la misma. Así, y mientras que el mientras que el co-living suele ser gestionado por empresas y tiene un enfoque más comercial y flexible (habitaciones privadas con servicios compartidos, también con un cariz más intergeneracional), el co-housing suele implicar un grupo auto-organizado, que decide colectivamente sobre espacios y convivencia. En esta última línea, cada vez son más comunes los ejemplos que, además de los cuidados, ponen en valor hábitos conscientes como el ahorro energético y el consumo de productos agroecológicos.

Es el caso de Entrepatios Las Carolinas, en la ciudad de Madrid o, en el entorno rural, iniciativas como la de Ecoaldea de Valdepiélagos, que buscan integran la convivencia con la agroecología, energías renovables y gestión comunitaria del agua, demostrando que “es posible articular una vida cotidiana basada en el apoyo mutuo, el autoconsumo y el ahorro de recursos”. El primer ejemplo, además, destaca por su alto nivel de eficiencia energética, “gracias a la unión entre arquitectura pasiva y producción solar, gracias al uso de paneles fotovoltaicos y térmicos”, algo no demasiado frecuente en la urbe. 

En el caso de Valdepiélagos, que pertenece a la Red Ibérica de Ecoaldeas, el consumo responsable gira en torno a su compostaje y autosuficiencia agroecológica; desde la construcción bioclimática de viviendas al máximo aprovechamiento natural en sus entornos comunes. Así, y bajo el objetivo de “un ecobarrio con criterios de arquitectura bioclimática y utilizando la bioconstrucción”, este complejo destaca por su gestión de almacenamiento de agua de lluvia, huertas con frutales (algunas en permacultura) o reutilización de aguas grises.

Además, y según conceden otros proyectos en la Comunidad de Madrid, como el co-housing sénior de Torrelodones Jubilar Villa Rosita, ponen el foco en lo que denominan como “envejecimiento activo” y que incorpora, al mismo tiempo, valores ambientales y de sostenibilidad. “En conjunto, estas experiencias ponen en evidencia cómo una comunidad colaborativa no solo puede predefinir la manera de vivir, sino que también impulsan prácticas más conscientes que benefician tanto a las personas que cuidan como su entorno”, dicen.

Adaptabilidad y buena praxis

No hay que olvidar que cualquiera de estos modelos, especialmente el sénior, conlleva un grado de implicación individual superior al habitual, que consume tiempo, dinero y esfuerzo fuera de la vivienda propia. “Más allá de perfiles concretos, buscamos personas que compartan una sensibilidad común: el deseo de vivir en comunidad desde el respeto, la apertura y la voluntad de contribuir a un proyecto colectivo con propósito”, recalcan desde Cando. Ante todo prima el compromiso, con este estilo de vida y con la comunidad local en cuestión, como recalcan en sus bases desde Enso Co-living, una startup española de co-living fundada en 2019 en Barcelona con el objetivo de ofrecer viviendas comunitarias flexibles: “No queremos gente que venga de vacaciones, sino a vivir a la ciudad”.

Además, y junto a factores como las múltiples reuniones, toma de decisiones y participación en las actividades colectivas pueden no ser del agrado de todo el mundo, conviene tener en cuenta que, de optar por esta opción de housing, es necesario interesarse por lo que se va a aprovechar de cada comunidad en cuestión, de cara tanto a participar como a poder rentabilizar las actividades y servicios comunes lo más (y mejor) posible. Al fin y al cabo, se trata de vivir un poco más consecuentemente, además de mirar desde un poco más cerca el tipo de sociedad que querríamos tener.

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