La primera señal de que algo ha cambiado no suele ser una conversación, sino un objeto. Un escritorio improvisado en el dormitorio de invitados. Un router nuevo porque “el antiguo no daba para tantas videollamadas“. Una compra semanal más grande de lo habitual. La casa que durante años se fue acostumbrando al silencio del nido vacío, en lugar de quedarse quieta, vuelve a llenarse. No regresan niños, sino personas ya adultas.
Cada vez más familias viven esta realidad que sociólogos y economistas han empezado a llamar full nesting. Padres que contaban con una casa tranquila y se encuentran compartiendo espacio con hijos ya adultos. No como excepción ni como crisis puntual, sino como una forma estable de convivencia.
Durante décadas, crecer implicaba irse y la independencia tenía una dirección postal concreta. Hoy, ese guion se ha vuelto borroso. Estudios recientes de la OCDE y Eurostat muestran que una parte muy significativa de los jóvenes adultos en Europa y en países desarrollados sigue viviendo en casa de sus padres, no por elección cultural sino por una combinación de factores estructurales. Alquileres disparados, salarios que no acompañan, precariedad intermitente y un mercado inmobiliario que ha convertido la emancipación en una operación de alto riesgo.
En países del sur de Europa y en algunas economías asiáticas, más de dos tercios de los jóvenes de entre 20 y 29 años viven con sus padres
En Estados Unidos, donde la independencia temprana sigue siendo un ideal cultural fuerte, las cifras son menores pero igualmente reveladoras. Casi uno de cada cinco adultos jóvenes comparte hogar con su familia de origen. Y la tendencia no parece coyuntural.
Pero reducir el fenómeno a una estadística sería perder lo más interesante. Porque vivir en casa de los padres a los 30 ya no significa lo mismo que hace una generación. Para algunos es una estrategia racional, una forma de ahorrar, estabilizarse o recuperarse tras una ruptura o un tropiezo laboral. Para otros, es una renuncia aplazada que pesa. Y para muchos padres, es una experiencia ambigua que mezcla alivio y desgaste, compañía y pérdida de intimidad.

La sociología lleva tiempo observando este desplazamiento. Investigaciones sobre convivencia intergeneracional señalan que el llamado “nido vacío”, lejos de ser una etapa universal, fue siempre un privilegio asociado a estabilidad económica, vivienda accesible y trayectorias laborales predecibles. Cuando esas condiciones desaparecen, la familia vuelve a funcionar como red de seguridad. El hogar se convierte en infraestructura.
Ese regreso, sin embargo, no está exento de fricciones. La casa tiene memoria. Roles que parecían superados reaparecen con facilidad. Basta una pregunta aparentemente inocente -“¿a qué hora vuelves?”- para que un adulto se sienta, durante un segundo, adolescente otra vez. Los padres, por su parte, oscilan entre el impulso de cuidar y el deseo de retirarse de ese papel. La convivencia obliga a renegociar límites, horarios, gastos y, sobre todo, expectativas.
Los estudios sobre bienestar parental muestran una paradoja interesante. Mientras que durante años se asumió que la salida de los hijos aumentaba la satisfacción vital de los padres, investigaciones más recientes indican que el impacto emocional depende mucho del contexto. Para algunos, la casa llena reduce la sensación de soledad. Para otros, retrasa proyectos personales que daban por descontados. No es la presencia del hijo adulto lo que pesa, sino la sensación de que el tiempo propio queda, otra vez, en suspenso.
La convivencia intergeneracional también está reformulando la idea de adultez
También hay una dimensión de desigualdad que rara vez se menciona. No todos los “full nests” son iguales. Quien tiene una vivienda amplia puede convertir la convivencia en una etapa funcional. Quien vive en espacios pequeños experimenta el regreso como hacinamiento. En los hogares con recursos, el nido lleno puede ser una estrategia. En los más frágiles, es un cuello de botella. El mismo fenómeno produce experiencias radicalmente distintas.
Aun así, algo se mueve bajo la superficie. La convivencia intergeneracional también está reformulando la idea de adultez. La independencia deja de definirse únicamente por vivir solo y empieza a medirse por otras variables. Pagar tus gastos. Contribuir al hogar. Cuidar. Tomar decisiones propias. En este nuevo marco, compartir casa no invalida ser adulto, aunque sí obliga a redefinirlo.
Existe además un cambio cultural más profundo. Muchas sociedades no occidentales nunca abandonaron del todo la vida multigeneracional. Lo nuevo no es convivir, sino que esta convivencia reaparezca en países que habían hecho del individualismo residencial una norma moral. El retorno no se presenta como tradición, sino como adaptación. No como ideal, sino como solución pragmática.
En ese sentido, el auge de los “full nesters” no habla solo de familias, sino de sistemas. De mercados inmobiliarios que expulsan. De trabajos que no aseguran. De un contrato social que prometía autonomía y entrega incertidumbre. El hogar vuelve a absorber tensiones que antes resolvía el Estado o el mercado. No es necesariamente un fracaso ni una victoria. ¿O sí?


