El 29 de enero de 1853, París contuvo la respiración ante un vestido de terciopelo blanco. La novia avanzaba hacia Notre-Dame envuelta en volantes elaborados en encaje inglés. No pertenecía a ninguna gran dinastía reinante europea. Era una aristócrata española nacida en Granada a punto de convertirse en emperatriz de Francia. Y también en la mujer que transformaría para siempre la relación entre moda, poder y celebridad.
Aquella novia era Eugenia de Montijo. La ceremonia nupcial con Napoleón III fue un espectáculo diseñado para legitimar el Segundo Imperio francés a través de la imagen. El vestido, del que hoy sobreviven descripciones, grabados y el célebre velo conservado en el entorno patrimonial de la Casa de Alba, ya anticipaba todo lo que Eugenia llegaría a representar. La silueta inspirada en el siglo XVIII, la cintura ceñida, la amplitud teatral de la falda y la riqueza de los tejidos evocaban el universo de María Antonieta, figura por la que la futura emperatriz sentiría una fascinación casi obsesiva durante toda su vida.

Nacida en Granada el 5 de mayo de 1826, Eugenia de Montijo creció en una familia aristocrática cosmopolita y poco convencional. Su padre, Cipriano de Palafox, conde de Teba y octavo conde de Montijo, pertenecía a la nobleza española vinculada al liberalismo y al universo bonapartista. Su madre, Manuela Kirkpatrick, descendiente de escoceses y belgas, fue una mujer brillante y ambiciosa que introdujo a sus hijas en los grandes círculos culturales europeos.
La infancia de Eugenia transcurrió entre España y Francia, y su educación en el convento parisino del Sacré-Cœur moldeó definitivamente su identidad. Creció rodeada de intelectuales y escritores. Prosper Mérimée, autor de Carmen, fue íntimo amigo de la familia, y Stendhal frecuentó también aquel entorno refinado y liberal. Aquella mezcla de sofisticación francesa, temperamento andaluz y educación internacional explicaría más tarde su singular magnetismo.
Pelirroja, de piel extremadamente blanca y ojos claros, poseía una belleza distinta a los cánones habituales de la época. Había en ella una combinación de distancia aristocrática y teatralidad romántica que fascinaba. Pero su gran inteligencia fue comprender el valor político de esa imagen.
El camino hacia su habitación
Su encuentro con Louis-Napoléon Bonaparte, futuro Napoleón III, pertenece ya a la leyenda sentimental europea. Se conocieron en 1852, cuando él acababa de proclamarse emperador de los franceses. Acostumbrado a relaciones efímeras, quedó intrigado por aquella española que se negaba a convertirse en una amante más. Cuando el emperador preguntó cómo podía llegar a su habitación, Eugenia respondió con una frase histórica: “Por la iglesia”. Meses después se casaban en Notre-Dame.
Convertida en emperatriz a los 26 años, Eugenia entendió enseguida el papel que debía desempeñar. El Segundo Imperio necesitaba brillo y ella se encargó de ello, hasta el punto de revolucionar Europa con su relación con la moda. Hasta entonces, las reinas y emperatrices habían seguido tendencias. Eugenia empezó a crearlas. Bajo su influencia, París terminó de consolidarse como capital mundial de la elegancia y nació prácticamente la alta costura moderna.
Su gran aliado fue Charles Frederick Worth, el modisto inglés instalado en París que hoy se considera el padre de la alta costura. La conexión entre ambos fue organizada por la influyente princesa Pauline de Metternich, y el impacto fue inmediato. Worth comprendió que Eugenia no buscaba únicamente vestidos hermosos, quería ser la fachada visual del poder imperial.
La reina del miriñaque
A partir de entonces diseñó para ella centenares de trajes destinados a bailes, cenas diplomáticas, viajes oficiales, estancias en Biarritz, temporadas en Compiègne o ceremonias internacionales como la inauguración del Canal de Suez. Solo para ese viaje oriental de 1869 se dice que la emperatriz encargó más de doscientos vestidos.

La prensa británica la bautizó como “Empress of Fashion” y “Queen of Crinoline”. Y no era exagerado. Si existe una imagen inseparable de Eugenia de Montijo es la de aquellas inmensas faldas sobre crinolinas metálicas o miriñaques que Franz Xaver Winterhalter inmortalizó en sus retratos oficiales. El cuadro La emperatriz Eugenia rodeada de sus damas de honor, pintado en 1855, se convirtió casi en el manifiesto visual del Segundo Imperio.
Las sedas se expandían en enormes estructuras circulares y las colas recorrían interminablemente los salones imperiales. Eugenia adoraba las siluetas inspiradas en el siglo XVIII y en María Antonieta. Gracias a ella, las crinolinas se transformaron en fenómeno internacional y París consolidó su supremacía textil.
La influencia económica fue gigantesca. La industria de la seda de Lyon floreció, los talleres de bordado se multiplicaron y las revistas ilustradas reprodujeron hasta el infinito los vestidos de la emperatriz. Sus peinados, joyas y mangas eran copiados en toda Europa y también en América.
Además de exhibir lujo, dirigía tendencias. Cuando las enormes crinolinas comenzaron a parecer excesivas, apoyó junto a Worth una nueva silueta más estilizada, desplazando el volumen hacia la parte posterior mediante polisones y tournures. Aquella transición definiría toda la moda de finales del siglo XIX.
Su admirada María Antonieta
Su fascinación por María Antonieta fue uno de los motores estéticos de su reinado. Decoró interiores al estilo Luis XVI, coleccionó objetos asociados a la reina decapitada y promovió un auténtico revival dieciochesco. Bajo su influencia, Francia volvió a enamorarse del refinamiento aristocrático anterior a la Revolución. Los retratos de Winterhalter reforzaron esa imagen casi mitológica. Eugenia aparecía envuelta en tul, perlas y satén blanco, rodeada de flores, como una versión romántica y moderna de las reinas del Antiguo Régimen. Aquellas pinturas circularon por embajadas y palacios europeos y fijaron para siempre la estética del Segundo Imperio.

Además, Napoleón III quiso reconstruir el prestigio de las joyas de la Corona francesa, debilitado tras décadas de revoluciones y cambios de régimen, y Eugenia se convirtió en el escaparate perfecto. Lució diademas de diamantes, coronas de esmeraldas, broches monumentales y piezas creadas específicamente para las Exposiciones Universales de París. Hoy son parte del botín del robo que sufrió el Louvre en octubre de 2025. Algunas de esas joyas, diseñadas por maestros como Alfred Bapst o François Kramer, incorporaban diamantes históricos vinculados a Luis XIV y a los llamados Diamantes Mazarin.
Sin embargo, reducir a Eugenia a una simple figura elegante sería injusto. También ejerció una notable influencia política. Napoleón III la nombró regente durante sus ausencias y campañas militares, y ella participó activamente en cuestiones diplomáticas y religiosas. Conservadora y católica, defendió posiciones que incomodaban a muchos sectores liberales franceses. Incluso Bismarck llegó a decir con ironía que era “el único hombre de París”.
La maternidad pareció consolidar temporalmente el régimen. Después de varios abortos, en 1856 nació el príncipe imperial, Napoleón Eugenio, recibido con entusiasmo popular. Durante años, la familia imperial proyectó una imagen de felicidad hogareña y prosperidad nacional. Mientras, Eugenia seguía construyendo su leyenda estética desde lugares como Biarritz, convertida gracias a ella en gran destino aristocrático europeo.
La estética del exilio
La guerra franco-prusiana de 1870 precipitó la caída. Tras la derrota de Sedán y la caída del Imperio, Eugenia tuvo que abandonar precipitadamente el palacio imperial de las Tullerías y huir disfrazada hacia Inglaterra. Aquella mujer que había vestido los diamantes de Francia escapaba ahora prácticamente sola.
El exilio transformó también su apariencia. Tras la muerte de Napoleón III y, sobre todo, después de perder a su hijo en Sudáfrica en 1879, abandonó el esplendor cromático que había definido su juventud. Durante décadas vistió casi exclusivamente de negro, con una elegancia austera y fantasmal muy alejada de las crinolinas monumentales que habían fascinado a Europa.

Murió en Madrid en 1920, a los 94 años, después de haber sobrevivido a su imperio, a su marido, a su hijo y casi a su propio siglo. Pero para entonces ya había cambiado la historia de la moda y de la imagen pública femenina. Dos siglos después de su nacimiento, sigue siendo una de las mujeres más fascinantes de la época.
