El 19 de febrero de 2019 fallecía en París Karl Lagerfeld a los 85 años. El káiser de la moda, director creativo durante décadas de Chanel y artífice del renacimiento de Fendi, moría tras un cáncer de páncreas que llevó con hermetismo. Siete años después, en 2026, el misterio que rodea su herencia —estimada en torno a 200 millones de euros— sigue alimentando titulares, disputas y silencios incómodos.
Un testamento blindado y un abogado ausente
Lagerfeld no se casó ni tuvo hijos. Durante años cultivó una red de afectos elegidos: amigos, colaboradores, protegidos y musas. Poco después de su muerte trascendió la existencia de un documento manuscrito, registrado en Mónaco, en el que el diseñador habría designado a varios beneficiarios. Entre los nombres que circularon figuraban su modelo y “hijo espiritual”, Baptiste Giabiconi; su asistente y exguardaespaldas, Sébastien Jondeau; su publicista Caroline Lebar; su ahijado Hudson; la princesa Carolina de Mónaco; y Françoise Caçote, cuidadora de su célebre gata.
El problema, entonces y ahora, es que la arquitectura exacta del reparto permanece bajo llave. El histórico abogado y contable del modisto, Lucien Frydlender, fue durante años el único conocedor del detalle patrimonial. Su avanzada edad y su bajo perfil público han contribuido a una sensación de opacidad que desespera a los supuestos legatarios y a las autoridades fiscales.
Deudas, activos y un imperio personal
Con el paso del tiempo, la imagen de una fortuna intacta se ha matizado. Publicaciones francesas apuntaron a ajustes fiscales relevantes y a deudas vinculadas a sociedades del diseñador —incluidas empresas relacionadas con localizaciones para campañas y su estudio fotográfico— que habrían reducido el montante final. En paralelo, el inventario de bienes alimenta la leyenda: un apartamento de nueve habitaciones en París; residencias en Biarritz y Vermont; una propiedad en Mónaco valorada en decenas de millones; mobiliario histórico atribuido a María Antonieta; una biblioteca que rondaba los 300.000 volúmenes; y coches de lujo como un Rolls-Royce Phantom o un Lamborghini.
A ello se suma el valor intangible: derechos de imagen, archivos creativos, fotografías y royalties vinculados a su nombre y a la marca homónima Karl Lagerfeld. En 2026, el legado creativo continúa generando ingresos, lo que complica aún más el cálculo definitivo de la herencia.
La batalla por el “heredero principal”
Si algo ha marcado estos años es la pugna simbólica por el papel de heredero principal. Giabiconi publicó un libro en el que se presentaba como el “hijo espiritual” del diseñador; Jondeau, por su parte, fue el hombre de máxima confianza en las dos últimas décadas, testigo de la intimidad del creador. La prensa francesa ha hablado de tensiones, alianzas cambiantes y estrategias legales para consolidar posiciones dentro del grupo de beneficiarios.
Sin descendencia directa, el reparto proporcional entre varios legatarios —si finalmente se confirma— diluye la figura de un sucesor único. Y, sin embargo, la narrativa mediática insiste en coronar a uno.
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Choupette, la heredera más famosa
En el centro del imaginario popular permanece Choupette, la birmania blanca de ojos azules que acompañó a Lagerfeld en sus últimos años. Convertida en influencer felina, con niñeras, vajilla de plata y transportines personalizados, Choupette fue musa y personaje. Aunque la legislación francesa impide que un animal herede directamente, el diseñador habría previsto dotaciones económicas para su cuidado a través de terceros.
Desde 2019 vive con Françoise Caçote en París, con un estilo de vida acorde al deseo de su dueño. En 2026, su imagen sigue siendo rentable en colaboraciones y campañas, un recordatorio de que el legado Lagerfeld es también una construcción mediática.
Un legado que trasciende el dinero
Más allá de cifras y litigios, el caso Lagerfeld revela el lado más humano —y complejo— de las grandes fortunas creativas. La moda, acostumbrada a narrar glamour, enfrenta aquí un drama de herencias donde se mezclan afectos, poder y reputación. El káiser, que controló hasta el último detalle de su imagen pública, dejó tras de sí una trama que ni siquiera su proverbial disciplina logró cerrar del todo.
Siete años después, la pregunta sigue en el aire: ¿quién heredará realmente a Lagerfeld? Quizá la respuesta no esté solo en una cuenta bancaria, sino en la capacidad de preservar su archivo, su visión y su influencia en una industria que aún gira, inevitablemente, bajo su sombra.
