En 2026, las paredes –literal y figuradamente– están dejando atrás el beige. Durante décadas, el neutro monocromático reinó en interiores, desde las revistas de diseño hasta los salones más minimalistas. Sin embargo, después de años de espacios apagados y paletas seguras, los hogares y oficinas están experimentando una explosión de color que susurra (más bien grita) una verdad cristalina: el beige está muriendo en decoración.
Este cambio no es una simple moda pasajera, sino una respuesta estética y emocional a los tiempos que vivimos. Tras años marcados por la pandemia, el teletrabajo y la constante digitalización, las personas buscan espacios que no solo funcionen bien, sino que empujen al bienestar emocional. Y aquí entra el concepto de color dopamina, una tendencia que propone usar tonos saturados y vibrantes para estimular la felicidad, la creatividad y la energía positiva.
De refugio neutral a ánimo visual
En los años 2010 y parte de los 2020, el beige dominó gracias a su versatilidad. Era fácil combinarlo con muebles, texturas y estilos variados. Funcionaba como un lienzo silencioso sobre el cual destacaban piezas icónicas. Pero esa neutralidad, con el tiempo, también se transformó en símbolo de monotonía. Para muchos, los espacios beige empezaron a sentirse fríos, impersonales y hasta deprimidos.
La razón va más allá del diseño: es psicológica. El color influye en cómo nos sentimos. Los tonos tenues como el beige funcionan bien en ambientes calmados, pero a la larga no alimentan el ánimo. En un mundo donde las personas buscan estímulos positivos y experiencias sensoriales más ricas, los espacios silenciosos emocionalmente ya no bastan.
Con esto en mente, diseñadores y decoradores están apostando por paletas que provocan sensaciones: naranjas jugosos que evocan energía, azules profundos que recuerdan el mar, verdes lima que revitalizan y fucsias que despiertan creatividad.
Dopamina decorativa: ¿qué es y por qué importa?
La llamada decoración dopamina no es solo una tendencia estética; es una filosofía emocional aplicada al interiorismo. Se basa en la idea de que el entorno físico puede influir en nuestro estado de ánimo liberando una “descarga de dopamina”, el neurotransmisor asociado con la sensación de placer y motivación.
Esto no significa que las casas deben convertirse en un carnaval visual, sino que se trata de utilizar el color como herramienta para promover bienestar. Por ejemplo:
- Colores saturados en detalles clave: un sofá verde esmeralda, una pared mostaza o un mueble rojo cereza pueden modificar instantáneamente la percepción de un espacio.
- Contrastes audaces: mezclar colores complementarios, como el azul y el naranja, aporta dinamismo.
- Texturas y arte vibrante: cojines, tapices y cuadros con colores intensos generan puntos focales emocionales.
La decoración dopamina también reconoce que no todos reaccionamos igual ante los colores. Lo esencial es elegir tonos que conecten con la historia personal de quienes viven el espacio, ya sea un estudio profesional, una sala familiar o una habitación.
¿Qué queda entonces del beige?
Aunque el beige pierde protagonismo, no desaparece por completo. Se reinventa como contraste equilibrante, actuando como un lienzo secundario que permite que otros colores brillen sin saturar. En 2026, el beige ya no será el rey absoluto, sino un comodín en manos de quienes saben cómo usarlo para resaltar tonos más intensos.
Por ejemplo, en una sala con paredes terracota, el beige puede aparecer en alfombras o tapicerías para suavizar la paleta sin opacarla. En oficinas creativas, puede funcionar como base que permita que los elementos coloridos se apoderen del espacio.
La clave está en el equilibrio: el color sin control puede abrumar, el beige sin color puede apagar.
La democratización del color
Otro aspecto del auge del color en 2026 es su acceso. Las marcas de pintura y textiles ofrecen paletas amplias, económicas y con fórmulas más ecológicas. Además, las redes sociales –especialmente plataformas visuales– han empoderado a personas comunes a experimentar con combinaciones que antes parecían arriesgadas.
Antes, muchos diseñadores vetaban ciertos colores por considerarlos “difíciles”. Hoy, esa rígida regla ha caído. Las habitaciones infantiles combinan lavanda con chartreuse; las cocinas juegan con azules eléctricos; los baños mezclan turquesa con cobre.
Un futuro más colorido
El adiós al beige como protagonista no significa que todos los espacios deban transformarse en arcoíris saturados. Se trata de encontrar una paleta que hable de identidad, energía y emoción. Después de años de calma neutra, llega una era donde el color será expresión, personalidad y bienestar.
