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La boda de la Infanta Elena: azahar, mantones y el sello de Pilar Miró

El enlace de la primogénita del Rey Juan Carlos con Jaime de Marichalar, en marzo de 1995, dejó una colección de imágenes que aún permanecen en nuestra memoria

El rey Juan Carlos lleva del brazo a la Infanta Elena hacia la Catedral de Sevilla. Efe
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Cada año por estas fechas se hace irresistible volver la vista a aquel 18 de marzo de 1995, cuando las campanas de la Giralda y las de toda de Sevilla repicaron para anunciar la boda de la Infanta Elena y Jaime de Marichalar. El día amaneció con los balcones engalanados con mantones de Manila, y el aire de primavera, con aroma de azahar,  abría paso por las calles estrechas del centro histórico.

El enlace era el reflejo de una España en plena transformación, de una monarquía que irradiaba esplendor y de una sociedad que, incluso admirando los fastos, ya empezaba a mirar con ojos más críticos que curiosos la vida detrás de los muros de palacio. Las calles del centro, desde Triana hasta la Puerta del León del Real Alcázar, se llenaron de expectación y de miradas que buscaban asomar la silueta de la primogénita de los Reyes Juan Carlos y Sofía. La ciudad, vibrante y bulliciosa, rendía de paso homenaje a la memoria de María de las Mercedes, abuela paterna de la novia, cuyos recuerdos y afectos aún flotaban entre los adoquines.

De izda. a dcha.: en la fila de abajo, Josefina Carlota de Luxemburgo, Paola de Bélgica, Beatriz de Holanda, Noor de Jordania, Sofía de España, Juan Carlos I, infanta Elena, Jaime de Marichalar y la condesa viuda de Ripalda.En la fila superior, Felipe de Borbón, Victoria de Suecia, Alvaro de Marichalar, Amalio de Marichalar, Ignacio de Marichalar, Luis de Marichalar y Constantino de Grecia. Efe
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Doña Elena apareció radiante del brazo del monarca, con joyas familiares y un diseño de Petro Valverde en seda marfil, de corte princesa, mangas francesas y escote ligeramente en herradura. Un velo de gasa de cuatro metros, custodiado por la tiara Marichalar, cubría su rostro.

Solemnidad y cercanía

En cada detalle se fundían historia y linaje, solemnidad y cercanía. La ceremonia, celebrada en la catedral de Sevilla, bajo el altar mayor reservado a la realeza y a los Grandes de España, fue oficiada por Carlos Amigo, arzobispo con porte de fraile franciscano, mientras los aplausos y las sevillanas se colaban por los ventanales.

Llegada al altar mayor de la catedral de Sevilla. Efe
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La Infanta Elena, siempre espontánea, mostró su carácter incluso en los detalles más pequeños: ajustando la cola de su vestido con la energía que le valió el apodo de “Infanta Limón”, mientras su prima María Zurita trataba de domar la inmensidad de la tela sobre la alfombra de la catedral. Jaime de Marichalar aguardaba con elegante paciencia, acompañado de su madre, la condesa viuda de Ripalda, Concepción Sáenz de Tejada. Después de descubrir a su prometida tras la ceremonia, la pareja se dio la mano con complicidad, sin necesidad de un beso cinematográfico. Aquel gesto sobrio bastaba para transmitir su unión.

Los invitados, 1.500 almas entre familiares, aristócratas, diplomáticos y 200 miembros de 38 casas reales de cuatro continentes, se acomodaron entre bancos y sillas. La más madrugadora fue Cayetana de Alba, acompañada de su marido, Jesús Aguirre. El príncipe de Gales, hoy Carlos III del Reino Unido, fue el único caballero en chaqué gris claro; la reina Paola de Bélgica compartió mesa sin necesidad de cambio de vestuario. Cada rostro es hoy un retazo de historia.

La infanta María de la Mercedes, condesa de Barcelona, ataviada con peineta y mantilla negra, llega en coche de caballos a la Catedral de Sevilla. Efe
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Mientras, el mundo entero seguía cada instante gracias a las cámaras de Televisión Española, dirigidas por la cineasta Pilar Miró. Con su obsesión por capturar lo que late en el interior de las personas, había ensayado cada plano, cada gesto, para que ningún detalle escapara a los ojos del espectador. La directora madrileña confesó sentirse “acojonada” ante la responsabilidad, pero su empeño dio como resultado una retransmisión que muchos recuerdan como un verdadero deleite para la vista.

En la memoria de la jornada perduran anécdotas como el olvido de la Infanta de pedir la venia al Rey antes del “sí, quiero”, un instante que provocó alguna lágrima paternal y templó la solemnidad del acto. El recorrido hasta la Parroquia del Salvador añadió otro momento de emoción, cuando la Infanta depositó su ramo de novia a los pies de Nuestro Padre Jesús de la Pasión, sobre la tumba de sus bisabuelos, el infante Carlos de Borbón y la princesa Luisa de Orleans, padres de doña María de las Mercedes, condesa de Barcelona. Mientras tanto, el coro de la Hermandad del Rocío y los cofrades de Pasión entonaban la Salve rociera, y una lágrima fugaz brillaba en el rostro de Elena.

La celebración continuó en los Reales Alcázares, donde los recién casados recorrieron la ciudad en una carretela del siglo XVIII, escoltados por caballos cartujanos de pelo castaño, mientras los balcones y patios se llenaban de flores, mantones y miradas emocionadas. El banquete, elaborado por Rafael Juliá, fue un festín para los sentidos: lubina del Cantábrico con trufas y almendras, perdiz roja en salsa castellana y tarta de chocolate decorada con flores de lis. Entre brindis de cava y vinos de Jerez, Sevilla se convirtió en escenario de una fiesta que se estiró hasta que clareó el cielo sobre la ciudad.

De la sobriedad nupcial a embajadora de la moda española

La noche anterior, en el Palacio de Villamanrique de la Condesa, la pareja había ofrecido una despedida de solteros que ya anticipaba la elegancia de los días venideros. Elena sorprendió con un vestido marrón chocolate, cuello halter y detalles cut out en la cintura, mostrando un estilo en plena transformación que la consagraría como una de las royals más sofisticadas de Europa. Allí, entre amigos y familiares, ya se intuía la fusión perfecta de tradición y modernidad que marcaría su matrimonio.

Treinta y un años después, aunque la vida siguió su curso y aquel matrimonio concluyó con un divorcio, aquellos instantes siguen vivos en la memoria de quienes los presenciaron: el velo levantado por el viento, los caballos cartujanos de la carretela, las lágrimas fugaces de la novia, la música que flotaba por las calles de Sevilla. Fue un día de cine -“mi mejor película”, declaró Miró- y de primavera andaluza, de gestos y de emociones, que convirtió a la Infanta Elena en protagonista de una crónica que, a pesar de los años y los cambios, sigue siendo un ejemplo de elegancia y carácter en la memoria de la monarquía española.

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