Martina Prieto Pariente pertenece a una de las sagas más reconocidas del vino español. Nieta del viticultor José Pariente e hija de Victoria Pariente, fundadora de la bodega en 1998, creció entre vendimias y viñedos hasta convertir esa herencia en vocación. Ingeniera agrónoma y enóloga, se incorporó a la empresa familiar en 2009 y, desde 2021, dirige el proyecto junto a su hermano Ignacio, consolidando la evolución de una bodega relativamente joven que se ha convertido en referente de Rueda.
Defiende que las decisiones clave se toman en el viñedo, en el suelo, el clima o el ciclo de la planta, mientras que la bodega tiene la misión de interpretar y respetar lo que llega de la viña. Ese enfoque, centrado en el conocimiento profundo de cada parcela, ha guiado el desarrollo de proyectos como la Colección Fincas o la recuperación de viñedo viejo que impulsa junto a su hermano en distintas zonas de Castilla y León.
Su inquietud por explorar nuevos territorios ha llevado a la familia más allá de Rueda. Con Prieto Pariente elaboran vinos en regiones como Bierzo, Cigales o Cebreros, y en 2024 dieron un paso más con A Vilerma, una histórica finca en el valle del Avia (Ribeiro). Allí trabajan con variedades autóctonas y una viticultura exigente en bancales, buscando que cada vino exprese con fidelidad el paisaje del que nace. Para Martina, innovar no significa seguir modas, sino ampliar la mirada sin perder nunca el respeto por el origen. Charlamos con ella.

P – Vienes de una saga donde el vino es herencia y oficio. ¿Qué parte de esa tradición familiar sientes que te sostiene y cuál has tenido que discutirle al pasado?
R – Podría decirse que formar parte de la segunda generación implica convivir de forma natural con esa dualidad entre respeto y cambio. En nuestro caso, mi madre fundó Bodegas José Pariente en 1998; yo me incorporé en 2009 y, desde 2021, mi hermano y yo asumimos la dirección. Es una empresa relativamente joven que, sin embargo, se ha consolidado como un referente. Por eso, más que hablar de confrontar el pasado, creo que nuestro papel ha sido acompañar la evolución del proyecto y reforzar todo lo que ya estaba construido.
Si pienso en lo que me sostiene, sin duda es la pasión que he heredado de mi familia. Tanto mi abuelo como mi madre me transmitieron el amor por la tierra y la curiosidad permanente por comprender cómo nacen los vinos. Esa manera de vivir el oficio sigue siendo mi punto de partida. Quizá lo que hoy nos toca “discutir” no tiene tanto que ver con la tradición familiar como con el contexto actual. Nos enfrentamos a retos muy distintos: el cambio climático, nuevas formas de consumo o la creciente complejidad de los mercados internacionales. Son desafíos que generan inquietud, pero también una enorme motivación para seguir avanzando y adaptarnos sin perder nuestra identidad.
P – Eres ingeniera agrónoma y enóloga. En la práctica, ¿dónde se toman las decisiones más importantes, en el viñedo o en bodega?
R – Para mí, las decisiones más importantes se toman siempre en el campo. La bodega tiene la capacidad de acompañar, interpretar y afinar lo que llega de la viña, pero la verdadera calidad del vino se origina mucho antes. El estado de las plantas, el tipo de suelo, el clima de cada añada y, sobre todo, las decisiones que se toman a lo largo del ciclo vegetativo condicionan profundamente el carácter final del vino. La bodega es fundamental para respetar y expresar ese origen. Es allí donde decidimos cómo vinificar, qué tiempos dar a cada elaboración o cómo trabajar cada parcela para que exprese lo mejor posible su identidad. En cierto modo, es la propia personalidad de la viña la que define el grado de intervención en bodega. En José Pariente llevamos años realizando un estudio continuado de los suelos de nuestras parcelas. Ese trabajo nos ha permitido comprender mucho mejor el comportamiento de cada viñedo y ha sido clave para desarrollar nuestra Colección Fincas. Ese conocimiento es el que nos ayuda a interpretar cada parcela con mayor precisión. Al final, es ahí, en la tierra y en la viña, donde empieza a definirse el vino que terminará en la botella.
P – Desde 2009 estás en la empresa familiar y tu madre ha sido una figura clave. ¿Qué fue lo más valioso que aprendiste de Victoria Pariente… y qué has tenido que aprender “a tu manera”?
R – Mi madre ha sido, sin duda, una referencia fundamental para mí, tanto en lo profesional como en lo personal. De ella aprendí el respeto profundo por el campo, pero también la importancia de construir un proyecto con identidad propia, basado en la paciencia, la perseverancia y la coherencia. Fue capaz de impulsar la bodega desde sus inicios y consolidarla paso a paso, siempre fiel a sus valores. Esa manera de trabajar sigue siendo una guía constante para mí. También me transmitió una confianza absoluta en el proyecto, y ese legado es el que hoy nos permite seguir avanzando.
Lo que quizá me ha tocado aprender a mi manera tiene más que ver con el contexto actual y con la diversificación por la que hemos apostado. Mi hermano Ignacio y yo dirigimos la bodega en un momento de muchos cambios, con un sector que evoluciona muy rápido y con desafíos que antes no estaban sobre la mesa. Gestionar esa incertidumbre, adaptarnos a nuevas realidades y seguir tomando decisiones con responsabilidad es un aprendizaje continuo.

P – Con Prieto Pariente salís de Rueda para hacer vinos singulares (DO Bierzo, DO Cigales y DO Cebreros). ¿Qué te empuja a “salir del terruño” y qué no estás dispuesta a perder cuando cambias de paisaje?
R – Las nuevas generaciones suelen sentir la necesidad de salir de lo conocido, de explorar y encontrar estímulos más allá del lugar donde han crecido. En nuestro caso, Prieto Pariente nació precisamente de esa inquietud. Fue la primera aventura que emprendí junto a mi hermano Ignacio: un proyecto muy personal con el que queríamos descubrir otros paisajes y trabajar con viñas singulares, muy viejas y que, en algunos casos, estuvieron a punto de desaparecer.
Nos atrajo especialmente la posibilidad de recuperar parcelas con historia, plantadas en lugares con un enorme potencial enológico. En zonas como Bierzo, Cigales o Cebreros encontramos cepas con una identidad muy marcada, capaces de dar vinos con muchísima personalidad. Nuestro objetivo siempre ha sido respetar ese carácter.
Salir de Rueda no significa alejarse de lo que somos, sino ampliar la mirada. Si hay algo a lo que no estoy dispuesta a renunciar en cualquier elaboración es al respeto por el origen, a la búsqueda de autenticidad y a la voluntad de que cada vino refleje el lugar del que procede. Al final, aunque el paisaje cambie, nuestra filosofía sigue siendo la misma.
P – Recuperar viñedo viejo suena romántico, pero es durísimo. ¿Qué te ha enseñado el viñedo viejo sobre paciencia, riesgo y estilo propio?
R – El viñedo viejo enseña, sobre todo, a escuchar y a tener paciencia. Son cepas que llevan muchas décadas adaptándose a su entorno y que han encontrado un equilibrio muy particular con su paisaje. No puedes llegar con prisas ni con ideas demasiado rígidas: primero hay que entenderlas, observar cómo responden cada año y aprender de su ritmo.
También implican asumir cierto riesgo. Estas parcelas ofrecen rendimientos muy bajos y requieren un trabajo manual muy exigente, pero al mismo tiempo aportan algo muy valioso: una personalidad y una profundidad que es difícil encontrar en viñas más jóvenes. Con el tiempo aprendes que el estilo del vino no se impone, sino que nace en el propio viñedo.
P – En 2024 dais el salto a Galicia con A Vilerma (Ribeiro), un proyecto con historia y bancales exigentes. ¿Qué te enamoró de esa finca y qué te daba más respeto al llegar?
R – A Vilerma tiene algo muy especial. Es una finca con mucha historia, situada en el valle del Avia, rodeada de un paisaje de bancales que impresiona desde el primer momento. Cuando la conoces entiendes enseguida que es un lugar con una identidad muy marcada, donde la viña forma parte inseparable del paisaje. Esa combinación de historia, variedades autóctonas y un entorno tan singular fue lo que nos conquistó.
Al mismo tiempo, llegar a un lugar así también impone mucho respeto. Galicia tiene una viticultura muy distinta a la que conocíamos y trabajar en bancales exige un esfuerzo enorme y una adaptación constante. Nuestro enfoque ha sido precisamente ese: llegar con humildad, escuchar mucho al viñedo y a las personas que conocen bien la zona, e intentar que el vino refleje con la mayor fidelidad posible el carácter de ese lugar.
P – A Vilerma nace con un ensamblaje de variedades autóctonas. ¿Qué buscabas exactamente en esa primera añada?
R – La primera añada que hemos elaborado como equipo ha sido la de 2024, y para nosotros ha tenido un significado muy especial. Ha sido el momento en el que realmente hemos podido interpretar la finca con nuestras propias decisiones, desde el trabajo en el campo hasta la elaboración en bodega. De alguna manera, es un vino profundamente Ribeiro, pero inevitablemente también refleja nuestra manera de entender el vino.
Desde el principio nuestro objetivo fue trabajar desde el respeto al lugar. A Vilerma nace de un ensamblaje de variedades autóctonas precisamente porque queríamos que el vino hablara del paisaje del valle del Avia y de la tradición vitícola de la zona. Más que buscar un perfil impuesto desde fuera, lo que nos interesaba era preservar la identidad original de la finca.
El resultado es un vino muy marcado por su influencia atlántica, con una acidez equilibrada, una gran expresión de fruta y un final con esa ligera sensación salina que habla claramente de su origen. En definitiva, un vino que intenta transmitir la tipicidad del Ribeiro desde una mirada respetuosa y profundamente vinculada al territorio.
P – Dices que quieres ser fiel al espíritu del Ribeiro “sin seguir modas”. ¿Qué es una moda en blanco hoy y cómo se hace un vino contemporáneo sin caer en ella?
R – Creo que la clave está en eliminar lo superfluo, preservar lo más valioso de la tradición y poner el origen en el centro. A Vilerma es un vino con historia y nuestra intención ha sido respetar esa esencia. En el mundo del vino, como en muchos otros sectores, también aparecen tendencias que durante un tiempo parecen marcar el camino. En los blancos, por ejemplo, a veces vemos estilos muy condicionados por determinadas técnicas o por perfiles que se repiten en distintas regiones, intentando responder a una moda del momento.
Para mí, el riesgo está en perder la conexión con el lugar. Cuando un vino se elabora en función de lo que funciona en el mercado, puede acabar diluyendo su identidad. Por eso creo que la clave está en empezar siempre desde el viñedo, entendiendo qué puede ofrecer ese terruño y cómo expresarlo de la forma más honesta posible. Hacer un vino contemporáneo no significa seguir tendencias, sino saber interpretar el momento que vivimos sin traicionar el origen. Hoy contamos con más conocimiento técnico y más herramientas para trabajar con precisión. Si todo eso se pone al servicio del territorio, el vino será actual de forma natural, sin necesidad de adaptarse a una moda pasajera.
P – Llevas tres proyectos, viajes constantes, divulgación, deporte y familia. ¿Qué rutina o hábito te salva cuando todo aprieta (y qué has aprendido a dejar de hacer)?
R – El deporte es fundamental para mí. Me ayuda a mantener la cabeza clara y, al mismo tiempo, a desconectar. Siempre digo que es como un café, un té y una copa de vino a la vez: energía, calma y disfrute, cada cosa en su momento.
Con los años también he aprendido a confiar más en mi intuición y a aceptar que no todo se puede controlar. Y aunque no siempre es fácil, también tiene algo liberador.
P – Has comparado el vino con una carrera de fondo, ¿cuál es tu próxima meta real?
R – El vino se parece mucho a una carrera de fondo porque los proyectos en este sector necesitan tiempo, constancia y una visión a largo plazo. Más que pensar en una meta concreta, lo que me motiva es seguir consolidando cada uno de los proyectos en los que estamos trabajando y darles el tiempo necesario para madurar.
En el caso de A Vilerma, uno de nuestros objetivos principales es potenciar el enoturismo en la finca. Es un lugar de una belleza extraordinaria y con una historia muy especial. Creemos que la mejor manera de entender el vino que nace allí es visitarlo y conocer el paisaje que lo hace posible. Queremos que la finca se convierta en un espacio donde el vino y la experiencia del visitante estén profundamente conectados. Lo que todavía no he dicho en voz alta… quizá lo contemos en otra ocasión.
P – En un sector del vino que durante años fue “de hombres”, ¿qué cambio concreto te gustaría ver ya para que el talento femenino no sea una excepción ni una etiqueta, sino la norma?
R – Me gustaría ver que el talento se valore simplemente por lo que aporta y no por el género. Que dejemos de necesitar etiquetas como “mujeres del mundo del vino” y que la referencia sea la profesionalidad, la preparación y la pasión que cada persona pone en su trabajo. En mi experiencia, la clave está en la constancia y en la formación. El esfuerzo abre puertas y rompe prejuicios. Me encantaría que esto se reflejara en todos los ámbitos del sector, desde las bodegas hasta la distribución y la crítica, donde las decisiones se tomen por mérito y visión, no por estereotipos. Ojalá dentro de unos años hablar de vino sea simplemente hablar de personas que lo hacen bien, sin necesidad de añadir ningún adjetivo.
