La psicóloga experta en maternidad reflexiona sobre la crianza intensiva, la corresponsabilidad, el desgaste invisible y ese “después” del que se habla poco: cuando el cuerpo, la identidad y la relación de pareja necesitan recolocarse.
La autora explora en El café frío, la cerveza caliente el miedo, la duda y el deseo como motores vitales, y defiende la literatura como un espacio donde las madres pueden reconocerse, leerse y dejar de sentirse solas. Charlamos con ella.
P – Tu libro El café frío, la cerveza caliente llega tras dos ensayos sobre maternidad
R – Quería seguir escribiendo sobre la maternidad, sobre todo eso que nos sucede a las madres, en relación a nuestros hijos pero también en relación a todo lo demás de nuestras vidas. En concreto, quería hablar sobre todo eso que viene después de los primeros años de crianza intensiva. Tuve la sensación de que no era una historia para contar en formato de ensayo, sino que precisaba de otra cosa, para poder ir más profundo, para poder vivirlo.
P – Mariona, la protagonista, tiene todo lo que se supone que hay que tener… pero no es feliz. ¿Qué hay de ti en ella? ¿Y de todas las madres que te siguen?
R – Una de las cosas que más me ha sorprendido de escribir novela es que esa frase que leí una vez “todo retrato es un autoretrato” tiene más verdad de la que yo pensaba. Se me han escapado partes de mi en Mariona, algunas intencionadamente y otras casi sin darme cuenta. Y también hay en ella partes de mujeres de mi entorno, de mis amigas pero también de mujeres y madres a las que he acompañado.
P – La maternidad millennial se ha alejado de los clichés idealizados, pero sigue llena de expectativas. ¿Sientes que hay una presión distinta, más sutil pero igual de fuerte, sobre las madres de nuestra generación?
R – Creo que la culpa y la exigencia maternas vienen de muy atrás y creo también que van cambiando de forma. Hoy en día esa exigencia, esa culpa, nos llega frecuentemente a través de las redes sociales, que nos llenan de actividades que tenemos que hacer, metas a las que tenemos que llegar, como si ser madre fuese tan fácil como cumplir una checklist de diferentes puntos. Creo que ser madre genera tanta incertidumbre, tanta duda, que a veces decidimos creernos estos mensajes para nuestra propia tranquilidad, cuando en realidad no hacen más que encorsetarnos.
P – ¿Crees que la literatura puede ofrecer un espacio emocional para las madres que no se sienten reflejadas en los relatos tradicionales?
R – Sí. La literatura, desde que empezamos a escuchar cuentos, es un lugar en el que encontrarnos. En el que entender experiencias vividas o futuras a través de personajes. Y creo que hacen falta muchos más relatos sobre mujeres en general, pero en concreto sobre madres.
P – “Se le enfría el café y se le calienta la cerveza”… ¿cuándo sentiste que esa frase era el título perfecto para esta historia?
R – Estaba en una fiesta de cumpleaños con mis hijos. Uno de mis amigos, me iba trayendo cervezas frescas cuando veía que se me calentaban. Y me dijo “Se te calienta la cerveza todo el rato”. Y le respondí: “Sí es que soy madre”. Ambos nos reímos. Y en ese momento pensé que esa cerveza caliente era una buena definición de la maternidad. Beber a sorbitos. Vivir entre interrupciones.
P – Uno de los temas centrales del libro es el desencanto. ¿Qué sucede cuando la vida que siempre imaginaste no se parece a la que vives? ¿Y qué papel juega la maternidad en ese desencanto?
R – Creo que la maternidad a veces no deja lugar para que nos preguntemos qué es lo que queremos. Si somos felices. Si estamos bien. Estamos tan volcadas en el bienestar de otro ser, y en todo lo que esto conlleva que casi no hay espacio para nosotras mismas. Y más aún cuando no hay corresponsabilidad dentro de la pareja (como es el caso de la protagonista de la novela). Eso hace que a veces perdamos el deseo, que no sepamos lo que nos ilusiona, lo que nos hace vibrar. Y ahí, cuando nos damos cuenta de que estamos viviendo en piloto automático es cuando aparece ese desencanto.
P – Has acompañado a miles de madres desde @paoroig y el centro Pell a Pell. ¿Sientes que esta novela también es una forma de acompañar?
R – Esa era mi intención al escribirla, de hecho. Poder seguir acompañando pero desde otro lugar. Más allá del ensayo y la teoría. Ademas, hay un punto en la maternidad en el que empieza a dar pereza seguir leyendo teoría, nos empachamos, y necesitamos otra cosa. Y si esa otra cosa además nos sigue acompañando, nos sigue nombrando e interpelando es aún mejor.

P – ¿Qué papel ha jugado tu comunidad online en el nacimiento de este libro? ¿Sentías que te estaban “pidiendo” una historia así?
R – No sé si me la estaban pidiendo, lo que si sé es que yo necesitaba escribirla.
P – En La vida secreta de las madres (videopodcast) mostráis el lado invisible de la maternidad. ¿Qué secretos comparte El café frío, la cerveza caliente que no habías contado antes?
R – Creo que el secreto más grande de las madres es que a todas nos pasan cosas muy parecidas, aunque no hablemos de ella, aunque a veces pensemos que somos las únicas. Creo que eso es un poco lo que hacemos con el podcast, y lo que sigo haciendo con la novela, como decir: “tranquila, en esto, tampoco estás sola”.
P – ¿Qué le dirías a una madre que siente que está rompiendo con todo lo que creía?
R – Le diría que a veces permitirse dudar da mucho susto, da miedo. Pero que el miedo no nos lo podemos ahorrar, porque entonces desaparece también el deseo. Y que desde luego merece la pena atravesarlo.
P – ¿Y a quienes no son madres? ¿Qué puede encontrar cualquier lector o lectora en esta historia?
R – No todas somos madres, pero todos venimos de una. Creo que es bonito poder entender que nuestras madres también eran mujeres más allá de nosotras. Que les pasaban cosas, aunque a nosotras nos pasasen desapercibidas. Creo que la novela puede ayudarnos también a entender a nuestras madres. Y que, pienso también, que no hace falta ser madre para disfrutar una novela con una madre de protagonista, igual que no hace falta ser cocinera para disfrutar una novela sobre la vida de una chef. Para mí lo bonito de las historias es poder vernos en partes de un personaje. Poder amarlo y poder también odiarlo. Vivir su historia, aunque no sea la nuestra.
