La posibilidad de un acuerdo entre Estados Unidos e Irán para poner fin a la guerra y reabrir el estrecho de Ormuz empieza a tomar forma. Donald Trump, quien este fin de semana canceló sus planes de asistir a la boda de su hijo Donald Trump Jr, aseguró este domingo que el pacto está “en gran medida negociado”. Sin embargo, altos funcionarios de su Administración insisten en que todavía quedan detalles esenciales por resolver en torno al programa nuclear iraní y las condiciones para garantizar la libre circulación marítima en uno de los puntos estratégicos más sensibles del planeta.
El estrecho de Ormuz, por donde transita una parte decisiva del comercio mundial de petróleo y gas, se ha convertido, como ocurrió en los años 80 con Ronald Reagan en el poder, en el centro de gravedad de la diplomacia internacional. Su reapertura permitiría una estabilidad económica global en un momento en el que los mercados energéticos siguen sometidos a fuertes tensiones.
La Administración estadounidense intenta proyectar una imagen de avance controlado. Marco Rubio, secretario de Estado, afirmó el sábado que la reapertura del estrecho depende de una “aceptación plena” de Irán y, sobre todo, de su cumplimiento efectivo de los términos negociados. La formulación refleja la desconfianza estructural que sigue marcando la relación entre Washington y Teherán incluso en un escenario de acercamiento.
Un alto funcionario estadounidense citado por Fox News sostuvo que la Casa Blanca estaría dispuesta “a aliviar de manera significativa” las sanciones contra Irán si su gobierno acepta concesiones respecto a su uranio enriquecido. Según esa misma fuente, Washington considera prioritario gestionar “todo el stock” de material enriquecido iraní y percibe señales de flexibilidad que antes no existían.
La negociación gira alrededor de la seguridad estratégica y la estabilidad económica
Estados Unidos busca impedir que Irán obtenga un arma nuclear, una línea roja reiterada tanto por Rubio como por el propio Trump. Irán, en cambio, intenta conseguir alivio financiero y la descongelación de activos en un contexto de fuerte deterioro económico interno y de presión internacional.

Trump ha tratado de diferenciar cualquier eventual acuerdo del pacto nuclear impulsado durante la presidencia de Barack Obama. En una publicación en Truth Social, el presidente afirmó que, si alcanza un entendimiento con Teherán, será un acuerdo “bueno y apropiado”, “exactamente lo opuesto” al firmado por la Administración demócrata. El mandatario volvió así a uno de los argumentos centrales de su discurso político al presentar la política exterior de sus predecesores como una cadena de concesiones erróneas que él estaría corrigiendo mediante la fuerza militar.
Por ahora, el presidente estadounidense admite que el pacto todavía “no está completamente negociado”. Esa cautela coincide con las declaraciones de funcionarios de su gobierno que rebajan las expectativas sobre una firma inmediata. Según una fuente citada por CNN, el sistema político iraní “no se mueve lo rápido que desearíamos” como para cerrar el acuerdo de manera inminente.
La prudencia responde también a la complejidad técnica del proceso porque, incluso si hubiera un anuncio político, la implementación sería larga y complicada.
Los propios negociadores estadounidenses reconocen que la normalización del tráfico marítimo y la estabilización energética mundial no serían automáticas. Expertos citados por CNN advierten de que el final de la guerra y la reapertura de Ormuz no bastarían por sí solos para reducir rápidamente los precios del petróleo y del gas. El restablecimiento logístico de las cadenas de suministro podría prolongarse durante meses y mantener la volatilidad de los mercados.

Aun así, dentro de la Casa Blanca existe interés en transmitir optimismo económico. Kevin Hassett, uno de los principales asesores económicos de Trump, aseguró en CBS que los precios energéticos podrían bajar poco después de la reapertura del estrecho y de las refinerías. La cuestión tiene una dimensión política evidente porque una reducción del coste de la energía podría convertirse en un activo electoral importante para los republicanos de cara a las elecciones de mitad de mandato.
El debate interno en Washington refleja, precisamente, la dimensión doméstica del acuerdo. El presidente de la Cámara de Representantes, Mike Johnson, afirmó que un pacto con Irán sería “algo grande” para las elecciones legislativas y contribuiría a bajar el precio de la gasolina. En cambio, el senador republicano Thom Tillis advirtió de que el acuerdo estaría “condenado al fracaso” si no existe supervisión del Congreso.
Las críticas también llegan desde el Partido Demócrata. El senador Cory Booker calificó el posible pacto de ejemplo de “hipocresía” por parte de la Administración Trump. Mientras tanto, el congresista Thomas Massie se mostró favorable a un acuerdo temporal que permita seguir negociando sobre el programa nuclear iraní.
La cuestión nuclear sigue siendo el corazón de toda negociación. Trump insiste en que cualquier acuerdo deberá impedir de manera definitiva que Irán obtenga un arma atómica. Benjamín Netanyahu, primer ministro israelí, intervino públicamente por primera vez sobre las conversaciones para asegurar que “Irán nunca tendrá un arma nuclear”. El dirigente israelí afirmó además que mantiene contacto con Trump y que ambos coinciden en que cualquier pacto final debe “eliminar el peligro nuclear”.
La posición israelí añade presión sobre unas conversaciones ya de por sí extremadamente sensibles. Israel observa cualquier relajación de sanciones con una mezcla de escepticismo y preocupación estratégica. Al mismo tiempo, la Administración Trump intentó demostrar que su política de “máxima presión” ha obligado a Teherán a realizar concesiones que anteriormente rechazaba.

Ese relato fue reforzado por Cameron Khansarinia, jefe de gabinete del príncipe heredero exiliado Reza Pahlavi, quien aseguró en Fox News que las sanciones y los ataques militares estadounidenses han llevado al régimen iraní “contra las cuerdas”. Aunque la oposición iraní en el exilio carece de capacidad directa de decisión, sus declaraciones forman parte del clima político que rodea las negociaciones.
Mientras tanto, la dimensión regional del conflicto sigue creciendo. Pakistán y Qatar han emergido como mediadores clave entre Washington y Teherán, actuando como canales de transmisión de propuestas y contrapropuestas. El primer ministro paquistaní, Shehbaz Sharif, elogió a Trump por sus “esfuerzos extraordinarios para buscar la paz” tras una conferencia telefónica multilateral con dirigentes de Arabia Saudí, Qatar, Egipto, Jordania y Emiratos Árabes Unidos.
La implicación de estas potencias regionales muestra hasta qué punto el conflicto afecta al equilibrio político de Oriente Próximo. La estabilidad del estrecho de Ormuz no es únicamente un asunto bilateral entre Estados Unidos e Irán porque condiciona las exportaciones energéticas del Golfo y, por tanto, la salud económica de los países de la región.
En ese contexto, una de las cuestiones más delicadas es el futuro control del tráfico marítimo. Un funcionario estadounidense citado por Fox News aseguró que Washington considera “inaceptable” cualquier tipo de peaje o gravamen iraní sobre el paso por el estrecho. La afirmación intenta marcar un límite claro en la negociación. Estados Unidos no está dispuesto a ningún tipo de concesión económica que implique un cambio estructural en las reglas de navegación internacional.
Irán, por su parte, parece estar enviando señales de moderación táctica. Según la agencia Fars, vinculada al Estado iraní, la Guardia Revolucionaria autorizó el paso de más de 30 embarcaciones por el estrecho en las últimas 24 horas. El dato busca transmitir una imagen de control y de voluntad de evitar una escalada adicional. El mundo contiene la respiración ante la posibilidad de que ambas partes consigan llegar a un acuerdo.

