Pasan los días y hoy ya se cumplen 16 desde que Estados Unidos e Israel lanzaron su ofensiva contra el corazón del régimen de los ayatolás. La guerra, cuya duración estimaba Trump en “no más de 4 o 5 semanas” se extiende cada vez más rápido y sigue contagiando a cada vez más países del entorno.
La ofensiva de Irán, que sorprendentemente sigue resistiendo los envites de sus enemigos, se basa en atacar cada vez con más dureza puntos estratégicos de sus países vecinos. El estrecho de Ormuz continúa bloqueado e Israel sigue golpeando con fuerza Beirut. Ninguno de estos elementos pasa desapercibido para Lena Georgeault, que, en conversación con este periódico, explica las consecuencias derivadas de este conflicto. “Una posible guerra de agua (…) o que los países del Golfo replanteen su modelo de defensa” son algunas de ellas.
Para la directora del Grado de Relaciones Internacionales en la Universidad Villanueva, “Irán está presionando donde el impacto sea mayor y el coste menor”.

– ¿Hasta dónde puede escalar este conflicto y cuál es realmente el objetivo final de la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán?
– La guerra contra Irán ya se está extendiendo y está afectando un arco que va del Mediterráneo oriental a Asia del Sur. Israel golpea posiciones de Hizbulá en Líbano y advierte que podría ocupar territorio si el ejército libanés no logra contenerlo, algo que sabe que difícilmente puede hacer. También nos afecta a los europeos, y no sólo por los precios del gas y del petróleo, gravemente alterados por la situación del estrecho de Ormuz. Además del incidente en una base británica en Chipre, un soldado francés ha muerto tras el ataque perpetrado por una milicia proiraní contra una base en el Kurdistán iraquí.
Irán mantiene además otras palancas de presión, como la posible activación de células terroristas. El FBI reveló que Teherán habría contemplado incluso una operación con drones en California. A esto se suma otro factor de escalada: una posible guerra del agua. Emiratos, Arabia Saudí e Israel dependen enormemente de plantas de desalación (hasta el 80 % del agua en el caso de Emiratos) y una instalación ya ha sido atacada. Estas plantas son un talón de Aquiles poco protegido y podrían convertirse en un instrumento crítico de presión estratégica. Todo ello para unos objetivos que siguen difusos en las declaraciones de Trump, pero que Netanyahu sí formula con claridad: derribar el régimen iraní, neutralizar su programa nuclear y debilitar a Hezbollah.

– ¿Cuánto tiempo pueden aguantar los países vecinos de Irán -especialmente en el Golfo y Oriente Próximo- sin verse arrastrados directamente a la guerra?
– Los países del Golfo, especialmente Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, han construido su modelo de desarrollo sobre la estabilidad económica, no sobre la autonomía militar. Dubái es el ejemplo más claro: su prosperidad depende de la confianza de turistas, inversores y empresas internacionales. Por eso han apostado durante años por el soft power y negociaciones con Irán para rebajar tensiones, mientras su defensa ha descansado en gran medida en protectores externos: Estados Unidos, Reino Unido, Francia y, aunque no lo proclamen, también Israel. Han comprado armamento por miles de millones de dólares, pero eso no se traduce en capacidades operativas reales: el caso de Kuwait derribando por error tres F-15 estadounidenses es ilustrativo.
A falta de capacidad militar sólida y para proteger una apariencia de estabilidad, compensan con control férreo de la comunicación: Abu Dhabi ha prohibido contradecir el discurso oficial sobre los ataques iraníes, algo clave en un país donde viven tantos influencers. Pero esta guerra obligará probablemente los países del Golfo a replantear su modelo de defensa.
– ¿Está intentando Irán expandir el conflicto a nuevos frentes regionales para aumentar la presión sobre Estados Unidos e Israel?
– Irán está presionando donde el impacto sea mayor y el coste menor: el mercado energético, el tráfico marítimo o infraestructuras sensibles en la región. Basta la amenaza de minas o ataques puntuales para disparar los precios del petróleo y del gas y generar presión en los entornos económicos occidentales.
La cuestión es quién aguanta más: Estados Unidos, con una enorme superioridad militar, pero con Donald Trump mirando ya a las elecciones de midterms dentro de seis meses, o Irán, más aislado y con tensiones internas, pero capaz de mantener una presión relativamente barata mediante drones rústicos, milicias aliadas o acciones indirectas. En ese tipo de conflicto, el poder de molestia puede compensar una relación de fuerzas desfavorable.

– ¿Puede convertirse Irak en el próximo foco de la escalada, teniendo en cuenta la presencia de milicias proiraníes y bases occidentales en su territorio?
– Se está concretando este escenario con la muerte de un soldado francés tras un ataque con drones contra una base cerca de Erbil donde militares franceses e italianos entrenan a fuerzas locales en el marco de la coalición internacional contra Daesh. Aunque la autoría exacta sigue bajo investigación, todo apunta a milicias chiíes iraquíes próximas a Irán, que en los últimos días han intensificado los ataques con drones y cohetes contra bases occidentales. El problema de fondo es que el Estado iraquí no controla plenamente su propio territorio. La presencia de milicias proiraníes, fuerzas kurdas, ejército regular y presencia internacional convierten el país en un terreno ideal para una guerra indirecta.
– Si Donald Trump decide poner fin a la operación o rebajar la implicación estadounidense, ¿seguirá Benjamin Netanyahu con la ofensiva o depende Israel del respaldo de Washington para continuar?
– La combinación de la potencia militar estadounidense y las capacidades de inteligencia israelí es extraordinariamente poderosa, pero Israel conserva por sí solo margen para operaciones selectivas, aunque no al mismo nivel de intensidad ni de alcance. Su ventaja clave está en el terreno de la inteligencia. El Mossad, con su conocida capacidad de infiltración, puede alimentar la paranoia del régimen iraní frente a espías y traiciones internas, lo cual podría generar fracturas dentro del poder y facilitar su caída.
