Han pasado ya dos semanas desde que la guerra entre Israel, Estados Unidos e Irán -con la implicación de Hizbulá desde Líbano- volvió a sacudir Oriente Medio. Los misiles, las sirenas y el continuo deterioro de la escalada regional han devuelto a millones de israelíes a una rutina que muchos creían haber dejado atrás tras la tregua de Gaza. En las ciudades del centro del país y en los kibutz del norte, la vida cotidiana vuelve a girar en torno a refugios, alarmas y la incertidumbre.
Para la población civil, el conflicto genera una experiencia diaria de miedo, cansancio y frustración. A algunos les cuesta entender el sentido de vivir en guerra permanente y expresan desconfianza hacia una clase política que, aseguran, no ha preparado al país para una crisis que muchos veían venir. “No estoy bien. Esto supera ya la ficción”, confiesa Julieta Kriger, profesora residente en Tel Aviv.
Cuando no tienes refugio
Kriger vive habitualmente en Tel Aviv, aunque estos días se ha trasladado temporalmente a casa de una amiga en Hadera, una localidad costera más al norte, buscando algo más de calma y seguridad. La razón es simple: su edificio no tiene refugio. “En Tel Aviv donde yo vivo no hay refugios. Cuando sonó la primera alarma salimos todos del edificio buscando dónde ir. Acabamos en un colegio”, explica.

En Israel muchas viviendas modernas cuentan con una habitación reforzada conocida como mamad, diseñada para proteger a los residentes durante ataques con misiles. Pero no todos los edificios la tienen, especialmente en barrios antiguos o zonas populares. “Todo depende de dónde vivas y de qué capacidades tenga tu casa”, dice Kriger. “Si tienes mamad puedes esperar a que suene la alarma y meterte dentro. Pero si no lo tienes, estás perdido”.
“Y de repente vuelve la guerra”
Esa precariedad en la protección civil es, para ella, uno de los grandes fracasos de las autoridades. “Sabíamos que algo iba a volver a pasar. Pero nadie se preparó. Nadie fue edificio por edificio para ver qué pasaba con los refugios. Todo quedó en un stand-by y de repente vuelve la guerra”, dice. Desde los ataques del 7 de octubre de 2023 y las guerras posteriores, la población israelí ha vivido en tensión permanente. Sin embargo, Kriger cree que esta vez la sensación es diferente.
“La otra vez era miedo puro. Esta vez es más como un postrauma”, prosigue. La incertidumbre política también pesa sobre el ánimo de muchos ciudadanos. “Me siento como un títere, como si me movieran los hilos desde arriba”, lamenta. A diferencia de la mayoría de sus compatriotas, que cierran filas entorno a la urgencia de eliminar la amenaza militar del régimen iraní, Julieta muestra escepticismo.

La guerra también ha alterado profundamente su vida laboral. Kriger trabaja como maestra y terapeuta artística, además de impartir clases de español. Con el conflicto, casi todo su trabajo se ha trasladado a internet. “Las clases pasaron a ser a distancia. Pero la mitad de mis empleos los estoy perdiendo”, lamenta.
El impacto económico, explica, no afecta a todos por igual. Ella al menos tiene un sueldo fijo. Incluso existe el temor de que el gobierno vuelva a aplicar recortes salariales para financiar el esfuerzo de guerra. “La otra vez nos bajaron el sueldo un 3% durante varios meses para cubrir gastos militares”, recuerda.
El desgaste psicológico
Más allá de lo económico, lo que más pesa es el desgaste psicológico de una vida condicionada por la guerra. “Ayer estuve en Tel Aviv dos horas y tuve que ir al estacionamiento para refugiarme. Hay amigos que pasan la noche en estaciones de tren o en parkings. Imagínate lo que significa normalizar algo así”. Y concluye: “Siento que somos invisibles. La gente tiene que pagar el alquiler, tiene que seguir viviendo, y nadie se ocupa de nada”.
A más de cien kilómetros al norte, en el kibutz Kfar Szold (cerca de la frontera del Líbano), la experiencia de la guerra tiene matices distintos y más intensos. Allí vive Amit Felman, joven administrativa residente de una de las zonas más expuestas a los ataques de Hizbulá.
Otra guerra más
Felman y su familia acababan de regresar de una temporada viviendo en España cuando comenzó la actual guerra. “Desde que volvimos tenemos sentimientos todavía más confusos”, explica. “Pensábamos que regresábamos después de la guerra en Gaza, y medio año después ya estamos en otra. Es muy deprimente”, dice.

“Cada noche vamos a dormir en el refugio del parvulario porque nuestra casa no tiene mamad. Es muy difícil aguantar así durante mucho tiempo. Quieres estar en tu casa”, explica. Aunque muchos de los misiles lanzados desde Líbano o Irán son interceptados por el sistema defensivo israelí, la sensación de vulnerabilidad sigue presente.
El “abandono” al lado de la frontera
En el norte, además, existe un sentimiento creciente de abandono respecto al gobierno central. “Hay mucha diferencia entre el centro y el norte. Aquí nos sentimos abandonados”, prosigue. Cuando estalló el conflicto con Hizbulá el 8 de octubre de 2023, el gobierno ordenó desalojar todos los poblados fronterizos. En esta ocasión, no ocurrió. A diferencia de lo que se pronosticó, la milicia proiraní sigue demostrando capacidad de disparar proyectiles y drones hacia Israel.

La frustración aumentó cuando se congelaron los presupuestos destinados a reconstruir zonas afectadas por conflictos anteriores. Incluso la gestión de la información durante los ataques genera desconfianza. “El miércoles había rumores de un lanzamiento masivo de misiles de Hizbulá y no nos avisaron a tiempo. Cada comunidad tiene que preocuparse por sí misma porque aprendimos que no hay nada que esperar del gobierno”, agrega Felman.
La normalización de la fuerza militar
En el plano político, la residente del norte percibe una brecha entre su visión personal y el sentir mayoritario de la sociedad. “Mucha gente ha normalizado la fuerza militar”, considera. Ella, en cambio, cree que sin una salida diplomática el conflicto nunca terminará. “Entiendo que luchamos contra el terror, pero si no hay un proceso político la guerra seguirá”.
Cree que gran parte de la población apoya las operaciones militares contra Hizbulá e Irán. “Hay un sentimiento de que ahora sí los eliminaremos. Desde la prensa se dice que estamos haciendo el trabajo sucio para el resto del mundo”, agrega. Más allá de consideraciones geoestratégicas, Felman concluye: “La gente está agotada de guerra”.
