En los poblados chiíes más castigados por la ofensiva israelí en el sur de Líbano, los símbolos de victoria y las banderas amarillas de Hizbulá ondearon en celebraciones por la tregua impuesta por la Administración Trump. A pesar de que es un parón inicial de 10 días, marcado por las alertas del Ejército israelí avisando a los residentes de que no vuelvan y con Hizbulá amenazando con “tener el dedo en el gatillo” en caso de violaciones israelíes del pacto, miles de personas desplazadas retornaron a comprobar el estado de sus hogares.
Cerca de la frontera con Israel, muchos poblados han quedado devastados por los bombardeos, o por las excavadoras usadas para derruir poblados enteros. El aparato de seguridad israelí empezó a aplicar la doctrina usada en la Franja de Gaza, donde localidades enteras fueron arrasadas. Hizbulá demostró capacidad de plantar cara durante el conflicto, matando a soldados israelíes y disparando a diario proyectiles hacia el norte del estado judío.

Volver a casa en Líbano
“La gente no podía esperar. Aunque sea 10 días, quieren volver a sus casas. Muchos vienen a comprobar lo que queda de sus hogares, de sus vidas”, explicó la reportera Zeina Khodr en AlJazeera desde Nabatieh, una de las localidades más golpeadas. Y agregó: “La gente quiere demostrar que no renunciarán a sus tierras”.
Pese a la entrada en vigor de la tregua, el ejército libanés acusó a Israel de varias violaciones del acuerdo durante la jornada del viernes, con repetidos ataques de artillería contra varios poblados del sur del Líbano. En la ciudad de Tiro, 13 personas murieron en uno de los últimos bombardeos israelíes horas antes de la entrada en vigor del alto al fuego.

“Hay una destrucción increíble. Vinimos a recoger nuestras cosas y nos marchamos de nuevo”, dijo Fadel Badreddine, quien regresó a Nabatieh junto a su mujer y su hijo menor. Y agregó: “Ojalá Dios nos traiga calma y que esto termine permanentemente para regresar a nuestros hogares”. En esta localidad, los 46 días de conflicto han castigado la mayoría de los edificios e infraestructuras civiles. Casi todos los puentes que conectan el sur con el resto del país fueron destruidos por la ofensiva israelí.
En el norte de Israel, cunde un sentimiento de frustración hacia el gobierno de Benjamin Netanyahu. Tras la tregua en 2024, el premier israelí prometió a los residentes de la zona que Hizbulá quedó profundamente diezmado. La realidad de las últimas semanas demostró lo contrario: la milicia proiraní fue capaz de disparar drones y misiles a diario, que obligaron a clausurar el sistema educativo y productivo, y mantuvieron a decenas de miles de israelíes en los refugios.

Moshe Davidovich, líder del consejo regional de Mate Asher, protestó tras la tregua. “Los acuerdos se firman con empate en Washington, pero el precio se paga con sangre, en casas destruidas y comunidades desintegradas aquí, en la línea de confrontación”. Y prosiguió: “una tregua que no incluya la imposición de una fuerza letal contra Hizbolá por cualquier violación y una zona de seguridad libre de terrorismo hasta el río Litani, es una sentencia de espera hasta la próxima masacre”.
La última salva de misiles de Hizbulá, disparada horas antes de la entrada en vigor de la tregua, dejó más de una veintena de heridos en ciudades como Nahariya. Restos de un proyectil dañaron un centro comunitario que alberga una guardería. “Por suerte, los misiles se dispararon de noche, y los niños estaban en casa”, comentó Shimmy Levy al Times of Israel.

“Esperamos que esta tregua sea sostenible y no temporal, no queremos esperar a la próxima ronda”, agregó esta israelí. Para la mayoría de los residentes de la zona, la tregua supone un dejavú al pasado, con el temor fundado de que Hizbulá regrese junto a la frontera y se rearme. En las negociaciones con Estados Unidos, Irán no aceptó renunciar al apoyo de sus milicias proxy regionales.
“Tuve un ataque de pánico y empecé a gritar”, explicó la israelí Sima Haziza ante el último ataque llegado desde el Líbano. Preguntada por la tregua, aseveró que “pronto volveremos a sufrir. Los soldados siguen luchando, y sus madres seguirán sin dormir por las noches”. Y expresó frustración hacia la administración Trump: “América no debería decidir por Israel”.
El comerciante Eli Guetta también consideró que el alto al fuego fue impuesto desde la Casa Blanca. “No somos naif. Esto no es el fin de esta guerra o de todas las guerras. Mientras sigamos aquí, habrá conflicto”, lamentó. En la cafetería del joven Uri Peretz en Nahariya, que murió por un impacto de un misil de Hizbulá el 26 de marzo, los clientes todavía dejan flores en la puerta. “El gobierno se rindió a Irán y Estados Unidos”, concluyó Yossi Attias. A ambos lados de la frontera, todos asumen que la próxima escalada bélica llegará tarde o temprano.
