Trump, la paz según Trump

Volvió a la Casa Blanca proclamándose pacificador, pero sus acciones en política exterior muestran que su estrategia no está poniendo fin a los conflictos abiertos que prometió resolver

El presidente Donald J. Trump durante su reunión con el Gabinete de Seguridad en la Casa Blanca
EFE/EPA/YURI GRIPAS

Donald Trump prometió un mundo más tranquilo durante el debate de junio del 2024 frente a Joe Biden. Aquella noche, el mal desempeño del entonces presidente reforzó una percepción que el republicano llevaba meses cultivando: la de un líder fuerte, imprevisible y, precisamente por eso, capaz de imponer orden. Hoy, ya de regreso en la Casa Blanca, Trump insiste en definirse como un pacificador. Lo hace en un mundo que, lejos de serenarse, acumula nuevos frentes de tensión.

“Mi legado más orgulloso será el de pacificador y unificador”, proclamó en su discurso de investidura. Desde entonces, la palabra paz se ha convertido en un eje central de su relato político. La Estrategia de Seguridad Nacional publicada en diciembre sostiene que su Administración ha contribuido a cerrar ocho conflictos armados en los primeros meses de su segundo mandato. Trump no habla de contención ni de paciencia diplomática. Habla de resultados.

EFE/ La Casa Blanca

Su última misión de paz: Venezuela

La intervención militar estadounidense y la captura de Nicolás Maduro, en una misión bautizada por el Pentágono como Operación Absolute Resolve, fueron presentadas por Trump como una acción destinada a evitar el caos y garantizar una transición “segura y ordenada”. Preguntado por la presencia militar en el país, el presidente no se anduvo con rodeos. “Estados Unidos estará allí”, dijo, “porque allí hay petróleo”. Riqueza que se traduce en intereses estratégicos.

Para Trump, no hay contradicción entre fuerza y paz. Al contrario. Su doctrina, que resume como “paz a través de la fuerza”, parte de la convicción de que los conflictos no se previenen con moderación, sino con miedo. La estabilidad no se negocia; se impone. La captura de Maduro, los ataques contra Irán o la eliminación del general Qasem Soleimani son, en su relato, ejemplos de liderazgo eficaz.

Donald Trump.
KiloyCuarto

Trump se ve a sí mismo como un negociador nato. “Soy bueno haciendo tratos”, repite. Y se muestra irritado cuando la realidad no se pliega a esa lógica. La guerra de Ucrania es su principal frustración. La ha calificado como “la guerra de Biden” y ha insistido en que nunca habría ocurrido bajo su presidencia. Ha llegado incluso a mostrar decepción con Vladímir Putin, sin romper nunca del todo el hilo de una relación que considera instrumental.

El argumento es siempre el mismo: si Estados Unidos demuestra que está dispuesto a actuar, los demás se contienen. El problema es que los hechos rara vez son tan lineales.

El conflicto fronterizo entre Tailandia y Camboya ilustra bien los límites de ese enfoque. Trump presionó a ambos países con amenazas comerciales y logró un alto el fuego rápido, celebrado como un éxito personal. Semanas después, los combates se reanudaron. La violencia no había desaparecido; solo había sido aplazada.

Algo parecido ocurrió en la República Democrática del Congo. Un acuerdo firmado bajo auspicio estadounidense fue presentado como un punto de inflexión histórico. Al día siguiente, los combates regresaron. El grupo rebelde M23, excluido de las negociaciones, consolidó su control sobre amplias zonas del este del país. La paz, una vez más, resultó ser frágil y parcial.

Incluso Gaza, donde Trump ha reivindicado haber impuesto una tregua entre Israel y Hamás, sigue atrapada en un equilibrio precario. El presidente logró forzar una retirada parcial de tropas israelíes y no ha dudado en mostrar públicamente su irritación con Benjamín Netanyahu. Pero el alto el fuego dista mucho de ser una solución definitiva.

Aun así, Trump está convencido de que merece el Premio Nobel de la Paz. Lo dice sin ironía. Se queja de que no lo recibirá por “sesgo político” y presenta cada tregua como una confirmación de su talento negociador. Algunos líderes extranjeros han alimentado esa narrativa con elogios estratégicos y nominaciones simbólicas.

EFE/EPA/WHITE HOUSE

Sus críticos ven a un presidente que proclama la paz mientras normaliza el uso preventivo de la fuerza; que promete menos intervenciones, pero contempla nuevas, como posibles ataques contra Irán; o contra cualquier líder que interrumpa los intereses de Estados Unidos y advierte del riesgo de una tercera guerra mundial mientras eleva la presión militar en varios frentes a la vez.

Desde su regreso al poder, el mundo no se ha calmado. Trump culpa a su antecesor del desorden heredado. En su visión del mundo, el silencio de las armas, aunque sea temporal, basta para hablar de paz. Absolute Resolve no es solo el nombre de una operación militar. Es también una declaración de principios. La historia, como casi siempre, decidirá si esa convicción construyó estabilidad o simplemente compró tiempo.

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