Opinión

Adamuz y la tragedia nacional

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Un conocido foro de debate invita a Irene Montero a pronunciar una conferencia, y para presentarla se convoca a Santiago Abascal Conde, que, sin pensarlo dos veces, acepta rápidamente el ofrecimiento. El acontecimiento se celebra en Madrid entre gran expectación y reúne a más de 2000 asistentes. Los dos políticos se saludan con un efusivo apretón de manos ante los flashes de los fotógrafos.

Durante el transcurso del mismo, Abascal reflexiona: “Irene y yo nos hemos dicho de todo en campaña, pero estamos ante una comunista de pura cepa, y si ella me lo permite, de mucho cuidado; por eso interesa escucharla” (sic). Irene Montero comienza su conferencia y responde: “Reconozco lo que tiene de elogio en boca de mi ilustre presentador este añadido de que soy de “mucho cuidado”; “pero, con su permiso, creo sinceramente que exagera” (sic). El acto transcurre con total y completa normalidad y termina del mismo modo que ha comenzado, con un afectuoso apretón de manos.

No pierdan ustedes un segundo en buscar el evento en YouTube porque evidentemente esta conferencia no ha tenido lugar. Es más lógico pensar que, en esta sociedad tan polarizada en la que vivimos, sería formal y conceptualmente imposible semejante ejercicio de civismo y concordia. Ahora, cambiemos los nombres de Abascal y Montero por los de Santiago Carrillo y Manuel Fraga y el resultado es el acto que sí que tuvo lugar en el mismo foro, con las mismas palabras, hace 39 años. No hará falta recordar, no sólo las diferencias ideológicas entre ambos, sino la trayectoria vital que llevó a ambos a formar parte de bandos enfrentados durante la Guerra Civil y la posterior dictadura. Sin embargo, los dos supieron sentarse, conversar y lo que hoy nos resulta más extraño, escucharse.

Casi cuatro décadas después, España se ha convertido en territorio hostil. Nos rodea una atmósfera tan irrespirable que resultaría inimaginable ver debatiendo en un foro similar, incluso a personas que han compartido siglas, como Pedro Sánchez y Felipe González, o Pablo Iglesias e Íñigo Errejón.

En la misma semana hemos asistido a un bochornoso espectáculo en el cual el presidente del Gobierno se ha negado a asistir a un funeral en memoria de 46 muertos dicen que por no ser católico. Entretanto, el PP se erigía en portavoz de las víctimas exigiendo la ausencia del jefe del Ejecutivo al considerarla una provocación. Y para rematar el cuadro, el líder del tercer partido, por cierto católico y practicante, se ha negado a asistir al mismo por no tolerar sentarse al lado de dirigentes socialistas. Por si esto fuera poco hemos asistido a la suspensión de un foro de debate en Sevilla sobre la Guerra Civil española que ha sido boicoteado por un escritor que no quería compartir foro con otros intervinientes con los que ni siquiera iba a debatir. Esto no sucedió ni siquiera cuando el objeto de debate de este mismo foro era el proceso independentista.

Algún día nuestra clase política debería pararse a reflexionar sobre este venenoso caldo de cultivo.

En contraste con aquel ejemplo de diálogo y altura política que protagonizaron Carrillo y Fraga, la España actual parece haber normalizado la confrontación permanente, la exclusión del discrepante y la incapacidad para escuchar al otro sin convertirlo en enemigo. El debate ha sido sustituido por el gesto, la concordia por el cálculo y el respeto institucional por la trinchera ideológica. Recuperar una cultura política basada en el civismo no implica renunciar a las ideas propias, sino asumir que la democracia sólo se fortalece cuando quienes piensan distinto son capaces de compartir espacios, palabras y silencios. Tal vez no sea una cuestión de nostalgia, sino de responsabilidad histórica: la de no permitir que el ruido y el sectarismo acaben por erosionar aquello que tanto costó construir. Es la gran tragedia nacional de nuestro tiempo.