Giorgia Meloni es toda una sorpresa en la actual política italiana y europea, tan huérfana de líderes que aporten personalidad, solidez, pragmatismo y consistencia. En Italia, lo está siendo por ser la primera mujer que llega a primer ministro y por aguantar en el sillón desde octubre de 2022, más de 1.000 días. En Europa, porque sin abdicar de sus principios nacionalistas ha sabido combinarlos con un sincero europeísmo y atlantismo. Giorgia Meloni no está ni para cambiar de ideas o de camisa según sopla el viento ni para tonterías que le hagan perder el norte de su política y del interés de Italia. Pocos daban un duro por ella cuando, tras ganar las elecciones anticipadas, se puso al frente de una colación de centro derecha encabezada por su partido, Hermanos de Italia, considerado heredero de las formaciones mussolinianos, que han recorrido la política institucional italiana en los últimos 30 años. Su coalición se completa con el conservador Forza Italia, de Berlusconi, y la muy derechista Liga, de Salvini.
Una serie de rasgos de su propia biografía explican la personalidad de la italiana. Procede de una familia desestructurada, abandonada por su padre al cumplir el año de edad. Romana, creció en el corazón del barrio obrero de Garbatella en unos años de enorme agitación. Desde muy temprana edad sintió la llamada de la política incorporándose al ala juvenil del neofascista Movimiento Social Italiano. Tuvo que trabajar para poder completar sus magros estudios, que se limitan al Bachillerato y a una formación profesional en turismo. Por tanto, no posee ningún estudio universitario, aunque habla con soltura inglés y español.
Algunas de sus frases escuetas y contundentes definen al personaje. Una de las que más me gusta es esta: “Soy Giorgia, soy mujer, soy italiana, soy madre y soy cristiana”. Ahí queda eso. Imagino a Anna Magnani en la Roma, cittá aperta, de Rossellini. Es madre soltera, siendo el padre de su hija un conocido periodista de izquierdas. En su discurso de toma de posesión se presentó como heredera de todas las mujeres que sido alguien en la vida italiana como Tina Anselmi, Oriana Fallaci o Nilde Iotti, sin importarle su color político. Eso no quiere decir que no se recate al definirse como conservadora y católica.
Buena parte de estos planteamientos pragmáticos, integradores y firmes se proyectan sobre una política económica basada en la disciplina fiscal. Posiblemente, su primer acierto reside en la estabilidad, pues Italia ha tenido 68 gobiernos desde el nacimiento de la República en 1946. Su Gobierno ha causado una gran impresión entre agencias de rating e inversores de deuda extranjera por su prudencia fiscal. No obstante, el crecimiento de Italia está siendo pequeño, con un 0,4% y con unas previsiones modestas, inferiores al 1%, para los próximos ejercicios, una de las menores en la eurozona. Eso sí, ha contenido la inflación hasta un 1,7%.

Italia es la octava economía más importante del mundo y la tercera de la Unión Europea, representando el 12% del producto interior bruto (PIB). Cuenta con un PIB de 2.200.000 millones de euros y una renta per cápita de 37.500. Su principal problema es una montaña de deuda de 3.000.000 millones, que provoca que cada uno de los 59 millones de italianos deba más de 50.000 euros. Su desempleo se sitúa en un 6,8% y una esperanza de vida de 84 años. Buena parte de su economía se basa en la fabricación de bienes de equipo desarrollados por pymes, muchas de ellas familiares. Su industria es muy diversificada con un norte desarrollado, con grandes empresas, y un sur más atrasado, con fuerte presencia de la agricultura y elevado paro. Meloni ha apostado por reforzar la industria y plantear medidas contra la deslocalización, al tiempo que favorece un mix energético más racional que el propuesto por Europa.
Italia, con raíces históricas, presenta un problema casi estructural de deuda y déficit. Meloni, por su disciplina fiscal, ha conseguido recortar su déficit presupuestario al 3%, muy por debajo del 8% que presentaba el país cuando asumió la presidencia. También, el diferencial de los bonos italianos en comparación con Alemania ha caído en los últimos meses, como señal de la confianza que despierta en el mercado. Moody’s ha mejorado su rating de deuda de Baa3 a Baa2, al tiempo que las previsiones de Fitch y DBRS también lo han hecho. El mercado confía en que la brutal ratio de deuda 136% del PIB comience a doblarse en los próximos ejercicios. Ha acometido un recorte de la carga fiscal para las clases medias y trabajadoras, al igual que a las cuotas sociales para incentivar la contratación, en especial de jóvenes y mujeres
En el otro lado, el poder adquisitivo de los salarios italianos se ha situado un 9% por debajo respecto a 2021. Los datos de empleo también han mejorado hasta alcanzar una tasa del 62,7%, pero muchos son mal pagados y precarios. La sensación generalizada es que la economía real no mejora para el común de los italianos.
En la parte positiva de la balanza de su política económica se sitúan la austeridad, la disciplina fiscal y recorte del gasto público. Pero tiene pendiente de resolver la estructural baja productividad, la elevada deuda y el menguado crecimiento. La productividad es hoy más baja que hace 20 años en un país que cuenta con una muy cualificada mano de obra industrial; muchos economistas reclaman un esfuerzo del Gobierno de Roma para modernizar el sistema educativo y apostar claramente por la innovación y el desarrollo.

No se puede dejar de hablar de Meloni sin referirse a Trump. Su cercanía y admiración por el presidente americano han llevado que sus aranceles se limiten a un 15%. Además, Meloni ha hecho de puente entre Bruselas y el volátil Trump haciendo valer su cercanía y encanto ante los siempre iracundos ojos del americano.
El método Meloni ha conseguido estabilidad política y una economía basada en la austeridad, la disciplina fiscal, el control de la inflación, el apoyo a la industria nacional y un recorte de impuestos para las clases medias y trabajadoras. Pero no ha podido, por ahora, mejorar el poder adquisitivo de los salarios y la economía real. No es poco en un país con los problemas estructurales que caracterizan a Italia.



