No seré yo quien demonice a los smartphones, porque, como sucede con cualquier otra herramienta o tecnología, un teléfono inteligente no es bueno o malo en sí, todo depende de lo que uno haga con él, y yo con mi smartphone hago un montón de cosas que, sinceramente, creo que mejoran mi vida en diferentes aspectos.
Los teléfonos inteligentes, los smartphones, llegaron no hace tanto tiempo a nuestras vidas, pero este tiempo ha sido más que suficiente para que ya tengan tantos partidarios como detractores.
Uno de los males achacados a estos teléfonos es el secuestro de nuestra atención. Queramos o no, nos guste o no, es un hecho, nadie puede dudar de que estamos siempre (o casi siempre) atentos a nuestros móviles. De hecho, los datos dicen que en España miramos de media al móvil entre 50 y 80 veces al día, que el 93% de los españoles revisa el teléfono al menos cada hora para ver si tiene notificaciones pendientes, y el 60% de la población de este nuestro país reconoce que revisar el móvil es lo último y lo primero que hace cada día. Y aunque no te diera estos datos, te los podrías imaginar, porque conoces cómo funcionamos casi todos con nuestros móviles.
Lo vemos en todas partes, vas a un restaurante y rara es la mesa donde no hay alguien pendiente de su teléfono. A veces incluso ves en una mesa a cada comensal inmerso en su propia Babia, cada uno atento a su propio móvil, sin prestar atención a las personas con las que está compartiendo espacio y tiempo. Lo vemos en restaurantes y lo vemos también en las terrazas cuando caminamos por la calle. Y no es algo que pueda achacarse sólo a los más jóvenes.
La realidad es que hay que tener entrenada la voluntad para llegar a un restaurante, a una cafetería o a una casa donde se ha quedado con amigos y dejar el teléfono apartado de nuestra visión, lejos de nuestro alcance. Lo habitual es que dejemos siempre el móvil cerca de nosotros, y hay que tener entrenada la voluntad para no estar mirándolo de manera permanente, porque lo que hace tener el teléfono cerca, aunque no lo estemos usando, es consumir nuestra atención de manera invisible.
Lo confirman estudios publicados: nuestro cerebro gasta energía sólo por el hecho de tener el teléfono junto a nosotros y estar anulando de manera continua el impulso de cogerlo y usarlo. Tener el teléfono móvil cerca consume nuestra atención de manera invisible.
Así que tú, como yo, puedes pensar, cuando llegas a ese restaurante donde has quedado y colocas tu teléfono encima de la mesa, incluso boca abajo, que no pasa nada, que ahí se queda, que tú no le prestas atención. Pero sí, sí le prestas atención, aunque sea de manera no consciente. Y tu atención, lo que es toda tu atención, no está con quien sea que tienes enfrente o junto a ti.
Así que después de leer estos datos, pienso en todas esas personas que nunca tienen el móvil junto a ellos cuando están conmigo. Porque creo que, en estos tiempos de atención mermada, donde es muy difícil no estar hablando con alguien y que de repente revise su móvil (señal de que no está escuchándote, sino pensando en lo suyo), tener en tu vida personas que cuando quedan contigo dejan el móvil guardado es un regalo. Es el regalo de su atención, su manera de decirte que están contigo y sólo contigo, y hoy, en nuestro mundo, esa atención es uno de los mayores regalos que alguien puede hacerte. Que alguien no ponga el móvil encima de la mesa cuando queda contigo es decirte que le importas, que quiere escucharte, que sólo le interesa esa conversación contigo en ese justo momento.
Así, que, reflexiona. Piensa cuántas personas en tu vida te regalan su atención, y piensa cuántas veces regalas tú la tuya a alguien. El regalo es tan sencillo como no colocar el móvil encima de la mesa cuando estás con esa persona.

