Opinión

Cuando el hielo se derrite el poder avanza: la estrategia de EE.UU. en Groenlandia

Dinamarca
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Groenlandia se ha convertido en un claro objeto de deseo para la actual Administración norteamericana. En las últimas semanas, Donald Trump ha manifestado abiertamente su interés por la isla, llegando a afirmar que su intención es hacerse con ella mediante su compra o recurriendo a otra clase de medios. Estas declaraciones no han dejado indiferente a la comunidad internacional que se ha visto particularmente alertada ante la posibilidad de que ello pueda derivar en la implementación de maniobras contundentes sobre un territorio que, aunque permanece cubierto por hielo en un ochenta por ciento de su superficie, empieza a revelar –entre otras cuestiones– ricos y valiosos recursos.

En efecto, con una extensión superior a los dos millones de kilómetros cuadrados, Groenlandia alberga importantes reservas de petróleo y de gas. Cuenta, además, con enormes yacimientos en los que se ha detectado la presencia de elementos químicos altamente disputados por sus propiedades únicas denominadas tierras raras. Su extracción resulta harto compleja, pero poseen un profundo valor estratégico, ya que son indispensables para la fabricación de gran parte de la tecnología moderna. Las estimaciones oficiales señalan que Groenlandia dispone de 1.5 millones de toneladas de materias primas críticas. Sin embargo, otras investigaciones apuntan que el volumen total de sus recursos geológicos podría ascender a la escalofriante cifra de los 36 millones de toneladas. Estos nuevos datos colocarían a la isla en un codiciado segundo puesto del ranking mundial existente en este ámbito, siguiendo a China a –relativamente– poca distancia, cuyo stock alcanza los 44 millones de toneladas.

OTAN
Giorgia Meloni, Mark Rutte y Mette Frederiksen
KiloyCuarto

Junto a lo anterior es preciso tener en cuenta que la isla, descubierta por el navegante Erik el Rojo a finales del siglo X, presenta una localización idónea para las potencias interesadas en controlar las rutas árticas; una cuestión innegablemente en boga debido al imparable proceso de deshielo que esta región lleva experimentando desde hace unos años. Así pues, la progresiva apertura del Ártico –cuya temperatura se calienta a un ritmo significativamente superior en comparación con otros puntos del planeta– permitirá abrir rutas comerciales más cortas entre Asia, Europa y América del Norte. De hecho, recientemente ha tenido lugar un suceso que ha tenido un tremendo impacto: el barco portador de contenedores llamado Istanbul Bridge llegó a Felixstowe (Reino Unido) el pasado 13 de octubre procedente del puerto chino Ningbo-Zhoushan en tan sólo 20 días. Un tiempo sensiblemente inferior a los 40 días que hubiera requerido la ruta del Canal de Suez –cada vez más amenazado por los hutíes– o los cerca de 50 días que hubiese supuesto bordear el Cabo de Buena Esperanza. Sin duda, Groenlandia se encuentra muy cerca de las nuevas rutas marítimas que se abren gracias al deshielo, lo que podría convertirla en una pieza clave para expandir su influencia y, tal vez, su jurisdicción sobre las aguas correspondientes.

Entre las rutas principales que refuerzan esta posición, destaca la Ruta del Mar del Norte (Northern Sea Route) de aproximadamente 5.600 kilómetros de longitud y que, en el año 2022, alcanzó un volumen de tráfico de 34 millones de toneladas. Esta vía discurre bajo aguas rusas y, por lo tanto, se encuentra bajo la jurisdicción del Estado ruso, lo que explica que el control de la navegación y el tráfico recaiga sobre Moscú de acuerdo con la regulación internacional en vigor. El Kremlin no ha dejado pasar la ocasión: no sólo ha invertido en el desarrollo de infraestructuras adecuadas, sino que –además– ha militarizado la zona y ha desplegado una importante flota de rompehielos. Es cierto que la guerra que mantiene con Ucrania parece haber ralentizado parte de sus planes, pero todo apunta a que este itinerario podría ser totalmente transitable en quince años, implicando un cambio radical en las rutas comerciales marítimas. Otra vía importante es el Paso del Noroeste (Northwest Passage) que atraviesa el archipiélago ártico canadiense; una ruta que célebres exploradores como James Cook trataron de encontrar: el punto de encuentro entre el océano Atlántico y el Pacífico por Canadá. Esta vía no resulta tan atractiva como la anterior debido a sus numerosos obstáculos (entre los que puede destacarse la falta de puertos con apropiado calado), pero resulta accesible desde Groenlandia. De hecho, la isla se ubica entre ambas rutas. Asimismo, la Ruta del Ártico Central (Arctic Shipping Route), navegable a finales del verano de pasado, queda también muy próxima a Groenlandia, reforzando su relevante posición geopolítica.

Donald Trump y Groenlandia - Internacional
Un montaje con Donald Trump y, al fondo, el mapa de Groenlandia
Artículo 14

Estos nuevos trayectos marítimos están llamados a generar un cambio de paradigma sin precedentes en el comercio, la economía, el transporte, etc. Situaciones muy similares se han vivido, evidentemente, en otras ocasiones. Un ejemplo particularmente ilustrativo es el Canal de Panamá, construido a principios del siglo XX por Estados Unidos tras apoyar la independencia del país centroamericano con el objetivo de obtener a cambio los derechos de construcción y el control a perpetuidad del referido canal. Un acuerdo –formalizado a través del tratado Hay–Bunau-Varilla de 1903– que reportó a Washington importantes beneficios durante el tiempo en que se mantuvo vigente.

Esta misma lógica estratégica permite comprender el creciente deseo de Estados Unidos por controlar Groenlandia. Lejos de responder a un impulso coyuntural, este interés se inscribe en una estrategia articulada frente al cambio climático que está transformando el Ártico en un espacio central para la geopolítica global. En este contexto, Groenlandia se erige como un territorio clave tanto por su proximidad a las principales rutas marítimas árticas como por los valiosos recursos que alberga. En definitiva, Washington concibe esta isla como una inversión a futuro, buscando consolidar su posición estratégica antes de que sus rivales lo hagan.

Y ahora surge una cuestión clave: ¿puede Estados Unidos hacerse con esta codiciada isla? Para responder a esta incógnita resulta imprescindible analizar el estatus actual de Groenlandia. Conviene recordar, en primer lugar, que la llegada de los primeros vikingos en el siglo X se esfuma cinco siglos después sin dejar rastro alguno. La presencia europea efectiva se reanuda en 1721 cuando una expedición misionera marca el inicio de la colonización danesa. A mediados del siglo pasado, Groenlandia se incorporó oficialmente al Reino de Dinamarca. Dos décadas después, pasó a ser un territorio autónomo. De este modo, Dinamarca consolidó válidamente su soberanía sobre la isla.

La gente participa en una manifestación bajo el lema “Groenlandia es para los groenlandeses” frente a la embajada de Estados Unidos en Copenhague, Dinamarca, el 14 de enero de 2026.
EFE/EPA/Thomas Traasdahl

Partiendo de este marco, cabe preguntarse si Estados Unidos podría adquirir Groenlandia sin vulnerar la legalidad internacional. En este sentido, debe indicarse que la compra de territorios ha sido una práctica habitual en la historia estadounidense: Luisiana fue adquirida a Francia, Florida a España y Alaska a Rusia. Esta vía, en principio, sería válida. De hecho, al término de la Segunda Guerra Mundial, Washington intentó comprar Groenlandia, pero su propuesta no prosperó. En todo caso, en 1951, Dinamarca y Estados Unidos firmaron un acuerdo en el que acordaron los términos de la presencia militar estadounidense. Sin embargo, ante el renovado interés de Washington, tanto el gobierno danés como el groenlandés se han apresurado a afirmar que Groenlandia no está en venta, lo que cierra de manera tajante esta posibilidad. Ante este escenario, Donald Trump ha sugerido la anexión del territorio. Esta opción implicaría la incorporación unilateral y forzosa de la anhelada isla. Esta figura, en la práctica, ha venido precedida de una ocupación militar. Es evidente que esta fórmula resulta incompatible con los principios fundamentales de la regulación internacional. Seguir por esta vía sería todo un dislate que desataría, además, tensiones diplomáticas y geopolíticas de gran magnitud.

La cuestión que queda abierta –y que el tiempo acabará zanjando– es si las limitaciones del Derecho Internacional constituirán un freno efectivo o si la creciente relevancia estratégica del Ártico acabará imponiendo una lógica distinta, e incluso opuesta, a lo que la normativa internacional prescribe. En un contexto político marcado por liderazgos imprevisibles –como está resultando ser este segundo mandato de Donald Trump– no puede descartarse que escenarios hoy considerados improbables lleguen a materializarse.

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