Opinión

IA-pocalipsis: ¿habrá alcanzado Anthropic la solución final a todos nuestros problemas?

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Nos hemos enterado esta semana de que la IA bien podría asesinarnos a todos antes de que acabe la década y de repente, por la cara, se ha hecho muy difícil no recordar a mi madre, esa señora que cada vez que me escuchaba quejarme de algún dolor me preguntaba desganada de qué madera iba a querer la caja. Ustedes no la conocieron pero había en ella una sabiduría extraña, como de hechicera mitológica o de ferretero divorciado. Y era una sabiduría tan concisa que reducía su único saber a la certeza de que lo primero es lo importante y lo importante cualquier problema menos la muerte, esa experiencia que por definición llegará la última y, además, cuando ninguna importe. Quiero decir que yo he leído esta semana a Jacob Coxon, el exempleado de Anthropic que ha aparecido para anunciarnos que el fin podría estar ya aquí y no he podido no imaginarla a ella, por aquello de las repreguntas: “También le puede atropellar un autobús saliendo a por el pan. ¿Planea usted dejar de cruzar la calle?”.

En el anuncio apocalíptico de Coxon se da la brutal paradoja de que nos lo dice como si nos incumbiese a todos por igual y no únicamente a unos pocos, cuando no a la propia IA. De norte a sur, de este a oeste, lleva años recorriendo el mundo el fantasma de la automatización. Y tanta distancia ha recorrido y tantos procesos ha optimizado que ha terminado por desvelarnos que quizá lo que de verdad queramos sea automatizar, directamente, el pensamiento. Por supuesto, eso nos dejaría a merced de un ente superior que podría decidir incendiar el mundo en base a unos criterios ajenos a los nuestros. Pero qué le vamos a hacer: en mitad del abatimiento global lo que a uno le sale preguntar, más por desgana que por sensatez, es qué hay de novedoso en ello.

En líneas generales, Coxon ha querido anunciarnos que estamos más o menos igual que como hemos estado siempre, sólo que bajo una guillotina más moderna. Y si nos detenemos un segundo a paladear ese miedo visceral casi es sencillo rescatar de él un cierto alivio imprudente, que es el mejor tipo de alivio. El día a día tiene demasiados pequeños detalles que resolver como para tener que resolver también, con la suficiente antelación, un detalle tan descomunal como nuestra extinción. Así que dejarle ese problema a la IA parece tener todo el sentido del mundo. Sobre todo si con ello alcanzamos la cándida revelación de que lo único que ha estado verdaderamente a nuestro alcance siempre es nuestro huerto.

En el anuncio macabro de Coxon; en la reacción de los mandamases de Anthropic, que más o menos lo confirman; y en estas calles de septiembre que parecen preludiar un silencio yo he notado algo así como un suspiro. Los suspiros, ya se sabe, significan una cosa o su contraria en función de quien los suspire. Y a mí se me ha ocurrido que quizá esta angustia existencial que ha llegado a desatarse no sea más que el último gran servicio que nos está prestando la IA. Al final, doblando el enésimo recodo de este camino irresoluble se ha quedado ella con el marrón de la decisión más difícil, que es la última, y nos ha dejado a nosotros con la tarea más sublime. Como poetas, viviendo.

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