Opinión

La careta de Zetapé

José Luis Rodríguez Zapatero (i), interviene en un acto de campaña electoral este miércoles en Segovia (castilla y León).
EFE/ Pablo Martín
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José Luis Rodríguez Zapatero ha sido el primer expresidente del Gobierno imputado (por seis delitos graves) en sentarse a declarar en la Audiencia Nacional. Nadie le podrá quitar ese hito. Desde que fuimos conociendo a través de informes la verdadera faceta de su papel como mediador internacional y las piezas del puzle de su trayectoria, el foco cegador que alumbraba su figura de estadista ha ido apagándose hasta sumirlo en una oscuridad que él mismo se ha ocupado de cultivar. Porque Zapatero ha engañado hasta a sus amistades más íntimas, a sus más estrechos colaboradores, a las personas que le profesaban una admiración redentora que hoy se ha tornado con el manto de la decepción.

Él sabía lo que había, pero nunca llegó a visualizarse en esta situación. Podemos fabular si fue la sensación de impunidad, si se creyó intocable o más listo que el común de los mortales, pero ahora que se ha roto el encantamiento reputacional que venía trabajándose, se ha quedado sin ese escudo de la superioridad moral que le servía como defensa férrea ante cualquier cuestionamiento. Está indefenso, solo, a merced de un espejo que le devuelve la realidad. Cayó su máscara, pero el rostro sigue siendo exactamente el mismo. Porque el personaje y la persona iban de la mano, se fundieron hasta tal punto que las ambiciones de uno repercutieron en las del otro.

Y se dejó llevar, se dejó arrastrar, pensando siempre en el ‘poquito más’ que te lleva a la ruina, confiando en esa flor, en esa fortuna que siempre le acompañó y que le acostumbró a caer de pie. De ahí que saliese a adelantarse en la entrevista con Alsina días antes de que todo explotara. Sé medir los tiempos, seré el primero en pegar, quiso decir el estratega. Pero claro, cuando la prepotencia toma las riendas en una situación límite, hace que no calibres bien las consecuencias. Y por el mismo motivo que metió a sus hijas en todo este puerco embolado, por el mismo por el que decidió que era buena idea hacerse embajador de China y de Venezuela, por el mismo fue el que creyó que era buena idea salir a mentir tanto en el Senado como en sus otras comparecencias. Porque pensó en esto como en un juego de relatos políticos y no como un camino judicial.

Hasta que no le vio las orejas al lobo y sintió que esto iba en serio, no llegó un abogado que le dijera que iba a tener que plantear una estrategia de defensa, y que en ella no cabía más que el silencio, el silencio por todos los entuertos en los que se había metido con sus bolas moralistas. Zapatero no le dijo la verdad ni al médico, y aunque lo quitasen de los micrófonos, ha seguido engañando a los que han querido serle leales hasta el último momento. Se ha comprobado con el tema de las joyas. El propio Luis Arroyo, que imagino que en un arrebato de amistad decidió erigirse como portavoz de todo el quilombo, acabó la semana pasada por pedir disculpas y reconocer que había llamado a engaño con su tasación sentimental del ajuar.

Cuando hasta los que darían todo por ti deciden retirarse es que el tufo a podredumbre echa para atrás. Zapatero está en una pantalla inédita para sí mismo, contra la espada y el banquillo. Los suyos, los que le rehabilitaron, tienen cada vez la boca más chica. Tiene que defenderse de lo que ha hecho y lo que ha dicho. Y, a todas luces, su única bala es intentar invalidar los procedimientos. Ya llegó la sangre al río, y la decepción está consumada. Ahora está en controlar daños. Dice que él ya está condenado, llegó la estrategia de la pena, del victimismo. Mala señal, la inocencia le pilla demasiado lejos. Calama le pregunta por el rescate de Plus Ultra, por el kilo y medio de euros en diamantes. El expresidente dice que no tiene vinculación con el rescate, pero su principal objetivo es salvar a sus hijas.

Es un boxeador contra las cuerdas, acorralado y humillado por un legado de medias verdades que ya se da por perdido. El horizonte es negro, y el hito ya está conseguido. Es el primer expresidente (imputado por seis delitos graves) en prestar declaración ante la Audiencia Nacional. No controla ni lo suyo, tampoco lo que pueden decir los demás de él, en particular, Julio Martínez. El hombre del talante, vía comunicado, anuncia que ha autorizado que revisen si tiene sociedades. Habla de honradez, y arguye que su silencio se debía a la gravedad de los delitos de los que se le acusa y a su gran respeto por Su Señoría. Tiene gracia que se camele al silencio después de tanta incontinencia. Sálvese quien pueda. Le quedan días a esta España nuestra de arquear las cejas.

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