En la madrugada del martes, Moscú lanzó un ataque contundente contra la capital de Ucrania y otras importantes ciudades en las que, según parece, habrían muerto alrededor de una veintena de personas y unas cien habrían resultado heridas. Estas cifras revelan la magnitud y letalidad de una operación militar en la que se han empleado 73 misiles, así como 656 drones. Todos ellos fueron dirigidos contra distintos puntos del país. Es, de hecho, una de las ofensivas más graves de los últimos meses, si bien es cierto que las fuerzas ucranianas han sido capaces de repeler buena parte de la embestida militar al neutralizar 642 de los artefactos lanzados.
El despliegue bélico orquestado desde el Kremlin está siendo contundente no sólo por su intensidad, sino también por el elevado nivel tecnológico de las armas empleadas. Así puede concluirse cuando se constata que fueron lanzados –entre otros– 33 misiles mediante el sistema móvil ruso Iskander-M. Estos misiles de corto alcance se caracterizan por su gran velocidad y por lo difícil que resulta su interceptación. Además, pueden equiparse con distintos tipos de ojivas, lo que incluye –entre otras– munición de racimo y cabezas nucleares. En este contexto, conviene recordar que Rusia ha desplegado recientemente armamento nuclear en Bielorrusia. Esta circunstancia está alimentando la inquietud existente en Europa ante una eventual escalada atómica del conflicto.
Asimismo, debe indicarse que las fuerzas rusas dispararon 8 misiles hipersónicos de crucero llamados Zircons. Esta arma alcanza su objetivo en apenas minutos al desarrollar velocidades máximas que rondan la descomunal cifra de los 11.000 kilómetros por hora. Estos proyectiles de largo alcance –que ya han sido utilizados en otras ocasiones sobre suelo ucraniano– dejan a su adversario con un escueto margen de maniobra, reduciendo drásticamente el tiempo disponible para detectar, seguir e interceptar la amenaza en cuestión.
Rusia está claramente apostando por emplear una tecnología militar avanzada. Así lo reconoció el propio ministro de defensa ruso, Andréi Belousuv, cuando hace unos meses puso de relieve que, en concreto, los Zircons constituían una nueva generación de armas incomparables con las previamente existentes. En consonancia con esta valoración, el político ruso citado proclamó –poco después de que tuviera lugar la reciente ofensiva– que Rusia había lanzado un ataque masivo de precisión y que todos los objetivos habían sido alcanzados.
El Kremlin, al exhibir una potente y novedosa capacidad militar sobre el campo de batalla, está poniendo en jaque las defensas ucranianas. Ante este renovado escenario bélico, Volodímir Zelensky ha instado a Europa a que cuente con su propio escudo antimisiles. Además, ha urgido a Estados Unidos a incrementar su asistencia militar. Concretamente, ha solicitado el envío de sistemas antiaéreos Patriot con el objeto de reforzar su capacidad defensiva. En este punto, merece la pena hacer un inciso y señalar que éstos operan mediante una red integrada de radares, centros de control y misiles interceptores capaces de reaccionar con rapidez y de hacer frente a distintos objetivos de manera simultánea. Otra de sus ventajas radica en su capacidad para ser desplegados con relativa facilidad y resistir posibles interferencias electrónicas. En definitiva, actúan como un escudo sobre zonas relativamente extensas de territorio. Y, por supuesto, para Ucrania este sistema, de fabricación estadounidense, constituye una pieza clave de la defensa aérea ucraniana.
Pese a sus indudables prestaciones, la eficacia de los Patriot depende de un factor esencial: la disponibilidad de misiles interceptores. De ahí que Volodímir Zelensky alertara el 15 de abril de que éstos comenzaban a escasear. Más adelante, el 26 de mayo, remitió una misiva a Donald Trump solicitando el suministro de nuevos interceptores que pudieran emplearse frente al “terror ruso”. En paralelo, el ministro de asuntos exteriores ucraniano instaba a la Unión Europea a financiar la compra de este material a través del Fondo Europeo de Apoyo a la Paz. No obstante, hacerse con estos misiles no parece una tarea sencilla dada la coyuntura geopolítica actual. La guerra que Estados Unidos mantiene con Irán desde hace unos meses ha generado una fuerte demanda en Oriente Medio. A ello se suma el consumo de este material por parte de las fuerzas estadounidenses. Todo lo anterior no hace sino agravar la escasez de estos recursos.
Más allá de las dificultades que atraviesa Ucrania para reforzar sus sistemas defensivos, resulta curioso observar cómo la evolución general del conflicto muestra un panorama más complejo de lo que podría sugerir la intensidad de los recientes ataques. Así pues, aunque la tecnología militar desplegada por Moscú está teniendo un impacto significativo sobre el terreno, existe una creciente percepción de que la guerra atraviesa una fase de profundo estancamiento. En otras palabras, la contundencia de las ofensivas lanzadas por el Kremlin contrasta con las dificultades que encuentra para materializar avances estratégicos de entidad. A ello se suman unas bajas cada vez más numerosas y una capacidad de reclutamiento que parece mostrar signos de agotamiento. Además, Ucrania lejos de haber quedado paralizada, ha reanudado sus ataques aéreos en esta semana contra objetivos estratégicos ubicados en las proximidades de la ciudad rusa de San Petersburgo. Y, para colmo de males, las negociaciones de paz se encuentran en el limbo debido, principalmente, a que la Casa Blanca tiene su foco puesto en Irán.
Al hilo de lo anterior, cabe preguntarse en qué clave deben interpretarse los recientes ataques masivos lanzados por Rusia. Buena parte de los expertos coinciden en una explicación tan sencilla como reveladora: los movimientos bélicos orquestados por Moscú podrían responder al propósito de reforzar su posición de cara a unas eventuales negociaciones de paz. En esta misma línea, Thomas Graham —antiguo diplomático estadounidense con amplia experiencia en las relaciones con Rusia— sostiene que el conflicto parece haber alcanzado un punto favorable para su eventual resolución. No obstante, advierte de que resulta imprescindible articular un verdadero proceso negociador, institucionalizado y estable, que vaya más allá de contactos puntuales entre enviados especiales de la Casa Blanca y las partes enfrentadas.
Si las tesis anteriores son correctas y en un futuro próximo se abre un verdadero proceso de negociación entre Rusia y Ucrania, una de las grandes incógnitas será cómo lo gestionará el Kremlin. Porque más allá de las posiciones negociadoras, toda guerra termina enfrentando a sus protagonistas a una misma pregunta: cómo justificar los sacrificios realizados sin reconocer que los objetivos iniciales quedaron lejos de cumplirse. Quizá sea entonces cuando se haga más evidente el precio real de la guerra, un precio que trasciende de cualquier cálculo estratégico. Sea cual sea el desenlace, ninguna negociación podrá borrar por completo las cicatrices dejadas durante tantos años de enfrentamiento encarnizado.

