Opinión

Máscaras y compás

Maruja Mallo
Cristina López Barrios
Actualizado: h
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Máscaras y Compás es una exposición del Museo Reina Sofía que invita a entrar en un universo: el de Maruja Mallo. Un universo indomable, difícil de clasificar en una sola etiqueta. Al salir, he tenido esa sensación poco frecuente de haberme acercado a una artista completa cuya obra no se entiende como una sucesión de etapas, si no como una mirada —hacia dentro y hacia fuera— que se transforma conforme avanza su vida y su tiempo: ese siglo XX, convulso, cruel y vertiginoso.

Maruja Mallo fue, además, una de las llamadas Sinsombrero, aquellas creadoras —pintoras, escritoras, pensadoras— que se atrevieron a quitarse el sombrero en plena década de los veinte, en la Puerta del Sol. El gesto, que les valió insultos, va más allá de la anécdota. Muestra una forma distinta de estar en la sociedad: una en la que la mujer elige y se hace oír.

Maruja era amiga de Federico García Lorca y de Dalí. Le pone color a la generación del 27. Expresa el lado estético de aquel momento cultural. La primera parte de la exposición, titulada Verbenas, es una explosión de color y de estampas populares: tardes de toros, guitarras, manolas, gigantes y cabezudos, militares, marineros, campesinos… Maruja pinta el mundo como un collage festivo y simbólico no sin cierto sarcasmo.

Maruja representa también a la mujer moderna que ella misma era. Deportista, aficionada al aire libre en una época en la que ni el deporte ni el gusto por la naturaleza se vivían como hoy. Esa conciencia atraviesa varias de sus obras. El cuerpo de la mujer no aparece como adorno, sino como relato: un lugar donde puede hacerse visible también la identidad. Cómo nos vemos, cómo nos ven. Por eso abundan sus retratos de mujeres de distintas razas, tonos de piel y facciones.

Estudió en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, como otras creadoras extraordinarias de su generación, entre ellas Victorina Durán, figurinista, escenógrafa y pintora. No fue una excepción aislada, pero sí una de las que abrió camino. Sería injusto, sin embargo, reducir su obra a una lectura solo feminista. No porque el hecho de ser mujer no importe, sino porque ponerlo por delante estrecha la dimensión artística de su trabajo que merece una mirada más amplia. Ese dato cobra sentido si se entiende en relación con su tiempo.

Maruja fue una artista libre que no se plegó ni al deseo de André Breton cuando le propuso que se sumara al surrealismo, aunque su pintura sea profundamente simbólica y a veces dialogue, en temas y pinceladas, con ese movimiento. Las fotografías en las que aparece cubierta de algas como una heroína o un personaje mitológico, hablan de una personalidad que no se adhiere a nada que no sea su propio mundo.

Su curiosidad era insaciable. Estudió física y su serie de dibujos de cohetes dan cuenta de un imaginario que expande como ella, sin límites. Algunas de esas imágenes nos llevan a estéticas futuristas que me recuerdan a los ovnis de los años ochenta o viejas series de animación, en una de ellas me parece ver la nave de Los supersónicos.

Maruja era una mujer que —como escribió Walt Whitmancontenía multitudes. Es inseparable la mujer de la artista, algo que ocurre cuando el arte es una forma vivir y todo se convierte en material creativo. En Maruja el arte se hace vida y la vida se hace arte.

«La soledad es mi mayor capital porque me lo da todo», decía. «El hombre se mide por la soledad que aguanta». No hablaba de aislamiento, sino de una condición necesaria para crear: la capacidad de estar a solas, sin miedo al vacío. En estos tiempos de ruido constante, esa idea suena casi subversiva.

Máscaras y compás muestra a una artista completa: libre, curiosa y visionaria. Una artista cuyo universo interior fue su mayor tesoro y cuya obra sigue ensanchando el mundo de quien se detiene a mirarla.

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