Opinión

¿Qué es ser periodista?, ¿y tú me lo preguntas?

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En noviembre de 1992, con la flamante Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Pontificia de Salamanca -”la Ponti”- inaugurada, fueron fletados tres o cuatro autobuses cargados de estudiantes y profesores de periodismo para acudir en masa a manifestarnos frente a la sede de la Asociación de la Prensa, sita en el señorial Palacio de la Prensa, dónde si no, en la madrileña Plaza del Callao.

Tengo que reconocer que yo no me enteré mucho del tema, ni en las soflamas previas ni in situ, recién aterrizado como estaba en Salamanca y con una vocación nula por la ¿profesión?, como se encargaban de insistir desde el decanato. Es verdad que también estaba algo nublado porque para cuando llegamos a Madrid, ya íbamos todos bien cargados de gaudeamus universitario, a base de litronas de El Mato y de El Manzano, facultades apócrifas.

Decía que llevaba poco más de un mes en Salamanca, y ya me acompañaban dos inseparables escuderos: mi fiel Taber, más formal que un junco y mi tocayo Nacho, huelvano a la sazón y sobrino de Kiko Veneno, que en el primer cambio de clase en esos soportales del siglo XVI me enseñó una piedra de costo del tamaño del corazón de Induráin. Sigo bastante cosido al primero; el segundo desapareció de la Ponti y de mi vida antes de los primeros exámenes. Se ve que fue a por otra piedra más grande.

La manifa debió de ir bastante bien y las protestas perfectamente articuladas -ya sabes, el verbo florido de los periodistas-, pero yo estaba rezagado y solo acerté a ver una o dos furgonetas azules llenas de madera, y al que se supone que eran nuestro portavoz, el profesor titular de Redacción I, la asignatura más importante, un opusino pamplonauta a medio hacer, que estaba tan cocido que no acertó ni a coger el megáfono.

¿Y qué se reivindicaba? Ah, sí, perdona. Se supone que la masiva protesta era contra la llamada Tercera Vía, una fórmula que por aquel entonces –supongo que ahora también, visto lo visto- permitía ejercer de periodista y ser reconocido como tal, a quien, aun sin estar licenciado en esta carrera superior, hubiera trabajado en un medio de comunicación -mass media lo llamaba el profe de redacción cuando estaba sobrio- durante un cierto tiempo. Pasado ese período, entonces sí se le podía considerar periodista.

Aquello, como te puedes imaginar, era considerado poco menos que pecado mortal, anatema para una universidad privada católica a no sé cuántos millones de pelas la matrícula: si el periodismo es una carrera superior, esto es, una profesión y no un oficio y no se puede ejercer sin el correspondiente título, eso se llama intrusismo profesional y nadie lo niega, ya que es algo perfectamente asumible y reconocido, además de tipificado como delito en el Artículo 403 del Código Penal.

¿Seguro? ¿Y si lo torpedeas precisamente desde su núcleo? Si necesitas recurrir constantemente al excusatio non petita, empiezas a dudar de la naturaleza de tu ¿profesión? y muestras debilidad en el argumentario, cosa que otras profesiones no tienen; “voy a hacer un puente porque me gustan las fórmulas y la gravedad”, “¿Cuántos orfidales quieres? Es que me interesa la mente humana”.

Pero bueno, la teoría es así: el periodismo no es un oficio, requiere una licenciatura/grado superior para ejercerlo y, por lo tanto, solo quien la tenga podrá escribir negro sobre blanco en un medio de comunicación. ¡Anda ya!

Resulta que en mi caso es al revés: tengo el “papelito”, pero no he ejercido en 27 años. Mis caminos vitales y profesionales me llevaron por mi opción fundamental, el cine, y nunca he trabajado como periodista, hasta hace un par de años, cuando empecé a escribir en medios de comunicación con total legalidad, a tenor del estándar academicista, más falso que un collar de plástico. Spoiler: ningún medio me pidió el diploma; de hecho, ni tan siquiera tenía el título en mis manos hasta hace unos pocos años que, con la excusa de recogerlo, me pegué un buen fin de semana en Salamanca con mi mujer y mi hijo.

Toda esta digresión, intrusismos, terceras vías y demás mandanga la debí de guardar en el cajón de los recuerdos esenciales, porque no había pensado en ella hasta que hace poco, leyendo una entrevista realizada a dos de mis referentes del periodismo actual, Emilia Landaluce y Rosa Belmonte, y en la que confesaban con total franqueza que ninguna tenía el título de periodista. Dos de las “periodistas” más importantes de este país no son licenciadas en periodismo. ¿Cómo puede ser esto?

Pues porque por mucho que el papel lo aguante todo, hijo de mi vida, el periodismo no es una profesión, mal que me pese a mí y a muchísimos amigos periodistas: es un oficio y como tal nunca debió merecer el privilegio de una titulación superior. Los licenciados dirán que sí, ¡por favor!, que es verdad que es “una carrera fácil si la comparas con derecho o medicina”, y que importan más otras habilidades como el talento, la creatividad, la lectura o la capacidad de escribir. Falso. No es cierto y ellos lo saben. En las facultades de periodismo hay la misma cantidad de incultos y desinformados que en el ICADE de Alberto Aguilera y el contenido académico no es que sea fácil, es que es una broma, un chicle estirado hasta los cuatro, cinco años. Ciencias de la Información nunca debió ser una carrera y, desde luego, el periodismo nunca tendría que ser una profesión, sino un oficio. Rosa Belmonte, Emilia Landaluce, Angels Barceló, Salvador Sostres, Carles Francino, Julia Otero: ninguno es licenciado en periodismo. ¿Son periodistas? Pues claro, de la misma manera que Leire la fontanera lo es, aunque esta 007 de strapazzo nunca haya ejercido y mucho menos “periodismo de investigación”, como ella dice.