Opinión

Puntadas para la herida

Cristina López Barrios
Actualizado: h
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El cuerpo de las mujeres ha sido históricamente codiciado y juzgado. Durante siglos, su control adoptó distintas formas con un mismo objetivo: definir nuestra identidad a partir de lo que se esperaba que hiciéramos con él. Éramos objeto de deseo o destino reproductivo. El cuerpo femenino ha sido —y sigue siendo— un espacio de dominio. Y mientras lo asumíamos o nos rebelábamos contra ello, también hemos cosido.

¿Desde cuándo cosen las mujeres? Nuestra relación con la costura se pierde en el tiempo, no solo en los mitos, sino también en los hallazgos arqueológicos de épocas remotas. Penélope tejía de día la mortaja de su suegro y la destejía de noche para no elegir un nuevo marido, pero sobre todo para ser dueña de su tiempo y de su destino. La labor era una coartada; la ficción, una forma de libertad. Pero no es solo mito. Leyendo ‘Lo que el cuerpo nos cuenta’ de Marga Sánchez Romero, catedrática de Prehistoria, descubro que la manufactura textil fue una ocupación central de las mujeres en la Edad de Bronce. Se han hallado dentaduras femeninas con marcas que revelan años de trabajo, quizá de costura o quizá —más exactamente— de la fabricación de hilos. Las mujeres hemos resistido cosiendo. Y también hemos sanado.

De sanar habla la exposición Puntadas de dignidad, presentada esta semana en el Colegio de Abogados de Madrid. Durante los próximos días se exhiben las piezas textiles confeccionadas por mujeres víctimas de trata en el taller de costura de APRAMP, la asociación dedicada a su reinserción sociolaboral, entre otras funciones. Cada puntada, cada hilo, es un paso para coser las heridas invisibles. Puntada a puntada se reconstruye la confianza de estas mujeres, se recompone su autoestima y se teje una vida nueva, lejos del horror de la explotación sexual.

Cada pieza expuesta es un relato. Un modo de mirar de frente una realidad incómoda, dijo Eugenio Ribón, decano del ICAM, la tarde de la presentación. Porque sin oportunidades reales no hay restitución de los derechos quebrantados. La dignidad de una persona no es solo un derecho fundamental: es el suelo ético y jurídico que impide que alguien sea tratado como una cosa, un medio, un daño colateral. La defensa de esa dignidad se teje también con la colaboración institucional —como la del ICAM con APRAM— y con espacios de visibilidad que rompan el silencio. Porque esa realidad convive con nosotros.

Hay mafias, proxenetas y puteros. Es una parte oscura de España, como dijo Lorena, una de las mujeres que dio testimonio. “Te hacen sentir que tu cuerpo no vale nada, que tu vida no vale nada. Que no puedes elegir. Eres un producto, una mercancía que les pertenece”, explicó sin rodeos. Minar la autoestima, crear adicciones, generar cadenas mentales de dependencia: ese es el mecanismo. Anular su voluntad para que crean que no tienen otra elección.

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Una de las estrategias más habituales es la retirada de la documentación, bajo la amenaza de que la policía puede quedársela. La mayoría de estas mujeres son extranjeras que llegaron a España buscando una vida mejor y cayeron en manos de las mafias. En la trata, el cuerpo deja de pertenecer a quien lo habita. Se convierte en un bien de consumo, intercambiable, prescindible. “El oficio más antiguo del mundo no es la prostitución —dijo Lorena—, es mirar hacia otro lado”. Por eso cada puntada importa. No es solo costura, es un modo de volver a habitar el propio cuerpo y de devolverle su valor, fuera del mercado y del miedo. Frente a la indiferencia, estas mujeres cosen. Puntada a puntada, reconstruyen la confianza, se apropian de su tiempo y del cuerpo que les fue arrebatado y confían en otra posibilidad para su futuro. En otra oportunidad para empezar de nuevo.

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