Pocas horas después de que, en el hemiciclo del Senado, las mocedades del PP recibieran al ministro de Transportes, Óscar Puente, al grito de “dimisión, dimisión”, y de que este, lejos de asumir cualquier tipo de responsabilidad, alienado por su ombligo, afirmara que lo hace “muy bien” y que duerme “tres horas al día” –pobrecito–; mientras los tertulianos hunos y los contertulios hotros, como cobras escupidoras, se esputaban citotoxinas apuntando a los ojos; mientras las especies más habituales del escaparate público, desvergonzadas, persistían en sus infames especialidades –a saber: envenenar, enfrentar y dar espectáculo, previo pago–, los familiares de las víctimas mortales del accidente ferroviario de Adamuz (Córdoba), en el que perdieron la vida 45 personas, daban este jueves una clase magistral de dignidad, humanidad, templanza y educación, y Liliana Sáenz de la Torre, la hija de Natividad, que en paz descanse, pronunció un discurso impecable, incluso histórico, diría, rebosante de amor, de verdad y de belleza, tan sólo incapaz de conmover a los psicópatas.

A la misa funeral, organizada por la Diócesis de Huelva, acudieron unas 4.000 personas: familiares, paisanos, los Reyes, tres ministros, el presidente regional, el líder de la oposición, varios alcaldes. Sánchez no fue. Tampoco Puente. Cada cual con su conciencia, si es que la tienen. Ante una imagen de Nuestra Señora de la Cinta, patrona de Huelva, y el crucifijo venerado por Juan Pablo II en la visita pastoral que hizo a la ciudad andaluza en 1993, Liliana, después de la comunión, asombró y estremeció a quienes asistieron al pabellón polideportivo Carolina Marín, es decir, al mundo entero. Durante nueve minutos y medio, la caridad y la compasión sometieron a la geografía. Yo, desde Chamberí, me sentía en Huelva, a pocos metros de su hermano Fidel. Y, como el menda, millones de Homo sapiens. Desde el sentimiento profundo y auténtico, la hija de Nati lo bordó, nos deleitó con un texto perfecto, tanto desde el qué, porque estaba muy bien escrito, como desde el cómo, batiéndose contra esa palabra o contra esa frase que amenazaba seriamente con astillarle el alma.
Arrancó Liliana repartiendo agradecimientos –“Gracias, incluso, a los que lo hacéis por agenda”– y, gastando una franqueza sin destilar, afirmó: “El único funeral que cabía en esta despedida. Pues la única presidencia que queremos a nuestro lado es la del Dios que aquí se ha hecho presente en el pan y el vino, bajo la mirada de su Madre, en su advocación cinteña. Huelva es una tierra mariana. Andalucía es un pueblo creyente. Y es abrazando su cruz donde encontramos mayor consuelo”. Amén. Qué disgusto se llevarían los partidarios del guirigay masónico que pretendía perpetrar el Ejecutivo.

Qué elegía a su madre, qué tsunami de sentimientos, qué reivindicación tan justa la suya, qué poema descubierto a las diferentes advocaciones de la Virgen, qué declaración de intenciones tan impropia de nuestros tiempos y tan necesaria: “El odio no nacerá en la rabia que nos crece”. Lo mejor de España, este jueves, se congregó en un pabellón de Huelva. Y Liliana fue su mejor representante. “Eran vagones llenos de esperanza”, dijo, “no sólo son los 45 del tren, eran nuestros padres, madres, hermanos, hijos o nietos, eran la ilusión de buscar un futuro mejor, eran eso que nunca serán, eran parte de una sociedad tan polarizada que empezó a resquebrajarse hace mucho tiempo y no nos dimos cuenta. Ellos no sólo son los 45 del tren, pero son los 45 del tren”. Concédeles, Señor, el descanso eterno, y que les ilumine tu luz perpetua.
