Placer culpable Nº2. Andaba yo echándome unas risas en el upside down digital con los vídeos del “Proceso al Procés”, la obra maestra jurisprudente del juez Marchena y última frontera del sentido común, en concreto el interrogatorio a Oriol Junqueras. En un tono de monaguillo payés, entre arrobado y melodramático, el político contestaba a una pregunta de su abogado con un “en muchas ocasiones en sede parlamentaria he dicho que amo a España, a sus gentes, a la lengua y a la cultura española”. Esperaba el bueno de Oriol que, quizá, en Su Señoría crepitase la caliente sangre insular, bajara del estrado conmovido, abrazara al oso de Sant Andreu y echara al fuego los trece años de condena por desobediencia y malversación. Ese trabajo, como sabemos, lo haría luego Pedro, pero por entonces la palabra abyección no iba unida a la amnistía. La confesión más bien quedó en dramedia o en factual, al igual que las declaraciones ante el mismo juez del pepito piscinas parlamentario, Gabriel Rufián, del que ya hablaremos en su momento, cuando le den el talk show en RTVE Catalunya que lleva pidiendo a gritos y tenga su pista de circo. Luego ya llegan a su tierra, se visten de Juan Gris, se desparraman como un bull negre y empiezan a soltar barbaridades sobre la España que nos roba, mesetarios, ibéricos, vagos y tal.
Consejo gratis de quien ha vivido rodeado de pegajoso moco nacionalista hasta que logré volar y tomar distancia divina y cenital: nunca, nunca jamás te creas a un independentista cuando te diga algo así como “España me encanta” o “me meo con los andaluces”. Son frases de los mismos creadores de “¿Homófobo yo? ¡Si tengo un montón de amigos maricones!” o “¿A ti te hemos tratado mal alguna vez por ser negro?”
La cosa es que mientras hacía scroll por sede judicial, el algoritmo, con mucha retranca, a decir verdad, me desplegó un menú con los shorts de la todo-artista catalana Rosalía, flamante mujer del año para Artículo 14 –no me extraña-, en su pasada visita al archifamoso The Tonight Show de Jimmy Fallon, este sí un talk show en toda regla, no como al que aspira el cuñado del Espanyol con ínfulas intelectuales después de verse la primera temporada de Juego de tronos. Durante la estupenda entrevista, la Rosalía, todo frescura y carisma, se puso a enseñarle español al pobre Jimmy, natural de Nueva York, tomando como ejemplo frases que podrían sacarse de cualquier capítulo de Curro Jiménez o de una fiesta gitana con Bertín Osborne y José Manuel Soto: “Te voy a comer la boca” o “te huele el aliento a ajo”, típicas frases que se dicen los unos a otros en la Diada. Al día siguiente de la aparición estelar de Rosalía, mi corresponsal en Euskadi me llamó para decirme que en Sabin Etxea se habían muerto tres gatitos y que ese día habría pintxo-pote a media asta. Por desgracia, todos sabemos que la cultura, así en general, tiene menos que decir en el mundanal relato que el pequeño de once hermanos. Pero hay veces, como en este caso, en las que las palabras son un huracán metafórico que destruye la empalizada de bilis y roca del aldeanismo nacionalista.
Y ahí comprendí lo que el umpalumpa digital me quería decir relacionándome ambas cosas. Que Rosalía no solo ha roto moldes culturales, musicales y estéticos, lo dicen quienes saben del tema y todos los demás, que ha traído de vuelta la espiritualidad religiosa al mundo, eso lo dicen los agnósticos y los ateos, claro, otros nunca hemos querido poner “de moda” el catolicismo o su imaginería más bien, porque la propia palabra implica una liviandad y tempestividad que la fe no tiene ni desea. Pero este es otro tema. Lo que Rosalía hizo, seguramente de manera involuntaria y orgánica, fue desmontar, ladrillo a ladrillo, un cachito del muro separatista: artistas como ella, catalanas, españolas, que cantan en un mismo álbum en trece idiomas, incluido su catalán materno, son la Kriptonita de los illuminati, porque no se la pueden apropiar, pero tampoco anatemizar, que es lo que les gustaría de verdad.
Rosalía no es capital de nadie, ni de los flamencos, ni de las motomamis, ni de los cristianos, ni mucho menos del rufianesco reduccionismo catalán. Ella es la Lux, sí, pero de otra espiritualidad, la de quienes se identifican por extensión y no por reacción, como ese mundo oscuro y lleno de podredumbre, el del nacionalismo, tan dado a símbolos y metáforas de hechicero noveladas, que la luz de Rosalía se encarga de cegar.
Un simple “te voy a comer la boca” de Rosalía, explicando divertida a Jimmy Fallon expresiones populares españolas, es lejía pura para el indepe catalán o de donde sea y mucho más efectiva que todos los bucles melancólicos juntos. La Rosalía es la espada láser contra la tenebrosa alianza catalana. Y ella ni lo sabía, intentando con su arte salvarnos de nosotros mismos.

