Tengo que reconocer que todas las noticias que llegan de Venezuela desde el 3 de enero las recibo siempre con un regusto amargo. Ese que deja la comida a punto de estar buena, cuando tiene todo el sabor y le falta sal. Sentí algo más cercano al alivio que a la alegría al conocer que Delcy Rodríguez anunciaba una amnistía general para todos los presos políticos. Me acordé de tantos de ellos y de tantas familias que han vivido con tanta angustia estas sádicas semanas de ir cuentagoteando la suerte de tu vida. ¿Seré yo el siguiente? ¿Cuándo me tocará a mí? ¿Será hoy que le toque al mío? Porque si algo es profundamente injusto es no saber cuales son las razones por las que estás pagando una pena de cárcel. Pero es aún peor no saber cuales son las razones por las que te pueden liberar.
En este caso, como en casi todos los de las dictaduras y regímenes totalitarios donde no existe nada parecido al mínimo límite del poder, la razón era simple: el capricho arbitrario de los que abusan de ese poder. Maduro, Delcy, su hermano Jorge, Padrino o el terrible Diosdado iban marcando, señalando y decidiendo a los que había que sacar de la circulación por ser demasiado valientes, o demasiado populares, o demasiado libres. A veces primero los hostigaban, entraban en sus casas en mitad de la noche como hicieron con el Alcalde Ledesma, para advertirles de todo lo que podían ser capaces de hacer. Otras veces iban directo, como hicieron con el yerno de Edmundo González al que se llevaron por la fuerza delante de sus hijas pequeñas cuando las dejaba en la puerta del colegio. Algunos sufrían terribles torturas dentro, como Lorent Saleh, otros directamente no las superaban y morían destrozados por las palizas como Jesús Manuel Martinez, Alexander Gómez Pérez, Jesús Rafael Álvarez o el ex gobernador Alfredo Díaz. La razón, ninguna. Puro capricho. Tu sí, tu no, para acabar siendo un todos sí. Después de las elecciones de julio del 24, todos los que no pudieron salir del país acabaron muertos, en la cárcel o viviendo sin vivir, como Maria Corina Machado, en completa clandestinidad.
Por eso es imposible no sentir alivio al escuchar que se cierra esa casa de los horrores que es el Helicoide, un nombre que solo al pronunciarlo produce escalofríos. Yo lo había escuchado muchas veces y creía entender lo que contaban algunos de los que milagrosamente sobrevivían. No era así. Me di cuenta cuando me sometí, en la agradable protección de mi despacho parlamentario y frente dos venezolanos amigos, a “Realidad Helicoide”, una película de realidad virtual que te transportaba durante 15 minutos a lo que ellos vivían durante meses e incluso años. Durante ese rato me interné con pánico en una celda gris, húmeda y sin ventanas, acompañada de cucarachas y de los gritos de fondo de un interno al que torturan. Y ahí entendí el pavor de sentir ¿seré yo el siguiente? ¿Cuándo me tocará a mí? Y la pregunta de los que esperan fuera, ¿será hoy que le toque al mío?
Qué crueldad tanta impunidad y tanta impotencia. Claro que el anuncio de una amnistía general y saber que pronto estarán en sus casas todos los que ayer gritaban de dolor en el Helicoide es una buena noticia. Sobre todo, es un paso necesario, en absoluto suficiente, para avanzar en el camino de una transición a la democracia en Venezuela. “Quiero anunciar que hemos decidido impulsar una ley de amnistía general que cubra todo el periodo de violencia política desde 1999”, dijo Delcy. Como lo leen, el periodo de violencia política se ha extendido durante veintisiete años. Desde Chávez a Maduro, 27 años de violencia-non-stop. No lo digo yo, lo dice Delcy. Este es un dato muy importante para todos aquellos que se han negado a condenar la dictadura venezolana porque no había dictadura ni represión en Venezuela hasta (el robo de) las elecciones de julio de 2024. ¿Les suena?
A partir de aquí también quedan muchas preguntas, ¿qué va a pasar con todos aquellos que han excarcelado -que no liberado- estas semanas, pero a los que han mantenido con cargos y medidas cautelares impidiéndoles hablar con la prensa o salir al extranjero? ¿Qué contendrá esta ley de amnistía para restaurar “las heridas de la confrontación política, de la violencia y el extremismo” como ha prometido? ¿Habrá medidas para que puedan salir de la clandestinidad los que están escondidos por amenazas? Y sobre todo, ¿asumirá alguna responsabilidad el dos veces Ministro de las Relaciones Interiores, Diosdado Cabello, al ser directamente responsable de tantísimas detenciones arbitrarias, torturas e incluso asesinatos?
Me queda, además, una última duda, ¿a que se va a dedicar ahora Zapatero?

