Delcy Rodríguez gobierna Venezuela con una premisa clara: tocar lo justo para que nada se mueva demasiado. La primera mujer en asumir la presidencia del país lo hace en un contexto extremo -la captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses y la presión abierta de Washington- y responde con una reorganización medida, casi quirúrgica, que prioriza la lealtad y el control sobre cualquier gesto de renovación.
El nuevo Ejecutivo nace con la misma arquitectura que el anterior: pocos cambios visibles, los mismos hombres en los puestos decisivos y una estructura pensada para aguantar. Los únicos nuevos nombramientos, en su mayoría ascensos, han sido masculinos y a excepción de la protagonista, pocas mujeres forman parte del nuevo gobierno chavista.
Ellos sí ascienden
La reordenación del poder arranca por la economía, uno de los frentes más sensibles en plena negociación con Estados Unidos. Delcy Rodríguez ha elevado a Calixto Ortega como vicepresidente del área económica, un ascenso que garantiza continuidad de la política monetaria y de la gestión del petróleo, verdadero nervio del régimen. Pero no hay ruptura ni giro técnico: el mensaje se resume en estabilidad y mando interno. El sector energético, clave para cualquier acuerdo con Washington, queda bajo supervisión directa del círculo más próximo a la presidenta.

En seguridad, el nombramiento del general Gustavo González López refuerza el aparato de control interno en un momento de máxima fragilidad. Las carteras de inteligencia, contrainteligencia y protección presidencial se compactan bajo perfiles conocidos, veteranos del chavismo, figuras que ya estaban antes y que ahora ganan peso.
Los nuevos nombramientos de Delcy Rodríguez
Los últimos ascensos -anunciados este lunes por sorpresa y a través de canal de Telegram de la presidenta- sitúan a Juan Escalona como ministro del Despacho de la Presidencia y a Aníbal Coronado como ministro de Ecosocialismo. Ambos nombramientos acompañados de palabras como “lealtad“, “capacidad” o “compromiso“.
A diferencia de lo que muchos analistas esperaban los primeros días, no ha habido una renovación del gabinete ni una llegada de figuras externas al núcleo tradicional del chavismo. Los ministerios estratégicos permanecen en manos de los mismos cuadros que acompañaron a Maduro durante los años de crisis, sanciones y aislamiento internacional. No hay limpieza ni renovación generacional. Tampoco una redistribución profunda del poder. La prioridad es mantener cohesionadas las distintas familias del chavismo y evitar una fractura interna cuando el liderazgo histórico acaba de caer.

Las vacantes
A esta política de continuidad se suma también lo que todavía no se ha decidido. Delcy Rodríguez acumula, de facto, varios centros de poder que aún no tienen relevo formal. La Vicepresidencia Ejecutiva, que ella misma ocupaba, sigue vacante y sin calendario público para su sustitución. Algo parecido ocurre con el Ministerio de Petróleo (Hidrocarburos), otra de las carteras que concentraba Rodríguez y que sigue sin titular.
También queda en suspenso la reorganización completa del aparato de inteligencia. El refuerzo en la cúpula militar no viene acompañado, por ahora, de un relevo formal en el SEBIN, que continúa sin un presidente.

Una presidenta en un Gobierno de hombres
Venezuela tiene por primera vez una presidenta, pero el poder real sigue orbitando alrededor de figuras masculinas. Defensa, Interior, seguridad y control territorial continúan en manos de los mismos hombres que sostuvieron el régimen durante la última década. Aunque la llegada de Delcy Rodríguez rompe un techo simbólico, no altera la lógica del sistema, sobre todo si se tiene en cuenta el contexto en el que ha sido nombrada: por la fuerza y tras la captura de Maduro.

Tampoco hay señales de una agenda propia. El nuevo Gobierno no ha anunciado, al menos de momento, reformas ni cambios de rumbo. La presidenta se mueve en una transición controlada por Washington y consciente de que cualquier paso en falso puede acelerar una intervención externa todavía más profunda.
Con el expresidente a la espera de ser juzgado en Estados Unidos y con las conversaciones internacionales abiertas, el Ejecutivo encabezado por Rodríguez ha optado por una estrategia de contención. Sin gestos de apertura política ni anuncios de reformas de calado, el chavismo ha cerrado filas y ha apostado por resistir el impacto de un escenario todavía hoy abierto.


