Indra no es sólo una empresa de Defensa, la mejor de España, sino una auténtica maquina de generar noticias, tensiones y contradicciones que afectan a la economía, la política, el lobby, la gobernanza, el Gobierno, la oposición, los inversores, los accionistas, los directivos y a los propios intereses nacionales. Tal es el tamaño del artefacto, que me aventuro a pronosticar que pasará a la historia como uno de los casos sonados de la vida empresarial española; y ya van unos cuantos.
La patata, servida en la mesa, está más caliente cada día. Muchos la quieren coger; otros, no van a tener más remedio que hacerlo. Así que, seguro, más de uno acabará con las manos quemadas, su capacidad de gestión cuestionada y su reputación por los suelos.
En el caso Indra coinciden variantes que explican su relevancia y su controversia. La fundamental, el ingente volumen presupuestario que la Unión Europea y sus países miembros van a dedicar a Defensa en los próximos años, provocado por los riesgos de seguridad y por el alejamiento de los Estados Unidos en la protección europea. El segundo, la necesidad española de disponer de un campeón en la industria militar, descontado Navantia, para hacer frente a esas inversiones. La tercera, la decisión tomada en su día por el Gobierno para nombrar a Ángel Escribano, a la sazón propietario de EM&E (Escribano Mechanical&Engineering) y accionista de la propia Indra con un 14,3 %, como presidente de la sociedad. Como telón de fondo, los intereses mediático-empresariales del propio ejecutivo y sus tejemanejes para intervenir en el mundo del dinero y dedicar fondos públicos para comprar participaciones en empresas cotizadas. La cuarta, la operación corporativa para unir los destinos de Indra y EE&M en una misma empresa. La quinta, las dudas de gobernanza despertadas por la operación al ser Escribano simultáneo vendedor y comprador. Y la última, o la penúltima quien sabe, la presión del Gobierno para que Ángel Escribano abandone la presidencia de Indra.
Las espadas están en lo alto, pues por lo que parece Escribano no quiere dejar, así como así, la presidencia de Indra. Incluso, los rumores sobre la situación provocaron hace unas semanas una fuerte caída del valor dado que muchos inversores en el mercado piensan que sólo su experiencia y conocimiento de la industria militar garantizan una gestión adecuada de la sociedad en momentos tan convulsos y complejos. El pasado lunes el fondo activista Third Point, según informó Cinco Días, dirigió en su calidad de accionista una carta a la Sociedad Estatal de Participaciones (SEPI) solicitando la inmediata materialización de la operación. “Un retraso podría provocar una erosión del valor, distracciones operativas y la posible pérdida de una oportunidad histórica para construir un líder español en Defensa”. No se puede decir más con menos palabras. Mientras tanto, EY Insights ha publicado un informe sobre el sector en España, adelantando que el tamaño de la industria se multiplicará por dos para el 2030. En la actualidad, los datos del informe presentan un sector español de muy pequeña dimensión para los retos que tiene que asumir. Está formado por 376 empresas, que emplean a 70.000 trabajadores, facturan 7.500 millones de euros y tributan 2.600 millones. Muchas de ellas son de capital foráneo, y la inmensa mayoría se encuadrarían dentro de la categoría de pymes con menos de 50 empleados. El informe reclama la creación de 15.000 puestos de trabajo.
En medio de este torbellino, Indra presentó el pasado martes unos resultados que sorprendieron a propios y extraños. Ha duplicado pedidos hasta los 16.000 millones, ha elevado su beneficio un 57%, ha mejorado su cifra de negocio un 13%, con unas ganancias de 436 millones. Detrás de ello, y forma parte del run-run, se encuentran los contratos del Gobierno adjudicados a Indra y sus socios, que han provocado la reacción de otros jugadores del sector como Santa Bárbara, propiedad de General Dynamics. Los resultados provocaron una subida del 11%, que llevó los títulos por encima de los 62 euros.
Detrás de todo esto, aparece la relación entre los nombres de Indra y Escribano, la posición del Gobierno y la creación de un campeón español.
Nuestra industria militar es pequeña y con un tamaño que no la hace competitiva con la europea. Indra, pese a lo espectacular de su desempeño en este último ejercicio, capitaliza ligeramente por encima de los 10 mil millones de euros. Dejando a un lado la paneuropea Airbus, con 175 mil millones, Alemania cuenta con Rheinmetall, con 90 mil millones y Hansoldt con 10,5 mil millones; Francia, con Thales con unos 55 mil millones, y Dassault, con 25 mil millones; Italia, con Leonardo, con 35 mil millones; y Reino Unido, con Rolls-Royce, con 145 mil millones, y BAE, con 73 mil millones; y Suecia cuenta con Saab, con 34.000 millones. A su lado, Indra es un enano. No digamos el resto.
Por estas razones, España necesita construir un campeón de la industria militar. Es el interés nacional el que lo reclama. Y lo tiene que hacer con los Escribano o sin ellos, pero lo tiene que hacer. Si es con Angel Escribano al frente, los accionistas y la CNMV tienen que vigilar que se ejecute con las mayores y escrupulosas garantías de gobernanza para establecer un justiprecio y unas condiciones de reparto razonables. Si es sin ellos, poniendo al frente de la sociedad a un presidente y consejero delegado que reúnan la experiencia necesaria para dirigir con éxito la operación.
Indra ha cerrado recientemente la adquisición de Hispasat y del llamado “tallerón” de Duro Felguera. Indra no es que sea el candidato ideal para nuclear estos esfuerzos, es que es el único candidato para comprar y, por lo que parece, EM&E el único para ser comprado. La operación es tan delicada y tan crucial para los intereses nacionales que no sólo exige la mayor pulcritud sino el acuerdo político para que no se agite el avispero de la duda. No queda otra.
