Por eso a nadie le importa. Saghar Gholami tiene solo 19 años. Debería estar estudiando, saliendo con amigas, soñando con un futuro o con alguna cita romántica. En cambio, se enfrenta a la horca en Irán por atreverse a protestar contra el régimen islámico. Su rostro dulce y femenino, difundido en redes, ha conmovido a muchos, y pone imagen a una ciudadanía aplastada por un sistema que usa la pena de muerte como herramienta de terror continuado.
Según informes de organizaciones de derechos humanos como Iran Human Rights (IHRNGO) y ECPM, en 2025 Irán ejecutó al menos 1.639 personas, un récord en décadas y un aumento del 68% respecto a 2024. De ellas, al menos 48 fueron mujeres, la cifra más alta en más de 20 años. La mayoría de las ejecuciones castigan delitos relacionados con drogas o con asesinatos, pero un número creciente golpea a la disidencia política, especialmente tras las protestas de enero del 2026. Decenas de manifestantes han sido colgados en juicios sumarios, con torturas y confesiones forzadas.
Saghar fue detenida, tras las protestas en todo el país de principios de 2026, en Gonbad-e Kavus, provincia de Golestán. Su sentencia de muerte ha sido confirmada. No tuvo un abogado adecuado, ni contacto familiar pleno, ni garantías procesales. Su caso simboliza la represión brutal contra quienes exigen libertad, especialmente mujeres que desafían el hiyab obligatorio y el control teocrático. Mientras tanto, políticos y tertulianos occidentales se indignan por el resultado de Eurovisión o por Israel, pero guardan silencio ante esta realidad. Muchas se autoproclaman feministas, pero ignoran a las iraníes que arriesgan la vida por sus derechos más básicos.
Los videos y testimonios que circulan muestran la crudeza de las ejecuciones de jóvenes, de padres de familia y de manifestantes. El régimen no discrimina por género cuando se trata de aplastar la oposición, pero las mujeres como Saghar reciben atención mediática puntual por su juventud y bella apariencia. Está bien, porque al menos el mundo posa sus ojos en ellas. Pero no olvidemos que las estadísticas revelan que la represión golpea con aún más fuerza numérica a los varones. Esto no minimiza el horror de ninguna ejecución; simplemente recuerda que la lucha por la libertad en Irán afecta a toda la sociedad. Los medios occidentales y gran parte de la izquierda política priorizan narrativas donde Estados Unidos o Israel son los villanos eternos. Las ejecuciones masivas en Irán, el apoyo del régimen a grupos terroristas y su represión interna reciben una cobertura mínima. Esto no es nuevo.
Como señaló un artículo en Quillette ya en 2019, Occidente traiciona sistemáticamente a los disidentes iraníes. Mientras gritan por la libertad, rechazan la teocracia y sueñan con una sociedad abierta y próspera, los progres occidentales miran hacia otro lado o, peor, romantizan la “resistencia” del régimen. Universitarios, sindicatos y celebridades que apoyaron a Solidarność en Polonia o a Mandela callan ante los trabajadores, mujeres y jóvenes iraníes.
Esta indiferencia tiene consecuencias. El régimen se siente impune. Las ejecuciones se aceleran: padres de familia son colgados, dejando a los suyos destrozados. Jóvenes como Saghar ven truncada su vida por el “crimen” de querer un Irán libre. La comunidad internacional, tan rápida en otras causas, falla aquí por unos sesgos ideológicos que sugieren que criticar a Irán implica cuestionar narrativas antioccidentales o pro-islámicas radicales. Los gobiernos occidentales deben imponer sanciones reales a los verdugos, apoyar a la diáspora iraní y conseguir que se oigan las voces disidentes. Los medios tienen la obligación de informar con la misma intensidad que dedican a otros conflictos. Si existen las “feministas auténticas” deberían estar en primera línea denunciando este régimen misógino.
Mientras Saghar espera en el limbo legal, con su sentencia pendiente, el tiempo corre. Su rostro no debe ser sólo una imagen viral fugaz. Debe recordarnos la urgencia de no traicionar, una vez más, al pueblo iraní que lucha por su libertad. La desaparición de la República Islámica no es solo un deseo de exiliados: es la esperanza de millones que, dentro y fuera de Irán, sueñan con un país donde nadie sea ejecutado por pretender una vida normal.

