Los españoles llevamos dos décadas demostrando, con una constancia digna de mejor causa, que nuestra mayor debilidad es gestionar lo excepcional. Y que nuestros mitos resisten todo… menos la realidad.
El sistema financiero más sólido del mundo se desmoronó con la crisis de 2008. El sistema sanitario más preparado del planeta quedó en evidencia con la pandemia. La gestión de emergencias más envidiable de Europa falló estrepitosamente ante la DANA valenciana —como ya había fallado antes con los incendios—. La red de Alta Velocidad que era la envidia del continente protagonizó Adamuz: ni segura, ni puntual, ni fiable. Y el paraíso europeo de las renovables se quedó, literalmente, a oscuras.
Cinco golpes de realidad en veinte años. Misma historia, distinto escenario. Primero el mito, luego el desastre. Siempre tarde.
El trágico manual de instrucciones
Existe, aunque todavía no se ha publicado, un manual de instrucciones que nuestros políticos parecen seguir con asombrosa fidelidad cada vez que una crisis empieza a asomar en lontananza. Sin importar el color del partido ni la naturaleza del problema, el protocolo se repite con la precisión de un reloj suizo. Y lo más inquietante es que ya todos lo conocemos. Lo hemos visto tantas veces que somos capaces de predecir el capítulo, de una tragedia en cinco actos, con varios días de antelación.
El primer acto se titula La Negación. Antes de que el incendio prenda del todo, un dirigente público comparece ante un micrófono para pedir calma porque no va a ser para tanto, porque la situación está bajo control y la están monitorizando. Estas son las frases más gravosas, porque cada minuto que se dedica a negar la realidad es un tiempo que no se dedica a combatirla. La negación de la realidad no suele responder a un impulso fruto de la ingenuidad, sino a un cálculo fruto del interés político. Es así como la comunicación institucional, que debería ser el puente entre el Estado y el ciudadano se convierte, de manera deliberada, en un laberinto de confusión que multiplica el miedo.
El segundo capítulo lleva por nombre: El Relato. Mientras los analistas independientes explican en los medios el probable origen del problema y las soluciones para abordarlo, y mientras los ciudadanos piden respuestas, la maquinaria política se pone en marcha para producir algo completamente distinto: un buen titular. Se convocan multitud de ruedas de prensa para explicar lo bien que se está gestionando eso que todavía no se ha gestionado. La gestión de la imagen desplaza a la gestión de la crisis y el ciudadano, que necesitaba soluciones, lo único que recibe es propaganda.
El tercer capítulo se titula: La Culpa Ajena. Cuando ya no es posible sostener que todo va bien, hay que explicar por qué va mal. Naturalmente, la explicación nunca supone asunción alguna de las propias responsabilidades. La culpa es del gobierno anterior, que dejó las infraestructuras en ruinas. O de la oposición, que obstaculiza. O de las comunidades autónomas, que no colaboran. O de Europa, o de los mercados, o de la meteorología o simplemente del destino. Es el momento en el que esa misma responsabilidad institucional, que tanto anhelaron nuestros políticos, se convierte en una pelota que nadie quiere tener en las manos.
A continuación llega el capítulo más destructivo: La Polarización. La crisis deja de ser un problema compartido para convertirse en un irrespirable campo de batalla. Es aquí donde la oposición es rechazada por principio y donde cualquier medida del gobierno es contestada por reflejo. El consenso, que debería ser lo razonable y lo urgente, se transforma en una quimera. Y mientras los partidos se enzarzan, las bolsas bajan, el nivel del agua sube, los trenes paran y el país se apaga.
El último acto, llamado el desenlace o la catástrofe siempre produce el mismo efecto: La Parálisis. Las decisiones que debieron adoptarse el primer día finalmente se toman cuando ya el daño es irreversible. Y cuando por fin llegan las medidas, llegan acompañadas de mensajes contradictorios, de portavoces que se desmienten entre sí y de datos que no cuadran.
La complicidad del patio de butacas
La ciudadanía no suele tolerar esta conducta de nuestra clase política pero a la larga muchas veces les funciona, entre otras cosas porque los ciudadanos participamos con entusiasmo de la matanza. Cada vez que premiamos con nuestro voto a quien mejor interpreta a su personaje en la obra, cada vez que aplaudimos la ocurrencia más que la solución, cada vez que, como excusa para no exigir, aceptamos que “todos son iguales” o que los de enfrente lo harían peor, somos cómplices involuntarios de la próxima catástrofe.
El problema de fondo es que, ante cualquiera de estas crisis, la pregunta que el poder se formula no es ¿cómo protejo a mi gente?, sino ¿cómo me protejo yo?. En definitiva ¿cuántos votos me puede costar?
Hasta hace poco, cada vez que sucedía algo así, me entraban ganas de apagar el ordenador y poner rumbo a Edimburgo de los Siete Mares, la isla más remota del planeta. Un lugar sin política de comunicación, sin ruedas de prensa y sin portavoces que se desmienten entre sí. Pero resulta que allí estuvieron los pasajeros del hantavirus. He llegado a la conclusión de que la única isla verdaderamente a salvo de todo esto es la que uno construye con la ilusión de que, algún día, alguien tome la decisión correcta antes de que sea demasiado tarde. Sigo esperando. Con el ordenador encendido.
