La noticia de que la selección de República Democrática del Congo disputará un amistoso en La Línea de la Concepción (Cádiz) el próximo 9 de junio frente a Chile, en plena crisis por el brote de ébola que afecta al país africano, ha disparado la inquietud en la población. La imagen de un equipo viajando desde un país golpeado por una epidemia ha bastado para activar la memoria colectiva marcada por la pandemia de COVID-19 y por las devastadoras imágenes del ébola de hace una década.
La alarma se desata por el miedo en Europa a una enfermedad extremadamente letal y por la tragedia humanitaria real que se vive en las zonas afectadas del este del Congo. La Organización Mundial de la Salud (OMS) alertó el lunes de que “la epidemia de ébola nos está superando” y elevó a 220 las muertes sospechosas en Congo.
Medidas de control
La selección congoleña ha trasladado su preparación a Europa precisamente para evitar riesgos sanitarios. El combinado canceló una concentración prevista en Kinshasa y disputará amistosos en Bélgica y España bajo supervisión sanitaria. El secretario de Estado de Sanidad, Javier Padilla, ha confirmado que las autoridades españolas estudian medidas y protocolos de control. Además, la mayor parte de los futbolistas reside fuera del país africano y Kinshasa se encuentra a unos 2.000 kilómetros del epicentro del brote en Ituri.

Pero estas precauciones no han sido suficientes para ahuyentar la preocupación. Desde la gran epidemia de África Occidental entre 2014 y 2016, el virus quedó asociado en nuestro imaginario a escenas de colapso sanitario y alta mortalidad. Pero el ébola no se comporta como un virus respiratorio. “No es un virus respiratorio como el SARS-CoV-2”, confirma el microbiólogo Carles Solà Riera, doctor en inmunología e investigador formado en infección e inmunidad, con experiencia científica en el estudio de virus emergentes y zoonóticos como el hantavirus o el dengue. Su investigación se ha centrado especialmente en la respuesta inmunitaria frente a hantavirus, incluyendo cómo estos virus interactúan con células humanas y modulan mecanismos de defensa celular. “El ébola -dice- se transmite por contacto directo con sangre, vómitos, heces, saliva, semen u otros fluidos corporales de una persona enferma o fallecida. No se transmite de forma eficiente por el aire como la gripe o la COVID-19”.

Solà subraya además un elemento clave que diferencia esta enfermedad de la pandemia reciente: “Las personas no transmiten el virus antes de tener síntomas, lo que facilita más el control epidemiológico que en enfermedades con transmisión presintomática o asintomática”.
El riesgo ha crecido más rápido que la inversión
Eso no significa que el brote actual carezca de interés. Las cifras son graves. Las autoridades congoleñas contabilizan ya más de 900 casos sospechosos y más de 200 muertes en el este del país. La Organización Mundial de la Salud considera el riesgo “muy alto” para la región, aunque mantiene que el peligro de expansión mundial sigue siendo bajo.
La situación sobre el terreno es extremadamente compleja. El brote se desarrolla en una región devastada por décadas de violencia armada, desplazamientos masivos y sistemas sanitarios frágiles. Algunos centros de tratamiento han sido atacados e incendiados por grupos locales, en parte por la desconfianza hacia las autoridades y organizaciones internacionales. A ello se suma la falta de material básico para proteger a los sanitarios y realizar entierros seguros.
“Cuando se dice que estamos peor preparados, no significa que no tengamos más ciencia o más tecnología que antes”, advierte Solà. “Significa que el riesgo ha aumentado más rápido que la inversión y la cooperación internacional. Hay más fragmentación geopolítica, menor confianza pública, problemas de financiación y sistemas sanitarios sometidos a mucha presión”.

El actual brote tiene además una dificultad añadida. Está provocado por la variante Bundibugyo del virus, para la que todavía no existen vacunas ni tratamientos específicos aprobados. Eso complica la contención en áreas donde millones de personas viven desplazadas por el conflicto y con acceso muy limitado a atención médica.
Aun así, los expertos consideran improbable una pandemia mundial comparable a la COVID-19. “La gran diferencia es que el ébola tiene mucha mayor letalidad individual, pero menor capacidad de propagación global que un coronavirus respiratorio. Una pandemia de ébola, si llegara a producirse, probablemente tendría un patrón más focalizado, con brotes intensos en determinadas comunidades o sistemas sanitarios”, detalla Solá.
Aunque el miedo nos lleve al estadio de fútbol de Cádiz, la gran tragedia está en este momento en los hospitales desbordados de Ituri, los campamentos de desplazados cercanos a Bunia y las comunidades donde los trabajadores sanitarios siguen actuando sin suficientes recursos. Allí, el ébola encuentra las condiciones ideales para expandirse: pobreza, violencia, desplazamiento y abandono internacional.
La emergencia lleva meses golpeando a miles de personas lejos de la mirada occidental. Pensar que el problema solo existe cuando amenaza con llegar aquí es precisamente una de las razones por las que estas crisis se repiten. Como advierte el científico, las epidemias se combaten reforzando la cooperación sanitaria, la financiación internacional y la capacidad de respuesta allí donde el sistema es más frágil.

