Por qué la medicina falla a las mujeres

“Históricamente, los estudios se han centrado en hombres, lo que puede derivar en tratamientos menos efectivos o incluso perjudiciales para nosotras”, afirman los expertos

Solo por el hecho de ser mujer, un fármaco puede no resultar eficaz. Solo por el hecho de ser mujer, puede sufrir más efectos adversos al tomarlo. Solo por el hecho de ser mujer, puede recibir un diagnóstico de cáncer dos años más tarde que un hombre con los mismos síntomas. Solo por el hecho de ser mujer, puede tardar hasta cuatro años más en ser diagnosticada de diabetes en igualdad de condiciones clínicas. Y lo mismo ocurre, por el simple hecho de ser mujer, en más de setecientas patologías.

Cada vez que una mujer toma un medicamento, es muy probable que la dosis, la seguridad y la eficacia se hayan establecido a partir de estudios realizados con hombres.

“Históricamente, los estudios se han centrado en hombres, lo que puede derivar en tratamientos menos efectivos o incluso perjudiciales para nosotras”, afirma la Dra. Josefa Giménez-Bonafé, investigadora de la Facultad de Medicina y Ciencias de la Salud de la Universidad de Barcelona.

La infravaloración de sus síntomas, la escasez de investigaciones específicas y la tendencia a atribuir sus dolencias a causas psicológicas son otros de los factores que explican los retrasos diagnósticos, la mayor incidencia de efectos adversos y los problemas de eficacia terapéutica.

“Cuando se investiga y se diagnostica sin considerar las diferencias biológicas, hormonales y sociales, el margen de error se amplía. Centrar la investigación únicamente en los hombres puede incrementar la mortalidad en las mujeres. Tratarlas como si fueran hombres, tanto en la investigación como en el tratamiento, supone ignorar las diferencias fisiológicas y hormonales entre ambos sexos, lo que puede derivar en diagnósticos erróneos o tardíos”, afirma Giménez-Bonafé.

La solución, insiste, requiere un enfoque integral. “Es fundamental que las agencias reguladoras implementen políticas que exijan la inclusión equitativa de mujeres en los ensayos clínicos. Además, los organismos de financiación deben priorizar estudios que investiguen las diferencias de género. La educación y concienciación de los profesionales de la salud sobre la importancia de incluir a mujeres en estas investigaciones es clave”, concluye Giménez-Bonafé.

Lo que no se investiga, no avanza. Lo que no se contempla, no existe

Uno de los grandes vacíos en la investigación farmacológica es el estudio de cómo las hormonas afectan los medicamentos. Los cambios en los niveles de estrógenos y progesterona durante el ciclo menstrual, el embarazo, la menopausia o el uso de anticonceptivos pueden alterar cómo el cuerpo absorbe, distribuye y elimina los fármacos, afectando su eficacia y seguridad. Sin embargo, los ensayos clínicos rara vez investigan estas diferencias.

Durante el embarazo, por ejemplo, cambios como el aumento del volumen de sangre pueden modificar el metabolismo de los medicamentos.

El desconocimiento mata

A Carmen Castro casi la mata el hecho de ser mujer. Durante meses acudió al médico por dolores agudos en el pecho y una fatiga extrema. “Me decían que probablemente era estrés y que necesitaba descansar más. Nunca me tomaron en serio”, relata a Artículo14. Tras casi un año de consultas médicas infructuosas, finalmente le realizaron una prueba cardiovascular que reveló que padecía una enfermedad coronaria avanzada.

“Fue un shock”, recuerda. “Viví durante meses con una afección grave que pudo haberme costado la vida, simplemente porque nadie se tomó el tiempo de investigarlo a fondo desde el principio”.

Su caso no es aislado. Se ha demostrado que los síntomas de los ataques cardíacos varían entre mujeres y hombres, pero solo se conocen los más comunes en ellos: dolor intenso en el pecho, adormecimiento del brazo izquierdo… En nosotras, los síntomas suelen ser más sutiles: náuseas, dolor de espalda o fatiga.

Carla Delgar tenía 35 años cuando empezó un peregrinaje por consultas médicas debido a un dolor abdominal intenso y recurrente. Una y otra vez, la respuesta fue la misma: ansiolíticos. “Yo no estaba ansiosa, estaba enferma”, explica a Artículo 14. El diagnóstico real -una enfermedad inflamatoria crónica– llegó más de un año después.

Retrasar un diagnóstico no solo prolonga la incertidumbre. También reduce las opciones de tratamiento, obliga a intervenciones más agresivas y aumenta el riesgo de secuelas que podrían haberse evitado. Por eso es urgente incorporar a las mujeres como protagonistas de la evidencia científica.

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