“En el espacio, hacer yoga es más divertido”. Se lo contó Christina Koch a un grupo de estudiantes hace algo más de un año mientras relataba su estancia de 328 días en la Estación Espacial Internacional, en 2019. Aficionada a esta disciplina, la astronauta descubrió cómo se transforman las posturas sin gravedad. Aunque hasta respirar se siente diferente. En la misión Artemis II, este hábito vuelve a acompañarla, no solo como ejercicio físico, sino como una forma de mantener la mente en equilibrio.
Aunque desde la Tierra percibimos el viaje a la Luna como una hazaña tecnológica y humana, en realidad también es un experimento médico extremo que pone a prueba los límites de nuestra biología. ¿Qué le ocurre realmente al cuerpo humano cuando abandona la protección de la Tierra?

Koch es la primera mujer en adentrarse en el espacio profundo, más allá de la magnetosfera terrestre. Científicamente, este hito es crucial. Hasta ahora, la mayoría de los datos biomédicos de misiones espaciales provenían de hombres. Artemis II abre una nueva era. Por primera vez, los investigadores pueden analizar, incluso en tiempo real, cómo responde el organismo femenino a condiciones extremas como la radiación cósmica o la microgravedad prolongada.
Rayos cósmicos que dañan el ADN
Desde el mismo instante en que la nave abandona la atmósfera, el cuerpo comienza a cambiar. La radiación es, probablemente, el mayor enemigo invisible. En la órbita terrestre baja, donde opera la Estación Espacial Internacional, la magnetosfera actúa como escudo. Pero en el espacio profundo, los astronautas quedan expuestos a rayos cósmicos galácticos, partículas altamente energéticas capaces de atravesar tejidos y dañar el ADN. Este daño puede traducirse, a largo plazo, en un mayor riesgo de cáncer o enfermedades degenerativas, según ha relatado el doctor Farhan Asrar, investigador de medicina espacial de la Universidad Metropolitana de Toronto.
En el caso de las mujeres, estudios de la NASA indican que ese riesgo podría ser hasta un 20% mayor. Las razones no están completamente claras, pero apuntan a diferencias biológicas en la respuesta celular a la radiación. Además, existen preocupaciones específicas sobre la salud reproductiva, como una posible insuficiencia ovárica prematura.
Síndrome neuro-ocular
También la microgravedad altera la fisiología humana. Sin gravedad que empuje los fluidos hacia las piernas, la sangre se redistribuye hacia la cabeza. Este fenómeno provoca presión en el cerebro y los ojos, y está relacionado con el síndrome neuro-ocular asociado al vuelo espacial (SANS). Los astronautas pueden experimentar visión borrosa, inflamación del nervio óptico e incluso cambios estructurales en el globo ocular. A corto plazo, como en Artemis II, estos efectos suelen ser leves. Pero en misiones largas, afectan hasta al 70% de la tripulación.

El sistema cardiovascular también se ve comprometido. El corazón, al no tener que bombear contra la gravedad, reduce su esfuerzo. Cuando regresan a la Tierra, muchos astronautas describen una sensación extraña, como si su propio cuerpo pesara el doble. Koch lo expresó con una imagen tras su anterior misión: “Sentía como si tuviera bolas de bolos colgando de los brazos”.
Falta de privacidad
Diez días en una cápsula pequeña, con tres compañeros y el vacío absoluto al otro lado, suponen una prueba psicológica intensa. El aislamiento, la falta de privacidad y la presión constante afectan la toma de decisiones, el sueño y el estado emocional. Aquí, curiosamente, el yoga vuelve a aparecer como herramienta clave. Ayuda a reducir el estrés, mejorar la concentración y mantener cierta estabilidad emocional.
Koch llega a Artemis II con experiencia. Su misión anterior en la Estación Espacial Internacional fue, en muchos sentidos, un ensayo general.
Pasó 328 días en órbita, un récord femenino en su momento. Durante ese tiempo, su cuerpo fue objeto de un seguimiento constante: análisis de sangre, estudios oculares, medición de masa muscular y pruebas cognitivas.

También fue allí donde desarrolló rutinas como el yoga, por bienestar y como herramienta fisiológica. En ausencia de gravedad, los músculos estabilizadores, los que permiten mantener el equilibrio en la Tierra, apenas se utilizan. Ejercitarlos se vuelve un desafío, y prácticas como el yoga pueden marcar la diferencia.
Lecciones del pasado
Las misiones Apolo ya ofrecieron algunas pistas inquietantes. Un estudio de 2016 observó que los astronautas que viajaron a la Luna presentaban una mayor tasa de enfermedades cardiovasculares en comparación con aquellos que nunca salieron de la órbita terrestre baja. Aunque el tamaño de la muestra es pequeño y los datos siguen siendo debatidos, la hipótesis apunta de nuevo a la radiación como factor clave.
Artemis II permitirá validar o refutar estas sospechas con tecnología moderna. Los astronautas llevan dosímetros para medir la radiación en tiempo real. Además, experimentos como el “órgano en un chip” permitirán observar cómo reaccionan las células humanas al entorno espacial durante la misión, con el objetivo de proporcionar información para futuras expediciones a la Luna y Marte.
El factor femenino
La presencia de Koch introduce variables que hasta ahora habían sido ignoradas o insuficientemente estudiadas. Más allá del riesgo de cáncer, las mujeres pueden experimentar diferencias en el sistema inmunitario, mayor susceptibilidad a infecciones urinarias y cambios hormonales derivados del entorno espacial. También se investiga si podrían ser más propensas al mareo espacial, debido a diferencias en el sistema vestibular, ubicado en el oído interno.
Sin embargo, también hay hipótesis positivas. Algunos estudios sugieren que las mujeres podrían tener ventajas en ciertos aspectos, como la resiliencia psicológica en entornos de aislamiento prolongado. Un estudio publicado en Nature Communications encontró también que las mujeres son más resistentes al estrés biológico que suponen los viajes espaciales. Los datos obtenidos por la misión de SpaceX, Inspiration 4, en 2021 mostraron que las células de las astronautas se alteraron menos y se recuperaron más pronto en comparación con sus compañeros varones. La realidad es que aún no hay respuestas definitivas. Y precisamente por eso Artemis II es tan importante.
De vuelta a la Tierra
En el espacio, el corazón trabaja menos. No tiene que luchar contra la gravedad para bombear la sangre. Esto puede parecer una ventaja, pero tiene consecuencias. Cuando los astronautas regresan a la Tierra, su cuerpo tiene que “reaprender” a vivir con peso. Algunos describen la sensación como si llevaran encima una carga enorme. La propia Koch lo explicó así tras su misión anterior: levantar los brazos se sentía como si pesaran muchísimo.

¿Son perjudiciales los viajes espaciales? La pregunta tiene una respuesta sencilla: sí, lo son. Aunque es incompleta. Cada misión como Artemis II expone riesgos, pero también genera conocimiento. Los datos recopilados ayudarán a desarrollar mejores trajes protectores, terapias personalizadas, sistemas de gravedad artificial o incluso estrategias como la criopreservación de óvulos para misiones de larga duración.
Además, algunos avances médicos podrán trasladarse a la Tierra, como tratamientos contra la osteoporosis, enfermedades cardiovasculares o trastornos inmunológicos. Artemis II no es solo un viaje a la Luna. Es un viaje hacia el conocimiento de nosotros mismos. Y en ese viaje, el cuerpo humano se convierte en la última frontera. Mientras la cápsula Orion orbita la Luna, la ciencia observa.
