Invertir para sobrevivir

De las limosnas a los fondos éticos: cómo las órdenes religiosas están aprendiendo a invertir para sobrevivir

Las comunidades religiosas son cada vez más pequeñas y mantener colegios, residencias, hospitales, conventos o edificios históricos cuesta cada vez más dinero

Durante décadas, la economía de muchas congregaciones religiosas funcionó con una lógica sencilla: las donaciones llegaban, los gastos se cubrían y los edificios permanecían abiertos. No era un modelo pensado para crecer, ni tampoco para obtener rentabilidad. Bastaba con sostener la misión.

Hoy, esa ecuación ya no funciona.

En un despacho de una congregación con presencia internacional, los viejos libros de cuentas conviven con pantallas que muestran gráficos bursátiles, informes de sostenibilidad y previsiones económicas. Lo que antes se resolvía con prudencia y depósitos bancarios ahora exige conocimientos sobre mercados, regulación financiera y gestión patrimonial. La Iglesia española, tradicionalmente asociada a una imagen conservadora en materia económica, está viviendo la profesionalización de sus finanzas.

La razón no responde a un cambio ideológico, sino a una necesidad práctica. Las comunidades religiosas son cada vez más pequeñas, las vocaciones han disminuido de forma sostenida y la población de religiosos envejece. Mantener colegios, residencias, hospitales, conventos o edificios históricos cuesta cada vez más dinero. Y los ingresos tradicionales no son suficientes.

“Muchas instituciones han comprendido que no pueden depender exclusivamente de las aportaciones de los fieles”, explica Jaime De la Morena, asesor especializado en entidades religiosas. “Si quieren garantizar su actividad dentro de veinte o treinta años, necesitan gestionar mejor sus recursos”.

La imagen resulta casi paradójica. Congregaciones fundadas hace más de un siglo analizando fondos de inversión, evaluando riesgos geopolíticos o estudiando el impacto económico de la inteligencia artificial. Sin embargo, ese es precisamente el escenario que empieza a verse en encuentros formativos organizados para responsables económicos de diócesis y órdenes religiosas.

El Papa León XIV habla con un grupo de monjas durante su visita a la residencia de ancianos en Estambul.
EFE/EPA

No se trata de convertir a las monjas en gestoras de fondos ni a los sacerdotes en expertos financieros. Se trata, sobre todo, de proteger el patrimonio y asegurar la continuidad de proyectos educativos, sanitarios y asistenciales que dependen de una buena administración.

El cambio ha sido profundo. Algunos responsables financieros recuerdan que, hace apenas una década, todavía encontraban sistemas de contabilidad manuales, procedimientos heredados de generaciones anteriores y una fuerte dependencia de productos bancarios tradicionales. En muchos casos, ni siquiera existía una fotografía completa de los activos que poseía una institución.

“Ahora, la prioridad es conocer exactamente qué se tiene, cuánto cuesta mantenerlo y cómo puede generar recursos de forma sostenible”, sostiene De la Morena.

Porque patrimonio no siempre significa liquidez. Muchas congregaciones poseen edificios históricos en zonas privilegiadas de grandes ciudades, pero esos inmuebles requieren inversiones constantes. Techos que reparar, instalaciones que modernizar, normativas que cumplir.

Esa realidad ha obligado a tomar decisiones que hace unos años parecían impensables. Algunas órdenes han optado por alquilar inmuebles infrautilizados. Otras han vendido activos para garantizar su viabilidad futura. También existen casos de alianzas con empresas privadas capaces de asumir inversiones millonarias en hospitales, colegios o residencias que las congregaciones ya no pueden afrontar por sí solas.

A ese desafío se suma otro factor: la complejidad administrativa. Las instituciones religiosas operan dentro de marcos legales civiles y canónicos, gestionan empleados, administran centros educativos o sanitarios y, en ocasiones, coordinan actividades en distintos países. Todo ello exige una profesionalización cada vez mayor.

Por eso han surgido programas de formación específicos para economatos diocesanos y responsables de congregaciones. La idea es sencilla: dotar a quienes administran estos bienes de herramientas similares a las que utilizan fundaciones, universidades o grandes organizaciones sin ánimo de lucro.

Pero existe una línea roja que pocas órdenes están dispuestas a cruzar.

Invertir sí. Hacerlo a cualquier precio, no.

La rentabilidad es importante, reconocen quienes gestionan estos recursos, pero debe convivir con criterios éticos muy concretos. Las congregaciones buscan que sus inversiones reflejen los mismos valores que defienden en su actividad diaria.

Eso implica descartar determinados sectores económicos, aunque resulten especialmente rentables. Armamento, juego, determinadas industrias vinculadas a las adicciones o actividades consideradas incompatibles con la doctrina social de la Iglesia suelen quedar fuera de las carteras.

La exigencia ha dado lugar a un mercado cada vez más especializado. Bancos, gestoras y consultoras han comenzado a desarrollar productos diseñados específicamente para clientes religiosos. Algunos incorporan filtros éticos inspirados en criterios de sostenibilidad; otros aplican estándares aún más restrictivos, alineados con las orientaciones promovidas desde el Vaticano.

Sin embargo, la adaptación no siempre es sencilla.

Los asesores financieros coinciden en que las congregaciones suelen mostrarse extremadamente cautelosas. Acostumbradas a pensar en horizontes de décadas, o incluso de generaciones, toman decisiones con lentitud y someten cada paso a numerosos procesos de consulta interna.

Donde una empresa puede aprobar una inversión en pocas semanas, una congregación puede necesitar meses. A veces intervienen comunidades repartidas por varios países. Otras, se consulta a órganos de gobierno, responsables locales y expertos externos antes de adoptar una decisión.

La lógica es diferente. El objetivo no es maximizar beneficios para accionistas, sino garantizar recursos para sostener una misión.

Por eso, cuando una orden decide invertir, la pregunta principal no suele ser cuánto dinero puede ganar, sino para qué servirá ese dinero.

Detrás de cada operación financiera hay necesidades muy concretas: pagar salarios en colegios, mantener residencias de mayores, restaurar edificios históricos o financiar proyectos sociales. La rentabilidad aparece como un medio, nunca como un fin.

Ese equilibrio entre principios y eficiencia define la nueva etapa financiera de muchas instituciones religiosas.

En los archivos de numerosas congregaciones todavía se conservan cuadernos de contabilidad escritos a mano hace más de cien años. Páginas amarillentas donde las religiosas anotaban con caligrafía impecable cada gasto y cada ingreso. Aquellas cuentas reflejaban un mundo mucho más sencillo.

TAGS DE ESTA NOTICIA