Referentes

Elogio del amor propio: “Si no soportas estar a solas contigo, amar se vuelve casi imposible”

En un mundo de egos gigantes y frases motivacionales vacías, Jennifer Flórez, psicóloga clínica, nos enseña a cuidarnos de verdad, en lugar de tratarnos peor que a nuestro peor enemigo

Aristóteles decía que no hay mejor amigo que uno mismo y Oscar Wilde lo resumió con una frase icónica: “Amarse a uno mismo es el comienzo de un romance de por vida”. Virginia Woolf, desde su feminismo literario, pidió una “habitación propia” para explorar esa relación consigo misma. Hoy, Jennifer Flórez, psicóloga clínica colombiana y conocida como “la gurú del amor propio”, nos recuerda que quererse es la base para construir relaciones sanas y vivir con bienestar emocional. Con su estilo fresco, cercano y empático, nos invita a mirarnos de frente, reconocernos y aprender a cuidarnos de verdad.

¿Dónde pone la línea entre autoestima sana y narcisismo en nuestra era de egos gigantes?

El amor propio nace de la aceptación. Es la capacidad de conocerte, reconocer tus límites, valorar lo que eres y también hacerte cargo de lo que necesitas trabajar, sin destruirte por ello. No necesita comparación constante ni admiración permanente. El narcisista, en cambio, no se relaciona desde una valoración real de sí misma, sino desde una imagen inflada que necesita ser confirmada por los demás. Una persona con amor propio puede reconocer su valor sin anular al otro. Puede poner límites, cuidarse, elegirse y decir no, sin necesidad de humillar, dominar o sentirse más. El narcisismo incluye grandiosidad, necesidad de reafirmación y dificultad para reconocer al otro como alguien con igual valor.

“Una persona con amor propio puede reconocer su valor sin anular al otro”

¿No cree que alguna gente busca en la terapia mejores argumentos para justificarse más que un compromiso de sanar?

Sí, pasa con mucha frecuencia. Muchas personas no llegan a terapia buscando transformarse de verdad, sino buscando alivio rápido, validación emocional o argumentos que confirmen que tienen razón en su historia. Y eso es profundamente humano: cuando alguien ha sufrido, también quiere sentirse comprendido, justificado y reparado. Sanar implica ir más allá de la justificación y entrar en la comprensión. Y comprenderse de verdad es más desafiante. La terapia realmente transformadora empieza cuando la persona deja de preguntarse solamente “quién tuvo la culpa” y comienza a preguntarse “qué necesito entender de mí para no seguir repitiendo esto”.

¿Por qué a veces nos tratamos peor de lo que trataríamos a un enemigo?

Aristóteles decía que no hay mejor amigo que uno mismo. Pero la realidad es que muchas personas no han aprendido a habitarse de esa manera. En lugar de tener una relación interna basada en respeto, comprensión y sostén, viven con una voz interna crítica, dura y castigadora. Y eso no surge de la nada. La manera en que una persona fue corregida, evaluada, exigida o invalidada en su historia temprana termina convirtiéndose en la forma en que después se habla a sí misma. Esa voz se internaliza y deja de sentirse como algo externo: empieza a sentirse como verdad. Por eso, una parte profunda de la vida humana consiste en aprender a transformar la relación que tenemos con nosotros mismos. No se trata de negar los errores ni de dejar de crecer, sino de desarrollar una forma más consciente de mirarse, más justa, más compasiva y más verdadera.

Todo el mundo habla de ello en redes. ¿Estamos más sanos emocionalmente o solo somos mejores haciendo frases motivacionales?

Hablar de amor propio no significa necesariamente vivirlo. El amor propio no es solo autoestima, ni una frase repetida, ni una postura de fuerza frente al mundo. Es, primero, un acto profundo de autoconocimiento. Es atreverse a mirar hacia dentro y reconocerse de verdad. Conocer tu luz, pero también tu sombra. Es entender tus heridas, tus vacíos, tus miedos y tus necesidades. El amor propio es saber quién eres cuando estás en paz, pero también quién eres cuando estás herido. Es aprender a identificar qué te activa, qué te desregula, qué te lleva a repetir, qué te hace perseguir, qué te hace callar, qué te hace conformarte y qué te hace olvidarte de ti. Y después de ese autoconocimiento, viene algo todavía más profundo: la aceptación.

“El amor propio es saber quién eres cuando estás en paz, pero también cuando estás herido”

Después de trabajar con víctimas de violencia, ¿diría que falta amor o faltan límites?

Después de mirar de cerca el sufrimiento humano en tantos contextos, yo no diría que el mayor problema en el amor es la falta de amor. Diría que, en muchísimos casos, el problema más devastador es la falta de límites. Porque amor puede haber. Apego puede haber. Deseo, entrega, preocupación e incluso dolor por el otro también. Pero cuando no hay límites, ese amor deja de ser suficiente para protegerte. Y esta es una verdad que incomoda: no todo lo que se siente intenso es sano. No todo lo que se entrega mucho es amor bien dirigido. No todo lo que se perdona muchas veces es nobleza emocional. A veces, lo que llamamos amor está profundamente mezclado con miedo, dependencia, culpa, vacío, necesidad de ser elegido o dificultad para tolerar la pérdida. En muchas historias el problema no es que falte amor. El problema es que falta estructura emocional, criterio afectivo y límites para que ese amor no termine convirtiéndose en sufrimiento.

Florez observa que a veces lo que llamamos amor está mezclado con miedo, dependencia, culpa y vacío

Antes las parejas luchaban por salvar la relación. Hoy las reemplazamos. ¿Hemos evolucionado o nos hemos vuelto emocionalmente desechables?

Antes muchas parejas luchaban, pero eso no siempre significaba que amaban mejor. A veces significaba que toleraban más, aguantaban más o habían aprendido que irse no era una opción, incluso cuando la relación de pareja ya estaba profundamente deteriorada. Hoy, en cambio, muchas personas se van más rápido. Y eso tampoco significa necesariamente evolución. A veces es salud emocional. Pero otras veces es incapacidad de sostener la frustración, baja tolerancia a la incomodidad, miedo al conflicto, necesidad de gratificación inmediata o una cultura que ha convertido a las personas en objetos reemplazables. Hemos ganado libertad para salir de lo que nos destruye, pero también hemos perdido capacidad para sostener, reparar y profundizar en una relación de pareja cuando todavía hay algo valioso que construir.

“Hemos ganado libertad para salir de lo que nos destruye, pero hemos perdido capacidad para sostener una relación”

¿Buscamos pareja o salvavidas emocional?

Muchas personas dicen que buscan una relación de pareja, pero en realidad lo que están buscando es un salvavidas emocional, alguien les calme el vacío, les regule la ansiedad, les confirme que sí son suficientes, les quite la soledad y les devuelva una sensación de valor que no han logrado construir por dentro. Y ahí empieza uno de los grandes problemas del amor.

¿Se puede amar bien a alguien si uno no se soporta ni cinco minutos a solas consigo mismo?

Se puede querer a alguien, desear a alguien, necesitar a alguien e incluso apegarse profundamente a alguien. Pero amar bien, no es tan fácil. Si una persona no soporta estar a solas consigo misma, muchas veces no está entrando a una relación de pareja desde la libertad, sino desde la evasión. No busca solo compartir: busca escapar de sí. Y cuando una relación de pareja se convierte en una vía para no sentir el propio vacío, el otro deja de ser solo amado y empieza a ser usado emocionalmente. Ahí el amor se contamina con necesidad, ansiedad, miedo al abandono y dependencia.

“Si la relación es una vía para no sentir el propio vacío, el amor se contamina”

¿Qué rompe más relaciones, la rutina o las expectativas irreales?

La rutina cansa, enfría, adormece y puede erosionar la conexión si la pareja deja de nutrir el vínculo. Pero la rutina, por sí sola, muchas veces se puede trabajar. Las expectativas irreales, en cambio, dañan la estructura misma de la relación. Porque hacen que una persona espere que el otro la complete, la entienda sin hablar, no la frustre, la priorice siempre, la sane, la haga sentir especial todo el tiempo y además responda a una idea idealizada del amor que casi ninguna relación real puede sostener. La rutina desgasta, pero las expectativas irreales rompen más. Porque no solo generan decepción; hacen que la persona deje de ver al otro como es y empiece a medirlo contra una fantasía.

TAGS DE ESTA NOTICIA