Crónica negra

La familia que bajó al sótano y no volvió: el gas mortal de unas patatas podridas

Mikail baja al sótano a por patatas y se desploma por el gas tóxico. Su mujer acude en su ayuda y también pierde la vida. Después, el hijo. Y por último, la abuela. Solo la pequeña María, de 8 años, logra sobrevivir

En el pequeño pueblo de Laishevo, en Rusia, Mikhail Chelyshev no era un vecino común. Tenía 42 años, era doctor en Derecho, profesor y jefe del departamento de Derecho Civil en la universidad. Nada hacía pensar que la tarde del 12 de agosto de 2012 su casa se convertiría en un lugar fatal.

Mikhail era un apreciado profesor universitario de Derecho
Mikhail era un apreciado profesor universitario de Derecho

Bajó al sótano a revisar las patatas que su familia guardaba para el invierno, un alimento básico en muchos hogares rusos. Abrió la trampilla y bajó. No volvió a salir. Al ver que tardaba, su esposa Anastasia decidió bajar a buscarlo. Lo encontró tirado en el suelo. No tuvo tiempo de entender qué pasaba. El gas le alcanzó también, y cayó junto a su marido. Después fue su hijo Georgy, de 18 años. Bajó impulsado por el deseo de salvar a sus padres. Pero ni su juventud ni su fuerza pudieron contra ese enemigo invisible. También murió.

Mikhail, su esposa Anastasia y el hijo de ambos, Georgy

Por último Iraida, la abuela de 68 años, llegó al sótano en un intento desesperado por ayudar a su familia. No logró salir. En minutos, cuatro personas yacían en el sótano, víctimas no solo del gas letal, sino también de ese instinto de amor que empuja a correr cuando alguien necesita ayuda.

Iraida, la abuela de la familia

La única que sobrevivió fue María, la hija pequeña de 8 años. Cuando vio que nadie regresaba, se acercó a la trampilla abierta y miró hacia abajo. Lo que probablemente le salvó fue que la puerta de la casa había quedado abierta, dejando que entrara aire y bajara la concentración de gas en la parte alta. La niña vio a toda su familia en el fondo y, con una templanza difícil de imaginar para su edad, tomó la única decisión que podía salvarla: no bajar. En vez de eso, pidió ayuda a los vecinos.

¿Qué había allí abajo?

Las patatas en descomposición no generan un veneno por sí solas. El peligro aparece cuando grandes cantidades de materia orgánica quedan almacenadas en un espacio cerrado, húmedo y sin ventilación. En esas condiciones, se acumulan gases y el oxígeno disminuye. Uno de los más peligrosos es el dióxido de carbono (CO2), un gas incoloro e inodoro, más pesado que el aire, que se concentra en la parte baja, creando una capa invisible que desplaza el oxígeno y hace que el aire sea irrespirable.

María, la hija pequeña única superviviente

Cuando su concentración sube, el cuerpo falla rápido. Primero aparece la dificultad para respirar, el mareo y la confusión. Luego se pierde la conciencia. En niveles muy altos, el colapso ocurre en segundos. “Nada más entrar en la casa, el aire ya nos picaba en la garganta. Tuvimos que usar máscaras para recuperar los cuerpos” dijeron los investigadores. María fue la única superviviente. Después de la tragedia, la cuidaron otros familiares que intentaron darle una vida lo más normal posible, lejos de la casa donde perdió a todos. La muerte de los Chelyshev conmueve por la tragedia. Un sótano, unas patatas guardadas y un enemigo que no se podía ver ni oler. Una familia destruida por algo cotidiano, que parecía inofensivo hasta que fue demasiado tarde.

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