Entre el descaro del truhan y la elegancia de un señor, Julio Iglesias encontró su sello irrepetible. Lo cantó y lo encarnó. Y en esa contradicción perfecta de seductor travieso y caballero impecable, se fue convirtiendo, como resumió Ignacio Peyró en el título de su biografía no autorizada, en “el español que enamoró al mundo”. Ayer, la editorial Libros del Asteroide y el autor anunciaron la revisión de este retrato biográfico después de que saliera a la luz una exhaustiva investigación sobre supuestas agresiones sexuales que habría cometido el artista contra varias empleadas en 2021. Y podría ser solo la punta del iceberg.
La Fiscalía de la Audiencia Nacional española ha abierto diligencias de investigación penal preprocesales, con carácter reservado con el fin de proteger a las presuntas víctimas. Estas describen un ambiente laboral de control estricto, acoso continuo, tocamientos no consentidos, humillaciones y presiones para mantener encuentros sexuales. En sus relatos mencionan también bofetadas, penetraciones no consentidas, preguntas íntimas, insinuaciones y otras acciones que les hicieron sentir como un “objeto” o “esclavas”.
Julio no ha emitido ningún comunicado, pero mientras la investigación avanza, ese mundo al que cautivó con su voz respira consternado. Sobre el escenario, Julio era el hombre vulnerable que amaba demasiado. Se le veía emocionalmente desbordado. Era un conquistador, sí, pero también un sufridor que se olvidó de vivir, un seductor arrepentido que tropezó “de nuevo y con la misma piedra”. Reincidente y partido líricamente en dos, cantó al amor eterno y el dolor infinito. Todo en demasía, pero vendía. También en demasía. Paco Umbral decía que solo Isabel Preysler supo “deshorterizarle un poco, personal y musicalmente”.

Este romántico casi decimonónico, que nos hizo atractiva su fragilidad, logró camuflar en su carisma de donjuán aquellos otros impulsos que no necesitan tribunales para ser juzgados. Eran públicos. Hablemos de sus besos robados en entrevistas, conciertos y otros eventos públicos a lo largo de décadas. Se contaban como anécdotas, casi sensacionalistas y divertidas, que respondían a su carácter espontáneo. Él se vanagloriaba de esa imagen de eterno seductor. Una periodista recuerda a Artículo 14, todavía muy incómoda, cómo después de veinte minutos de entrevista, el cantante se levantó de su asiento y le estampó un beso en los labios, “por cierto, bastante lascivo”. Al transcribir la entrevista, lloró y calló. “Era un semidiós, ¿qué otra cosa podía hacer?”.
¿Y qué otra cosa podía haber hecho Thalía cuando en un plató de televisión, con 25 años y él ya en plena madurez, el cantante atrajo su cuerpo hacia ella mientras interpretaban dos temas a dueto? “Con las ganas de tenerla toda la noche consigo, aprovechó el remate de un momento musical para abrazarla más y, sin pensarlo, robarle un beso que ella correspondió brevemente, eso sí, dejando ver algo de vergüenza por el momento y timidez ante la conquista de galán”. Este era el modo insolente de narrar en los periódicos la procacidad de Julio.
“Siempre se portaba como un mujeriego”
“Te tengo miedo -le dijo en una ocasión Valeria Mazza- porque dicen que a cada mujer que te hace una entrevista le das un piquito”. Él le respondió que no era “de esos tipos”, pero acabó propinándole el beso. Una conocida relaciones públicas de la época nos explica que siempre se portaba como un mujeriego, “algo absolutamente aceptado e incluso aplaudido en aquellos tiempos”. Varios productores musicales, al preguntarles si reconocen al cantante en los comportamientos que describen las presuntas víctimas, nos cuelgan el teléfono con cajas destempladas. “Julio no se toca”, advierten.

La controversia es inevitable. Julio Iglesias es un fenómeno internacional de la música latina. Vendió más de 300 millones de discos en todo el mundo, cantando en varios idiomas. Todo parecía milimétricamente medido para encantar a varias generaciones: sus trajes a medida, la sonrisa reluciente, su voz envolvente, su capacidad para transmitir lo que cantaba. Llenó auditorios y estadios. Era un símbolo, una estrella cosmopolita. Hasta ayer, su fama de mujeriego no hacía sino alimentar un mito que ahora se rompe con testimonios en los que su conducta rebasa más que nunca la frontera de lo tolerable. Las mujeres que acusan, una empleada doméstica y una fisioterapeuta, no hablan de un buso robado con más o menos sutileza, sino de abuso de poder y agresiones brutales y frías en las residencias caribeñas del artista.
Príapo, dios del deseo grotesco
La ley tendrá la última palabra. Mientras, el mito ha caído. Y lo ha hecho, según la investigación, por exceso. Por caprichoso y lujurioso. Tiene 82 años y las escasas imágenes que hay de él en estos últimos años ofrecen la estampa de un hombre frágil. Pero esa fragilidad ya no es encantadora, sino incómoda y muy inquietante, incapaz de sostener su aura de mito. Julio era el amor personificado, un semidiós -como dice nuestra compañera-. Aunque en el Olimpo se siga escuchando su música, hoy está a punto de parecerse más a Príapo, ese dios del deseo grotesco, venerado y temido al que por fin algunas mujeres se atrevieron a mirar desde arriba.

