Salud mental

La falacia de la llegada, la maldición de los nacidos en los años 80 y 90

La falacia de la llegada ayuda a entender el vacío que muchos sienten tras "llegar "a donde creían que todo se resolvería

Titanic - Cultura
La legendaria escena de 'Titanic'.
20th Century Fox

Durante décadas, una misma idea se repitió hasta convertirse en verdad incuestionable: llegar era lo importante. Llegar al amor definitivo, al trabajo soñado, a la estabilidad económica, a la vida resuelta. Para quienes crecieron en los años 80 y 90, esa promesa se infiltró en películas, series, cuentos infantiles y comedias románticas. Hoy, la psicología pone nombre a ese espejismo: la falacia de la llegada.

La falacia de la llegada describe la creencia de que alcanzar una meta concreta nos proporcionará felicidad duradera. No es solo un error de cálculo emocional, sino una trampa cultural profundamente interiorizada. La idea de que “cuando llegue ahí, todo irá bien” ha condicionado la forma en la que muchas generaciones entienden el éxito, el fracaso y, sobre todo, la felicidad.

Qué es exactamente la falacia de la llegada

El concepto fue popularizado por Tal Ben-Shahar, profesor y divulgador de psicología positiva, que analizó cómo la falacia de la llegada actúa como un veneno silencioso. Según esta teoría, tendemos a pensar que la felicidad es un destino final y no un estado cambiante.

Casarse, ascender, comprar una casa o alcanzar cierto nivel de ingresos se convierten así en metas absolutas. La falacia de la llegada nos hace creer que, una vez conquistadas, desaparecerán las preocupaciones. El problema es que el cerebro humano no funciona así: se adapta con rapidez y normaliza casi cualquier logro.

El cerebro se acostumbra a todo

Uno de los ejemplos más citados para explicar la falacia de la llegada es el de los ganadores de la lotería. Numerosos estudios muestran que, pasados unos meses, su nivel de bienestar emocional vuelve a ser muy similar al que tenían antes del premio. No son más infelices, pero tampoco mucho más felices.

La falacia de la llegada, la maldición de los nacidos en los años 80 y 90
El cerebro.

Este fenómeno se conoce como adaptación hedónica y es clave para entender por qué la falacia de la llegada falla. El cerebro reajusta sus expectativas y convierte lo extraordinario en rutina. Aquello que parecía la solución definitiva se transforma en un nuevo punto de partida.

La resaca emocional tras lograr lo esperado

Muchas personas experimentan una sensación de vacío justo después de alcanzar un objetivo largamente deseado. Ese bajón emocional está directamente relacionado con la falacia de la llegada. Durante el camino, la anticipación genera ilusión, energía y propósito. Al llegar, la expectativa se desvanece.

Por eso, en muchos casos, somos más felices antes de conseguir algo que después. La psicología habla incluso de una “sala de espera de la felicidad”, un estado en el que proyectamos todo nuestro bienestar en un futuro idealizado. Cuando ese futuro llega y no cumple lo prometido, aparece la frustración.

Una generación marcada por el “llegar”

La falacia de la llegada ha pesado especialmente sobre quienes crecieron en los 80 y 90. Educados en relatos de finales perfectos, interiorizaron que la vida debía resolverse siguiendo una secuencia lógica de hitos. Cuando esa secuencia se rompe —por precariedad laboral, crisis económicas o cambios sociales—, surge la sensación de haber fallado.

La falacia de la llegada, la maldición de los nacidos en los años 80 y 90
La nostalgia.
Shutterstock

 

Paradójicamente, generaciones más jóvenes han empezado a cuestionar esa narrativa. Frente a la falacia de la llegada, se impone una visión más flexible: entender la vida como un proceso continuo, no como una carrera con meta fija.

Cambiar el enfoque: del destino al camino

La psicología contemporánea propone una alternativa clara a la falacia de la llegada: desplazar el foco del resultado al proceso. No se trata de renunciar a los objetivos, sino de dejar de vincularlos a la promesa de felicidad permanente.

Aceptar que la vida es cambiante, que los logros no nos salvan y que el bienestar fluctúa permite rebajar la presión. Abandonar la falacia de la llegada no implica resignación, sino madurez emocional: entender que estar bien no es llegar, sino aprender a transitar.

Menos finales felices, más vidas reales

Cuestionar la falacia de la llegada supone desmontar el mito del “y fueron felices para siempre”. Puede resultar incómodo, pero también liberador. Al dejar de medir la vida por grandes hitos, se reduce la sensación de fracaso y se normalizan los vacíos como parte del recorrido.

La falacia de la llegada, la maldición de los nacidos en los años 80 y 90
La paz mental.

Quizá la auténtica trampa no sea no haber llegado, sino haber creído que llegar lo era todo. En un mundo cada vez más incierto, abandonar la falacia de la llegada puede ser, paradójicamente, el primer paso hacia una relación más sana con la felicidad.

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