Los medicamentos para la obesidad han irrumpido en la conversación pública como pocas veces lo había hecho un tratamiento endocrinológico. Wegovy, Ozempic o Mounjaro han pasado de las consultas médicas a las redes sociales, las alfombras rojas y los debates sobre imagen corporal. Mientras millones de personas conviven con una enfermedad crónica como la obesidad, también crece el interés por estos fármacos entre quienes buscan adelgazar sin una indicación clínica clara. La doctora Bogdana Luiza Luca, especialista en Endocrinología y Nutrición y experta en obesidad, explica qué son realmente estos tratamientos, cuándo deben utilizarse y por qué la medicina no puede convertirse en una herramienta al servicio de los cánones estéticos.
¿Cuál es el criterio médico real para recetar fármacos como Wegovy, Ozempic o Mounjaro? ¿Dónde está la línea entre tratamiento y uso estético?
La indicación médica se basa en la evidencia científica disponible y en las fichas técnicas de cada medicamento. La obesidad es una enfermedad crónica, compleja y multifactorial, no un problema exclusivamente estético. Prescribimos estos tratamientos cuando existe un diagnóstico de obesidad o de sobrepeso asociado a comorbilidades, como diabetes tipo 2, apnea del sueño, hipertensión, dislipemia, hígado graso o problemas osteoarticulares, y cuando consideramos que la pérdida de peso puede mejorar la salud, reducir el riesgo cardiovascular o prevenir otras complicaciones.
La línea entre tratamiento y uso estético está precisamente ahí. Cuando el objetivo es tratar una enfermedad y mejorar el pronóstico, hablamos de medicina. Cuando el objetivo es alcanzar un ideal corporal sin indicación clínica, estamos fuera del terreno terapéutico.

¿La gente los pide expresamente en consulta?
Sí, cada vez más. Muchos pacientes llegan muy informados o, en ocasiones, muy expuestos a información parcial procedente de redes sociales, medios de comunicación o testimonios de otras personas, y preguntan específicamente por estos fármacos.
Eso no es necesariamente negativo; refleja interés por la salud. El problema aparece cuando la expectativa está más relacionada con la rapidez o con un ideal de peso que con mejorar la salud.
¿Cómo funcionan realmente estos medicamentos?
Son fármacos que actúan sobre vías hormonales implicadas en la regulación del apetito, la saciedad, la ingesta y el metabolismo de la glucosa. También pueden ayudar a reducir lo que algunos pacientes describen como “ruido mental” relacionado con la comida: esa sensación de estar pensando constantemente en comer incluso sin hambre física. Además, pueden contribuir a reducir la grasa visceral, que es la grasa metabólicamente más perjudicial.
En términos sencillos, ayudan al cerebro y al aparato digestivo a recuperar señales biológicas relacionadas con el hambre, la saciedad y lo que algunos pacientes describen como ansiedad por la comida o craving alimentario, mecanismos que en muchos pacientes con obesidad están alterados.
No queman grasa de forma artificial ni sustituyen una alimentación adecuada o la actividad física. Actúan sobre mecanismos biológicos reales implicados en la enfermedad.
¿Está detectando un aumento de pacientes que acuden pidiendo directamente estos medicamentos sin indicación clínica clara? ¿Cómo gestiona esa presión?
Es mucho más frecuente en los últimos años. Muchas veces los pacientes los solicitan cuando realmente están indicados, aunque en otras ocasiones no es así. Mi papel como endocrinóloga es individualizar y tomar decisiones basadas en evidencia científica. Como médicos, un principio fundamental es primum non nocere: ayudar, pero siempre evitando causar daño.
Cuando un paciente no tiene indicación, lo explico con honestidad. Que un medicamento sea eficaz no significa que deba utilizarse en cualquier contexto. También intento entender qué hay detrás de esa demanda: preocupación por la salud, presión estética, experiencias previas de fracaso o incluso sufrimiento emocional.
Tenemos que valorar cada caso con cuidado para no generar más daño que beneficio. Existen determinados trastornos de la conducta alimentaria en los que estos tratamientos pueden ser perjudiciales y también hay patologías o circunstancias clínicas en las que pueden estar contraindicados.

¿Qué riesgos existen cuando se utilizan para adelgazar sin obesidad o sin patología asociada?
Cuando usamos un tratamiento en personas sin indicación clínica, el balance entre beneficio y riesgo cambia. Puede haber efectos secundarios digestivos como náuseas, vómitos, diarrea o estreñimiento, pero también consecuencias menos visibles, como pérdida de masa muscular, déficits nutricionales, alteraciones en la relación con la comida o expectativas poco realistas sobre el peso y la imagen corporal.
Además, trivializar un tratamiento médico puede hacer que olvidemos que estamos manejando una enfermedad crónica, no una herramienta cosmética. No son fármacos peligrosos cuando están bien indicados y supervisados, pero tampoco son inocuos.
¿Hasta qué punto el fenómeno Ozempic responde a un problema de salud pública y hasta qué punto a una presión estética renovada?
Probablemente responde a ambas cosas. Por un lado, vivimos una epidemia de obesidad y diabetes que requiere mejores herramientas terapéuticas. En ese sentido, estos fármacos representan uno de los avances más importantes que hemos tenido en endocrinología y medicina metabólica en los últimos años.
Pero, al mismo tiempo, vivimos en una sociedad con una enorme presión sobre la imagen corporal, especialmente en las mujeres. Cuando un tratamiento eficaz entra en la conversación social, inevitablemente también es absorbido por la cultura estética, las redes sociales y determinados modelos de belleza.
Se habla mucho de pérdida de peso rápida, pero menos de mantenimiento. ¿Qué ocurre cuando el paciente deja el tratamiento? ¿Existe efecto rebote?
La obesidad es una enfermedad crónica y, como ocurre con otras enfermedades crónicas, si retiramos un tratamiento que estaba controlando mecanismos biológicos implicados en la enfermedad, es frecuente recuperar parte o incluso todo el peso perdido.
No es un fracaso del paciente ni un “efecto rebote” en un sentido simplista; es la biología defendiendo su peso previo. Perder peso es importante, pero el verdadero reto es mantener esa pérdida y una composición corporal saludable a largo plazo.
Cuando estos tratamientos son prescritos por especialistas que entienden estos mecanismos, diseñamos estrategias de mantenimiento individualizadas. En algunos pacientes puede ser necesario mantener el tratamiento durante largos periodos, ajustando dosis, seguimiento y objetivos según cada caso, junto con ejercicio, alimentación y apoyo emocional cuando sea necesario.

¿Qué papel deberían tener la alimentación, el ejercicio y la salud mental antes de plantear un tratamiento farmacológico?
Tienen un papel fundamental. El tratamiento farmacológico nunca debería entenderse como un sustituto del estilo de vida, sino como una herramienta complementaria dentro de un abordaje integral.
La base siempre debe ser una alimentación adecuada, actividad física adaptada y, cuando es necesario, apoyo psicológico. Dicho esto, también debemos abandonar la idea de que un paciente tiene que demostrar sufrimiento durante años antes de acceder a un tratamiento farmacológico eficaz. No se trata de saltarse pasos; se trata de personalizar el tratamiento.
¿Existen diferencias de género en la demanda?
En consulta sí observamos una mayor demanda por parte de mujeres, y probablemente eso refleja una mayor presión social y estética sobre el cuerpo femenino. También vemos que muchos hombres con obesidad consultan más tarde, a pesar de tener un alto riesgo cardiometabólico.
Por tanto, existen desigualdades en ambos sentidos: muchas mujeres consultan antes, a veces movidas por una presión externa, y muchos hombres consultan más tarde incluso cuando médicamente lo necesitan.
¿Le preocupa que estos fármacos estén generando una nueva relación con el cuerpo basada en la medicalización de la delgadez?
Sí, es una preocupación real. Sería un error que una herramienta diseñada para tratar una enfermedad acabara reforzando la idea de que cualquier cuerpo no normativo necesita tratamiento. La medicina debe tratar enfermedad, mejorar salud y calidad de vida, no imponer cánones estéticos.

¿Qué efectos secundarios o consecuencias a medio plazo cree que están infrarepresentados en el discurso mediático?
Se habla mucho de kilos perdidos y muy poco de composición corporal, equilibrio nutricional y expectativas realistas. Me preocupa especialmente la pérdida de masa muscular cuando estos tratamientos no se acompañan de ejercicio de fuerza y una nutrición adecuada.
También me preocupa la posibilidad de déficits nutricionales cuando se utilizan sin supervisión médica y sin un acompañamiento nutricional correcto. Y, por último, se habla poco del impacto psicológico. Algunas personas mejoran mucho su relación con la comida, pero otras pueden desarrollar ansiedad por recuperar peso, dependencia de la báscula o expectativas poco realistas sobre su cuerpo.

