A Ana Urbina (35, Madrid) le resultan familiares las acampadas masivas en la Puerta del Sol. Aunque sólo ha habido dos y han pasado más de 15 años, recuerda perfectamente cuando era estudiante en la Universidad Complutense y ella, una de las más de 20.000 personas que tomaron el centro de Madrid durante 5 semanas.
“En aquella época recuerdo que en mi facultad ya se movía mucha gente a nivel político”, dice Ana recordando su época como estudiante de Lenguas Modernas y sus Literaturas. El ambiente era tan político que algunos de sus compañeros, con los que todavía se mantiene en contacto, ahora son políticos en activo y rostros conocidos en la Asamblea de Madrid.
“Recuerdo que en la Facultad había un stand. Mi amiga y yo nos acercamos y nos dijeron que iban a hacer una manifestación por todo. Estaban entonces con la plataforma de ‘Democracia Real Ya’, y mi amiga y yo decidimos apuntarnos”. El primer día Ana y su amiga fueron solas, pero bastaron 24 horas para que el primer intento de la Policía para desalojar la plaza movilizara a prácticamente toda la universidad. “Recuerdo llegar y nada más entrar ver como había gente subida a andamios y desde arriba lanzaban pancartas gigantescas”.

“Aquello no era una simple manifestación”
Lo cierto es que para Urbina la movilización y la reivindicación política le venía de antes. Su padre era refugiado político chileno y ya desde pequeña la melodía que escuchaba en casa tenía esas notas. “Me he criado entre manifestaciones”, reconoce en conversación con este diario. Y ni con esas consiguió acostumbrarse a lo que vio aquellos días. “Yo estaba acostumbrada a moverme en esos círculos y aún así me impresionó. Pensé que aquello no era una simple manifestación”.
La manifestación aquel entonces se alargó un mes. Durante 28 días cientos de manifestantes hicieron de la Puerta del Sol una céntrica vivienda desde la que poder protestar por la crisis que España vivía entonces. “En 2011 mi familia tenía una posición muy cómoda y en mi casa se llegó a plantear la idea de vender la casa. Yo me acuerdo que para mí fue duro. Habíamos pasado de ser clase media alta a ser clase baja. Nos íbamos de vacaciones a París, Estrasburgo o Roma. Pasamos de tener un nivel de vida alto a de repente tener que plantearnos vender la casa. Ese era el nivel de deterioro de poder adquisitivo que había entonces”.

“Sin objetivos claros”
Aun así, no recuerda que la manifestación de aquellos días, por masiva que fuera, estuviera organizada o tuviera objetivos concretos. “Con el paso del tiempo aquello se convirtió en una especie de atracción turística. La gente iba allí a pasearse, a echarse fotitos…”, explica Urbina respecto a cómo poco a poco fue deslavándose la protesta.
“Sentí que con el paso de los días aquellos iba desdibujándose y que no había un objetivo claro”. De hecho, si ahora le preguntamos, no sabría decirnos por qué se luchaba entonces. Era un por todo y por nada motivado por una profunda desafección ciudadana en la clase política. “Llegó un momento que cada grupo pequeño quería cosas muy concretas y todo fue desdibujándose”, explica a Artículo14.
¿El nuevo 15M?
Aunque las comparaciones son odiosas es inevitable comparar aquellos días con los que estamos viviendo ahora. Hoy es la octava noche en la que 2.000 personas amanecen en la Puerta del Sol, y las protestas, el intento de rodear el congreso y las consignas que lanzan los manifestantes hacen que nos retrotraigamos inevitablemente a aquellos días.
Dentro del campamento la organización ha alcanzado niveles muy superiores a los esperados. Un comité de urbanismo se encarga de poner las lonas y hacerlas resistentes a la lluvia y el viento, protagonistas durante toda la semana. Otros, en el centro de la acampada, se encargan de organizar los bocadillos, de cortar el pan (con y sin gluten) y organizar el embutido.
Entre el pequeño hueco que dejan entre sí las tiendas se han formado pequeñas calles con nombres y plazas. La plaza de la manzana, por ejemplo, está cerca de Apple, y la calle de los cuchillos o el paseo de los adoquines -en referencia a los últimos comentarios del alcalde- están justo en frente del Ayuntamiento. Y otros se encargan de repartir chubasqueros, o mascarillas por si la policía, todavía no sabemos si nacional o local, recibe la orden de desalojarlos.
Urbina ya no ha participado en estas protestas. Tiene una hija, y vive con su pareja en su casa. Pero reconoce que le ha impresionado el nivel de organización y la reivindicación de algo tan concreto como es el acceso a la vivienda. “Ahora veo objetivos claros, que pueden cumplirse o no, pero el 15M fue mucho más genérico“, sentencia.


